La Navidad de Jesús y la Navidad de Santa Claus

Eduardo Alfonso Castillo Fonseca*[email protected]

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La Navidad de Jesús y la Navidad de Santa Claus


Eduardo Alfonso Castillo Fonseca*
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El año pasado para esta época llevé a mi hijo mayor al cine a ver la película El expreso polar, protagonizada por Tom Hanks, una producción que a simple vista —entiéndase, la vista de un adulto— beneficia sobremanera los extraordinarios talentos de Hanks para el teatro dada la multiplicidad de papeles que desempeña el actor en la película.

Demás está decir el encanto que produjo la historia en mi niño y en muchos otros seguramente. Es lo suficientemente mágica para trasladarlos por una travesía de fantasías y expectativas sobre la Navidad, que en su punto cumbre desemboca —desde mi punto de vista de manera desafortunada— en una exaltación y una especie de devoción hacia la figura de Santa Claus, agotando en esto todo el acontecimiento navideño.

Durante más de 15 minutos la historia se detiene en la preparación del ya conocido trineo: se deposita la gigantesca bolsa de regalos, entran en ceremonia los renos, luego los cascabeles son puestos sobre ellos y luego la multitud, ansiosa se esfuerza por no perderse la llegada de Santa. Luego del jolgorio por la aparición de tan esperado personaje, Hanks —el maquinista del tren— se quita la gorra en señal de respeto reverente hacia Santa.

No pretendo descalificar lo bueno que hay en la película ni ser ingenuo ante lo que produce o no encanto en los niños, pero en general me sorprende el protagonismo que Santa Claus tiene en el tema navideño. Ha sido progresivo y agresivo, si lo mido desde mi infancia en los años setenta hasta hoy. Los programas de televisión que recuerdo donde Santa Claus era el protagonista eran excepcionales y algunos hasta aburridos, pues la leyenda era siempre la misma y no traía consigo ninguna novedad. Incluso en los adornos de las casas, si acaso había un Santa Claus entre ellos, era de manera aislada y hasta marginada si se quiere.

En contraste, hoy Santa Claus ya no aparece solo sino que también entró a escena la señora Claus, con lo cual quedó anulada toda posibilidad de que Santa Claus sea una evocación a San Nicolás, obispo de Bari, como en algún momento ha llegado a decirse y como todavía le llaman en algunas culturas y que era lo más cristiano a lo que podía acercarse. De un Santa Claus marginado llegamos a uno que hasta baila merengue en las tiendas, como celebrando su éxito, su entronización y su invasión sobre el misterio navideño, donde el marginado ahora parece ser Cristo y su pesebre.

Mejor ilustración a este fenómeno no he encontrado más que en una caricatura del artista cristiano Cerezo Barredo, donde aparece Santa Claus raptando apresurado al Niño del pesebre ante el dolor y el asombro de María y José. Es un canje cultural sutil y hasta diabólico si se quiere, porque detrás de los símbolos están los valores: por una parte Santa Claus, ícono de una Navidad no cristiana, exaltando el valor del mercado, la compra-venta compulsiva, los regalos falsos e innecesarios y los gastos por encima de nuestras capacidades, un interés excesivo por la riqueza material, un mero “sentirse bien” como un valor único de la época, encerrándonos en nuestros propios intereses y con esto en lo más pobre de nosotros mismos.

En el otro extremo, intacto y sereno, el pesebre de Belén, ícono de la Navidad cristiana, un Misterio donde se muestra una pobreza material radical, dura y áspera para exaltar con esto las más grandes riquezas humanas de libertad, solidaridad, fidelidad y vínculo familiar.

Asumidos los valores, vienen después sus resultados. Por una parte una Navidad que nos deja con las bolsas vacías o con muchas más deudas, agitada, frustrante y a veces dolorosa, matizada de nostalgias y pesadumbres, anunciada por enormes expectativas de felicidad y bienestar que normalmente no son satisfechas y que más bien, en el peor de los casos, terminan en trágicas experiencias ocasionadas por el exceso de licor o de comida.

La otra Navidad, iluminada por el Nacimiento del Señor, invitándonos a compartir una cena en la que se agradezca por el regalo de la familia, en la que los regalos sean más inmateriales y espirituales, donde tengamos presentes a los cientos de familias en condiciones infrahumanas y nos motivemos a compartir con ellos lo que tenemos. Es decir, una Navidad cuyos resultados sean de paz, libertad y solidaridad.

Salidos del cine, mi hijo —entonces de 3 años— y yo tuvimos una amena conversación sobre la película. Con sumo respeto a la llenura que la película había causado en él y tratando de ser fiel tanto a su lente mágico de niño como a mi conciencia, conservando el ánimo de la conversación le hice el comentario de que en la historia no había llegado la Navidad todavía porque no aparecía Jesusito —que es como él lo llama— a lo que él fiadamente me respondió: ah sí, es cierto, no ha llegado todavía.

Las connotaciones que la Navidad tiene para los cristianos, obliga a hacer las debidas diferencias entre unos valores y los otros. Navidad es Jesús, no es otra cosa y lo que el Misterio Navideño evoca en sí mismo, nos remite necesariamente hacia la familia, los niños y los marginados. Pero somos libres, nosotros decidimos por cuál nos apuntamos. Mis deseos para que la Navidad cristiana sea la que efectivamente llegue a la casa de todos los lectores y a la mía propia.

* El autor es miembro de la Comunidad de Vida Cristiana (CVX)

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