Joaquín Absalón [email protected]
Pareciera que por primera vez llegó la luz a la ruralidad absolutamente desconectada. Era la sombra levantando murallas en la comunicación a través de la ausencia del auricular que ha sido —innegablemente— factor unitario en el desenvolvimiento de la humanidad viviente.
De ahí que satisfaga saber que las zonas mas abandonadas, desnutridas por el aislamiento, han comenzado a recorrer los caminos de la integración para dejar de ser las islas, los trozos de tierra postergados por la prioridad que le ha sido dada a las otras partes del mapa escindido por razones, más económicas, de rendimiento utilitario.
Desde que se anunció el proyecto Fitel, florecieron las expectativas consistentes en implementar el uso de la telefonía pública y celular en las comunidades carentes de infraestructura, proyecto llevado a la realidad con el aporte social de Enitel con fondos propios, lo cual dentro de la inevitable y pragmática red de intereses creados, recibe la compensación de ejercer al mismo tiempo una función que merece el reconocimiento de los nicaragüenses principalmente de aquéllos que han padecido las tenebruras y desventajas del ostracismo.
Para iniciar el plan no puede estar mal de ninguna manera, y entra en los linderos de la racionalidad, que más de mil quinientos mil pobladores sean los beneficiarios en el acto de incorporarlos a la civilización, el término más indicado para valorar la conexión. De la soledad a la relación con el mundo exterior. Eso ayer ni se había soñado.
Trescientas comunidades desde el mes de enero están gozosamente bailando el son del timbre mediante una vía a la que la modernidad tecnológica quitó las piedras que aturdían el conocimiento de las tantas cosas o cuitas que hay en las colmenas de la existencia.
El Pavón a dos kilómetros de Cinco Pinos en el departamento de Chinandega fue el modelo izado por las propias manos del Presidente de la República, ingeniero Enrique Bolaños, en lo que hace a la revelación del acontecimiento positivo en un país dolorosamente abrumado por la exclusión de un mejor destino.
No puede dejar de decirse que por muy provechosos que sean estos empeños, Nicaragua ha sufrido desproporcionadamente más de lo que le ha tocado celebrar en los diversos ángulos de la prosperidad. Si está rezagada es por los errores y los horrores cometidos por sus cabecillas sobre todo de aquellos incapaces de responder con eficiencia en el manejo de la administración pública. Atraso de fácil demostración si se hace una exhaustiva relación respecto del avance de los otros países de la vecindad centroamericana.
Pero no es el caso “llorar sobre la leche derramada” sino aprovechar las alas abiertas de la opinión para pronunciarse sobre lo descollante en beneficios para vidas endurecidas por la marginalidad.
Esta apertura será un atenuante en las diferencias socioeconómicas entre las poblaciones que ya están acostumbradas y son beneficiarias estables de los servicios de telecomunicaciones y las que nunca —ciegas desde hace años— han tenido este primordial servicio para el ser activo y productivo. Incide también en el enriquecimiento de la representatividad y cohesión familiar entre quienes están dentro y fuera del país. Cuántas de las zonas rurales han emigrado de Nicaragua sin saber nada de los seres queridos que dejaron.
Se logra también la cercanía de los productores a los centros comerciales, municipales, departamentales y nacionales en esa orfandad ingrata tan común en el confinamiento. Cabe el optimismo de ver y sentir pronto extensión en todo el territorio nacional.
El autor es periodista.