Por una cultura de paz

Marvin Saballos Ramírez

En Nicaragua pudo hablarse de la construcción de una cultura de paz en 1990, cuando se acordaron reglas del juego que fueron respetadas y los ciudadanos expresándose libremente eligieron un gobierno y escogieron un régimen social basado en el consenso. Pareció viable organizar la sociedad y el estado nicaragüense fundamentados en un Estado de Derecho, con carácter democrático.

Si usted recuerda el período inmediatamente posterior, floreció un ambiente de esperanza y la creencia de que finalmente se podría salir de siglos de explotación, miserias e injusticias. Que seríamos capaces de generar riquezas con justicia y libertad, distribuirla de forma que llegara a todos los nicaragüenses.

Los estudios hablaban de una alta credibilidad en todas las instituciones, tanto del Estado como de la sociedad, particularmente del Consejo Supremo Electoral, los medios de comunicación y las iglesias, pero esta confianza era general incluso hacia la Corte Suprema de Justicia, la Asamblea Nacional, las instituciones armadas.

En otras palabras, se estaban creando las condiciones de institucionalidad y estabilidad para una cultura de paz, como forma de vivir entre los nicaragüenses. Se realizaron importantes programas de educación para la paz y la democracia para apoyar estos procesos.

¿Qué pasa 16 años después, en 2006? La credibilidad en las instituciones es peligrosamente baja, no existe confianza entre los nicaragüenses. La desconfianza genera temor, incertidumbre y este es uno de los principales ingredientes para el caldo de cultivo de la violencia. La corrupción y la impunidad se generalizan y son percibidas por la mayoría de los ciudadanos como lacras que incrementan la desconfianza, el temor y peligrosamente, el odio.

La incapacidad de organizar un justo orden económico-social que garantice que las riquezas lleguen a todos los ciudadanos, genera también pobreza y mucho sufrimiento humano, más temor y odio. La delincuencia y la inseguridad ciudadana adquieren cada día formas de mayor violencia y peligrosidad.

Bajo estas evidencias que son arrojadas por estudios recientemente dados a conocer, las publicaciones de los medios de comunicación y la constatación empírica en las calles y los hogares, el futuro parece sombrío. Se están incubando las condiciones para un nuevo ciclo de violencia y anarquía, hecho tristemente repetitivo en nuestra historia. Se fortalece la cultura de violencia y muerte. Se marchita la cultura de paz, la democracia.

El punto de inflexión se encuentra en el próximo proceso electoral, si este no goza de credibilidad y legitimidad estaremos enrumbándonos aceleradamente hacia la violencia y la miseria; por el contrario, si el nuevo gobierno resultante disfruta de la confianza y apoyo de la ciudadanía y la comunidad internacional, podrá darse otra oportunidad a la paz, la democracia y el bienestar.

¿Qué podemos hacer? ¿Cómo restaurar la confianza en las instituciones? ¿Cómo lograr redireccionar el rumbo hacia la estabilidad, el estado democrático de derecho, hacia la cultura de paz? El primer actor es cada uno de nosotros; individualmente, sentados por la noche en algún sitio de la casa, puede que nos sintamos impotentes, pero organizados es otra cosa. Debemos apoyar y participar en las diferentes organizaciones civiles que se están conformando para la defensa de los intereses ciudadanos y el futuro de la nación. Esta sociedad civil organizada debe estar vigilante y ser garante de que los diferentes momentos de este proceso se realicen transparentemente y sin leguleyadas. Que no se inhiba a ningún aspirante a cargo de elección, que no se dificulte el derecho al voto de ninguna persona, que no se manipulen los resultados. Después no lloremos.

Otro actor importante es la comunidad internacional. 1990 demostró que el acompañamiento mediante misiones de observación electoral fue esencial para certificar los resultados y su aceptación por los contendientes. En el 2006 nos estamos jugando el futuro de manera semejante a 1990. Es necesario la presencia desde ya de misiones de observación y verificación electoral provenientes de los países amigos y de los organismos internacionales.

Nuestra clase política deberá entender que para su supervivencia es necesario conjurar el peligro de la violencia, ya que aún cuando algunos grupos establecieran pactos para lograr hacer prevalecer sus intereses particulares por encima de los nacionales, debemos de recordar la lección histórica de que estas alianzas se rompen al lograr su objetivo y que la tendencia será a una nueva confrontación entre las facciones políticas anteriormente pactistas que puede llevarlas al aniquilamiento mutuo o a la imposición dictatorial, lo que inevitablemente desembocará al final en un conflicto más violento en que nadie será ganador.

Serán entonces culpables de la destrucción de la nación, del sufrimiento de sus ciudadanos a consecuencia de la violencia, la miseria, el destierro, la desintegración de nuestras familias que se generará en el nuevo ciclo de inestabilidad o dictadura.

Aún es posible una nueva oportunidad a la cultura de paz, rescatemos nuestra institucionalidad y estabilidad. Lo lograremos con una amplia y decidida participación ciudadana y de la comunidad internacional, y ojalá con una actitud patriótica de la clase política. Hoy es el momento.

El autor es psicólogo social.

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