Estado nacional y globalización

Hugo F. Castillo

Estamos enfrentados a una nueva forma de organización del trabajo, a la crisis del Estado nación, al imperialismo, a las nuevas formas de dominio del capital transnacional, en dos palabras, estamos hablando de economía globalizada. Tema que es parte de las tertulias y de todos, o casi todos los análisis sobre nuestra realidad social y de los discursos de nuestros preclaros “políticos” entre comillas, que plantean con toda desfachatez, que no se puede estar en contra de la globalización, como no se puede estar en contra de la ley de la gravedad; sin comprender realmente que la diferencia estriba en que esta última obedece a leyes físicas, incomparable por tanto, con procesos sociales, económicos, políticos y culturales, que generan transformaciones que dependen de la acción de seres humanos.

Pero lo que hay que entender es que, en el marco de la lucha interimperial —léase G8— estamos considerados como país dentro del área de influencia de Estados Unidos y que éstos no estén dispuestos a tolerar defecciones de ningún tipo en el interior de esta esfera de influencia.

En un pasado reciente Cuba, luego Vietnam, más temprano el caso nuestro con el derrocamiento de la dictadura somocista y las pretensiones de instaurar un régimen de carácter independiente y con una lógica de mercado también diferente, hoy la occidentalización de Irak, el control petrolero y la lucha por la hegemonía del dólar en Europa y en la esfera de influencia más cercana a nosotros sigue la actitud perseverante de Cuba, Venezuela que enfrenta la posibilidad de decidir en relación a su propio petróleo, Brasil forzando situaciones que lo independicen como satélite continental del gran capital; todo lo cual hace que en nuestro país prevalezca de parte de este factor del imperio, una línea dura de intolerancia. De aquí, que se explique la presencia cada vez más activa y arrogante de embajadores y enviados especiales —que ya vienen como representantes de los intereses de las trasnacionales— bajando líneas de acción política y económica a nuestras clases políticas criollas e incluso al sector “empresarial”, que en el contexto internacional de intereses en que se está barajando nuestro destino, no son más que pulperos con aire acondicionado, que si bien ahora juegan un papel de corifeos más temprano que tarde serán la fuerza de trabajo al servicio del gran capital.

Estamos ante una redefinición de la doctrina Monroe, lo que conlleva que los aspectos de carácter económico adquieran relevancia, sobre todo si lo que se pretende es cierto margen de estabilidad, que garantice mantener una estructura de poder, esto ha derivado en una mayor vigilancia en nuestros procesos políticos y articular en cada uno de los países centroamericanos —y por qué no de América Latina en general— dispositivos de acción preventiva, lo que siempre será más barato que una operación de carácter militar o de policía.

Es toda una estrategia que se incoa desde los años sesenta por medio de la Agencia Internacional de Desarrollo más conocida por sus siglas AID, de tal manera que ésta, por medio del comité Clay, puso mucho énfasis en plantear ante el Congreso de Estados Unidos la importancia de las empresas privadas de ese país, en las políticas de desarrollo de nuestros países.

Al asumir el Congreso dicha recomendación, va más allá, promoviendo subvenciones a las empresas de ese país que se comprometan con esta política, los medianos y pequeños empresarios de Estados Unidos no tienen capacidad para exportar sus capitales, lo que implica que son las grandes sociedades anónimas, valga decir las transnacionales las que asumirán la responsabilidad de orientar nuestras inversiones, nuestra actividad económica, nuestra orientación tecnológica e incluso de poner los gobernantes que reproduzcan su perpetuación oligárquica, en detrimento claro está, de nuestro nacionalismo y del estado nacional que se verán cada vez más debilitados. Entre los dispositivos de esta estrategia están las políticas de ajuste estructural, el famoso DR-Cafta, la posición de México en la cumbre de presidentes en Argentina.

Ante esta situación —planteada a vuelo de pájaro— se hace necesario activar al menos un tipo de nacionalismo económico que haga resistencia a este expansionismo que en sí concreta la máxima planteada por el padre de la patria estadounidense Michael Hard, el que sin ningún recato expresaba que “la gente que posea el país, debe de gobernarlo”.

El autor es sociólogo

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