La reencarnación del inca

José Leopoldo Decamilli

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La reencarnación del inca


José Leopoldo Decamilli




Antes de tomar posesión oficial de la Presidencia de Bolivia, el ahora ya jefe de Estado de ese país fue entronizado en una ceremonia religioso-pagana a la que asistieron unos 20 mil indígenas procedentes de todo el altiplano boliviano y aún de otros países, que tuvo lugar en las ruinas precolombinas de Tiwanaku (Tihuanaco), situado aproximadamente a 70 kilómetros de La Paz y a 3,860 metros de altura, no lejos del Lago Titicaca.

Evo Morales asistió al acto vestido con un poncho rojo y la cabeza cubierta de flores. Marchó descalzo por un sendero de claveles blancos. En el templo de Kalasasuya los sacerdotes le transmitieron el “poder de la tierra, del cielo y del hombre”. El símbolo material de ese poder es el gorro de cuatro puntas, que indica las cuatro regiones iguales en que se dividiría posteriomente el imperio incaico, con su capital Cusco (el ombligo del mundo) en el centro, y también el cayado ornado de oro, plata y otras piedras preciosas que termina en su parte superior en dos cabezas de cóndor, el ave soberana de los Alpes. Aclamado por miles de voces y rodeado por un mar de banderas de color arco iris (el color de la bandera boliviana) fue así ungido como jefe supremo de su pueblo. ¡Un espectáculo que podría servir de escenario magnífico para una película histórica!

Explotando sentimientos ancestrales y el justo clamor de justicia de un pueblo preterido una y otra vez por la clase política, Evo Morales asume la dirección de un movimiento poderoso, y sumamente peligroso también, porque puede conmover toda la estructura del país y provocar graves resquebrajamientos.

Morales ha corregido ya, parcialmente, las violentas declaraciones emitidas durante la campaña electoral. Personalmente creo que esta nueva posición, más comedida, es sólo una cortina de humo para no espantar a la opinión pública nacional e internacional. Considero que su entusiasmo por Fidel Castro, su completa dependencia económica del comandante venezolano, sus propias convicciones y sus desmedidas promesas electorales le arrojarán necesariamente en brazos de las fuerzas más radicales. De hecho éstas le han puesto ya un plazo para dar cumplimiento a sus palabras.

Su aspiración más profunda es revivir las instituciones indígenas del antiguo imperio del Tahuantisuyo, en las que —recuérdese— la casta dominante formada por el soberano absoluto, el Sapan Inka, y la nobleza (llamada por los españoles “orejones”, en alusión a la deformación lobular producida por el peso de los adornos que llevaban) imponía su dominio despótico sobre las etnias esclavizadas y un sistema comunitario de posesión de las tierras.

Él se considera desde luego como el heredero y depositario del poder espiritual, político y económico, una especie de reencarnación del antiguo poder incaico y como la voz liberadora de todos los indios de América e incluso de todos los pobres del mundo. “En el mundo gobiernan los ricos y gobiernan los pobres. Tenemos la obligación de crear conciencia en el mundo entero, para que todo cambie”. Declara además: “La campaña de 500 años de resistencia indígena y popular no ha sido en vano (…) estamos acá (…) para acabar con la injusticia, con la desigualdad y la opresión”. La lucha que ha comenzado de nuevo será larga y será la continuación de la lucha “democrática cultural de nuestros antepasados”, la lucha de Tupac Katarí, de Simón Bolívar y de Ché Guevara.

Evo Morales, forma rediviva de lo que fue, quiere ser el punto de fusión de lo que procede de la profundidad de la historia de América y de lo que subsiste del decrépito programa que todavía alienta con pena al comunismo cubano.

Y todo esto tiene lugar con la bendición de unos sacerdotes indígenas que siguen adorando los elementos de la naturaleza, como si el cristianismo no hubiese sembrado hace 500 años las semillas del amor, redimiendo material y espiritualmente a millares de indios. Tiene también Morales como cosa nimia e históricamente intrascendente el hecho de que las culturas de los pueblos al sur del Río Grande es una cultura esencialmente hispánica, como lo delata su mismo nombre y la lengua que emplea para que todos los bolivianos le puedan entender.

El autor es profesor universitario en Berlín, Alemania.

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