José Israel Núñez Henríquez*[email protected]
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¿Qué razón tiene leer…?
José Israel Núñez Henríquez*
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Hace falta, quizás, hacer una legítima tasación en nuestra población de cómo andan los “niveles de lectura cotidiana” en el ciudadano promedio que le encontramos en la calle, aquel que lee por mero “pasatiempo”, que no tiene compromisos académicos, qué no pende su trabajo de un alto acervo de “reconocimientos” intelectuales. Ese que discipula su mente al sacerdocio de la sapiencia, haciendo gallardía de su monte de “Hombre Sapiens”.
La experiencia misma sustenta que no existe nación que siendo culta sea extremadamente pobre. Casos típicos son la Alemania de posguerra y el Japón después de dos impactos nucleares. Claro que esto depende de la aptitud mental positiva frente a los grandes retos cosmopolitas de la humanidad.
Pero, ¿qué relación hay entre la lectura y la pobreza? Sin especulaciones podemos asegurar que hay una correlación entre el nivel de pobreza y la tasa de analfabetismo. En 1993 dicha tasa fue del 23 por ciento a nivel nacional y se mantuvo prácticamente igual entre 1998 y 2001 (20.6 por ciento, 20.4 por ciento respectivamente).
Por otra parte, la tasa de analfabetismo en los jefes de hogar es preocupante. Según la educación de los jefes del hogar, el porcentaje de analfabetas crece a medida que el nivel de vida empeora, esto se ve reflejado en que la proporción de jefes analfabetas en el área rural es mayor que la urbana, independientemente del nivel de vida que éstos tenían.
Corroborando esto decimos que, entre los pobres extremos, la brecha fue más grande, porque en el área urbana el 40.5 por ciento en 1993, el 45.2 por ciento en 1998, y el 57.3 por ciento en el 2001 eran analfabetas y el 58.8 por ciento, 54.4 por ciento y el 59.9 por ciento correspondían al área rural. (Perfil Comparativo de la Pobreza en Nicaragua 1993-1998-2001, INEC).
Resumiendo un poco este bosquejo estadístico, focalizamos que el fenómeno de bajo nivel cultural se traduce para algunos sectores como el aferro a ese epíteto que asegura que Nicaragua es ese paraíso de oportunidades para el inversor, por haber una abundante mano de obra “barata” disponible. Visto por algunos como eje de solvencia para mitigar los niveles de desempleo. Algunas encuestas del INEC han cifrado que el porcentaje de personas desocupadas es más alto en el área urbana que en la rural (1993: 24.5 por ciento urbana y 17.9 por ciento rural, 1998: 13.3 por ciento urbana y ocho por ciento rural, 2001: 12.7 por ciento urbana y 9.2 por ciento rural).
La realidad marcha por otros derroteros, y persisten las miserables condiciones de los habitantes de los suburbios de las grandes aglomeraciones urbanas, la mendicidad y la prostitución infantil que visualizan los desajustes socioeconómicos subyacentes, producto de un real desequilibrio entre el desarrollo y desigualdad de oportunidades entre la población culta e inculta.
Es lamentable enterarse que un alto número de estudiantes de educación superior acotan sus periodicidades de lectura solamente en base a sus asignaciones académicas. Es normal ver bibliotecas atiborradas de educandos presurosos por asegurar el cumplimiento de una asignación por la obtención de un puntaje y no interesados por el principio que asegura que “leer es un aprendizaje fundamental y una herramienta privilegiada para desplegar, organizar y materializar el pensamiento y la creatividad”.
Es muy raro ver a un ciudadano viajando, asentado en una plaza, parque o sitio público estrujando en sus manos un libro, mucho menos esperar que alguien se nos acerque de repente e inicie una charla sin dar indicios de estar infectado de “política”, para bien o mal el nicaragüense casi todo lo relaciona con el ámbito político.
Cuando hablamos del hábito de lectura implícitamente aludimos el deseo innato del ser humano de investigar, de descubrir aprendiendo y que hoy por hoy con el acceso a la bóveda más grande de información como es Internet no se ha sabido capitalizar, se nos disipa esta oportunidad, pues me ha tocado observar cuántas horas se dedican al ocio del correo electrónico, a la charla interactiva o a noticias del espectáculo y la farándula, tiempo al que muy pocos dedican a la lectura. Olvidando de plano, que los libros permiten cimentar en las personas las bases de la reflexión, del espíritu crítico, del juicio estético, personal y cívico.
No olvidemos que el lenguaje surge a través de la comunicación, pero que la comunicación sólo puede desarrollarse por medio del lenguaje y por ende la lectura es mucho más que un sistema que hay que decodificar; es un proceso destinado a construir el significado de un texto en el que se producen transacciones entre pensamiento y lenguaje.
Se hace necesaria entonces la promoción de la lectura para ser más asertivos en nuestra cosmovisión de la vida. Cerramos parafraseando aquel adagio que dice: “El tiempo libre sin estudio es para el vivo, muerte y sepultura”.
* El autor es Ingeniero Agrónomo