Enrique RojasAP
MIAMI.- Manny Ramírez quiere que los Medias Rojas de Boston lo cambien, pero quiere quedarse en Boston… al mismo tiempo.
Miguel Tejada quiere “cambiar de escenario” y seguir usando la gorra con el pajarito de los Orioles de Baltimore.
Alex Rodríguez jugará con República Dominicana, con Estados Unidos… y con ninguno de los dos en el Clásico Mundial de Beisbol.
Vladimir Guerrero no quiere hablar con malditos periodistas, dijo a otros periodistas que no son tan malditos, para luego decirles a otros menos malditos que fue malditamente mal interpretado.
José Lima habló efusivamente de su nuevo contrato con los Padres de San Diego y de la forma en que condicionó el acuerdo a que la organización lo dejara seguir jugando en la pelota invernal, pero resulta que el club no tiene a nadie con ese nombre en su nómina para el 2006.
¿Qué está pasando detrás de todos estos desaciertos que han llenado los medios de comunicación durante esta temporada de receso?
¿Será que los peloteros están hablando otro idioma (que no es español, inglés, francés, alemán ni ninguno conocido) distinto al de los periodistas?
De ser así, personalmente descarto el arameo, el idioma que hablaba Jesucristo y que rescató Mel Gibson para la película La Pasión del Cristo.
Lo que está pasando es que los periodistas estamos justamente en el medio de una cruenta batalla de intereses que libran jugadores y equipos, en la que los agentes están sirviendo como intermediarios predispuestos y mercenarios dispuestos a utilizar todas las armas disponibles para conseguir sus propósitos: más dinero.
Cuando un agente quiere tantear cómo está el mercado para un cliente determinado, simplemente declara que “hay varios equipos interesados, pero que está estudiando las mejores ofertas”.
Incluso, un agente más osado mencionará a los Yanquis y Mets de Neva York, Medias Rojas de Boston o Cachorros de Chicago como potenciales compradores de sus jugadores con el único propósito de atraer la atención de otros clubes, e incluso de uno de esos cuatro mencionados anteriormente.
Cuando un pelotero quiere cambiar de equipo, su agente llamará a un periodista y le contará el secreto con el compromiso de no ser citado públicamente.
“Una fuente de entero crédito” deberá llamarse el responsable de la información.
Cuando un equipo quiere restar méritos a un pelotero, ya sea para no retenerlo o para ofrecerle menos dinero, dejará saber a los medios algunas cosas negativas del jugador en cuestión. Ahí también funcionará “Una fuente de entero crédito”.
Pero lo mejor del asunto es que siempre los equipos, los jugadores y los agentes podrán desmentir a su gusto tales informaciones, dependiendo de la reacción que se produjo posteriormente.
En medio de todo esto quedan los periodistas, que seguiremos haciendo noticias porque eso es lo que reclaman los consumidores de los medios. Los periodistas hacen el papel de “peones sacrificables” en esta guerra de altos intereses económicos.
De todos los personajes envueltos en esta tragicomedia, los más sensacionales son los agentes, quienes llegarán incluso al recurso del ridículo para tratar de proteger el cinco por ciento que cobran de los sueldos de sus clientes.
Y créanme que los entiendo. Cualquiera de nosotros haría lo mismo después de calcular cuánto es el 5% (o hasta el 1%) de 160 millones de dólares (o 200 millones si incluimos las opciones del 2009 y 2010), que es el costo del contrato que firmó Manny Ramírez con los Medias Rojas en el 2000.
También por eso entiendo por qué Drew Rosenhaus enfrenta una batería de periodistas para tratar de explicar que Terrell Owens es una pobre víctima de los Eagles de Filadelfia. Hay que tener coraje, o recibir el 5% de los 49 millones que comprometieron los Eagles a Owens en el 2004, para hacer eso.
Incluso, hasta el agente de Albert Belle, posiblemente el pelotero con el comportamiento más indeseable de la historia del beisbol, se atrevía a desafiar los reportes negativos y a tratar de aclarar las acciones de su cliente.
CONEJILLOS DE INDIAS
Así las cosas, entendemos un poco mejor porque cada día más se diferencia el idioma que hablan los atletas y los periodistas, sin importar las nacionalidades o idiomas originales de ellos.
En la guerra de millones de dólares entre equipos, jugadores y agentes, los periodistas seguiremos siendo simples “conejillos de indias”.