Un milagro de María

Grecia del Carmen Centeno

Roman, Times, serif»>
Un milagro de María


Grecia del Carmen Centeno




Nací dentro de una familia mariana. Luisa Emilia, mi tía abuela que en paz descanse, llevaba en el alma la tradición de rezar en latín el rosario a la Virgen María y por esa particularidad era común que, de niña, yo participara de los rezos y en la mayoría de las purísimas en mi tan recordada Sutiaba.

Mi adolescencia llegó en una década llena de ideales tergiversados que llenaron de confusión a muchos jóvenes nicaragüenses. Fue entonces cuando muchos nos olvidamos de nuestras tradiciones y abandonamos esas creencias tan llenas de amor, fe y esperanza. Dejé de creer en María, aquella virgencita que durante mi infancia cuidó con tanto amor de mí y de mi gente y aquellos años de purísimas, cánticos y pólvora quedaron en el último rincón de mis recuerdos.

Mi vida dio un giro con mi primer embarazo. Esa sensación de llevar un ser en mi interior me hizo saber que mi reloj biológico había avanzado y que estaba por vivir la experiencia más maravillosa que una mujer puede tener, como es el ser madre. Nunca imaginé lo difícil que sería para mí lograrlo y ese embarazo, al igual que otros cuatro, lo vi desvanecerse entre lágrimas, dolor y anhelos perdidos.

Tras tantas batallas perdidas toqué a la puerta de aquella virgencita que había olvidado años atrás, recordé la poderosa oración del pecador que clama a una tierna madre para ser escuchado y pide protección. Me humillé y pedí perdón por el olvido y por todas las veces que me atreví a dudar de su amor y siguiendo esa misma oración me sentí como el “pobre hombre que no alcanza su divina protección”.

Mi corazón estaba vacío buscando grabar nuevamente ese nombre que muchas veces mencioné en mis oraciones infantiles de buenas noches… María.

Hoy, a tres años de haber tocado esa puerta, soy una mujer renovada. María demostró una vez más ser nuestra abogada intercediendo por mí al Padre que todo lo puede y recibiendo, un tesoro invaluable que llena mi hogar de alegría y felicidad: mi hijita Mariagabriela, símbolo de un milagro de fe y amor.

Gracias Madre. Sirva el presente como humilde testimonio para que todos aquellos que aún dudan de tu amor, sepan de las maravillas del Todopoderoso y el milagro que hizo en mi vida gracias a María, madre, abogada y amiga.

La autora es Administradora de Empresas.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí