Filosofía de Omar Kayán

Conrado Godoy

Hace unos años, encontrándome en una conocida “tasca” madrileña, donde compartía una mesa con amigos españoles, que igual que yo, entre libaciones enervantes y jolgorio, buscaban un poco de esparcimiento, escuché a alguien que solicitaba a los concurrentes que guardaran silencio. Silencio por favor, insistía aquel hombre con aspecto de juglar. El barullo se fue desvaneciendo, lo que aprovechó el desconocido —de quien más tarde supe que era un poeta— para extraer rápidamente un pequeño libro de su bolsillo y leyó en voz alta: “El vino es para mí lo que el arroyo al sauce/ Alá es Dios y a Él nada se le escapa/ Al crearme bien sabía que yo sería propenso a la bebida/ más de volverme abstemio/ fracasaría Su divina sapiencia”.

El hombre continuó leyendo pero yo ya no escuchaba. Aquellos primeros versos me habían dejado maravillado. Era mi primer contacto con los Rubayat (título original del famoso libro de sonetos de Omar Al Kayan) y el inicio de una devota admiración, que aún perdura, por la vida y obra del gran poeta persa. Es evidente en estos versos, que la idea premeditada del autor es justificar el pecado terrenal, recurriendo para ello al auxilio de la doctrina filosófica determinista, una “invocación” a la Divina Providencia, aceptable desde la perspectiva de la filosofía, pero cuestionable por su intención pagana y herética.

El expediente filosófico, sin embargo, no es exclusivo de la poesía de Omar Kayán, por el contrario, se trata de un recurso utilizado a través de la historia por poetas de todas las escuelas y tendencias, desde Aristófanes y Horacio, hasta Emerson, Rimbaud y Juan Ramón Jiménez. En sentido inverso, a pesar de que la filosofía ha sido considerada en su conjunto una actividad racional y científica, en ocasiones, los filósofos tienen vocación de poetas. Así lo vemos en Platón, San Agustín y más recientemente Jean Paul Sartre, que incluso ha escrito algunas buenas obras teatrales. Hay quienes opinan que quizás esto sea sólo una forma de comunicar un pensamiento. Pero entonces cabe preguntarse: ¿ porqué la idea de la filosofía poética se ha extendido tanto en Europa, teniendo como sus más entusiastas promotores a los llamados filósofos existencialistas de la segunda mitad del siglo XX… Jean Wahl y Kart Jaspers, aseguran que no existe distinción entre filosofía y poesía y en la interpretación de Jeanne Hersch, filósofa de Ginebra, la filosofía es un pensar entre ciencia y música. A su vez, Gabriel Marcel, otro miembro del grupo existencialista, ha hecho imprimir en un libro filosófico una pieza musical original suya.

Se diría entonces que la idea de la “filosofía poética” merece ser tomada en consideración, aduciendo a su favor, entre otros argumentos, que en cuestiones filosóficas, el hombre ha de valerse de todos los recursos, incluyendo la voluntad y la fantasía, como hace el poeta. Claro, a esta teoría se oponen a ultranza los racionalistas como el alemán Wittgenstein, quien sostiene que lo que no puede comprenderse por los medios normales del conocimiento, es decir por la razón, no puede comprenderse absolutamente.

Cualquiera que sea el resultado del debate filosófico, vale la pena mencionar que la filosofía y la poesía —la ciencia y el arte— siempre estarán ahí al servicio de la humanidad y sería deseable que estas disciplinas tuviesen mayor difusión en el mundo y desde luego en Nicaragua. Nuestra vida no estaría tan saturada de politiquería demagógica y asfixiante y los llamados “analistas”, incluidos los de la peña de Acoyapa, de la que es miembro el jocoso doctor León Núñez, nos hablarían de temas más agradables y enriquecedores. Estoy seguro que nuestra existencia sería más sencilla y placentera.

El autor es periodista.

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