María de los Ángeles Pérez Ló[email protected]
Hace algunos años, poco después de pasada la novedad de la construcción de las rotondas en varios lugares de Managua, fue inaugurado el primer árbol de Navidad en la rotonda Jean Paul Genie. En aquel momento, reflexioné preocupada, sobre los peligros entrañados en tan visible contraposición entre peatones y vehículos pues observaba cómo familias con niños y niñas menores, corrían a la menor oportunidad entre el paso de un vehículo y otro, hacia o desde la rotonda, atraídos por las luces, el tamaño del árbol y la música navideña.
Desde entonces, exceptuando las navidades en que el árbol fue puesto en uno de los lados externos de la rotonda, he respirado aliviada al no lamentar algún accidente fatal, admirando en silencio a las mujeres y hombres que han circulado en sus vehículos con cuidado respetando la vida de las personas. Sin embargo, para disfrutar del ambiente navideño o de cualquier otro evento cultural o deportivo, las personas no deberían arriesgar su vida ni la seguridad de los suyos o la de los seres queridos de otro/as. Antes bien, deberían hacerlo con condiciones, en el pleno ejercicio del derecho a la recreación y al esparcimiento, tal y como lo consigna la Constitución de la República en su artículo 65.
Para que eso ocurra, la ciudad de Managua necesita parques, o sea, áreas públicas especialmente diseñadas para la recreación y el entretenimiento de las personas, debidamente equipadas con jardines y arboledas bien mantenidas, que estén bien ubicadas, sean de fácil acceso para la/os ciudadana/os y sean seguros desde todo punto de vista, además de provistos de suficiente área de estacionamiento.
Los parques pueden ser pequeños, medianos o grandes y obedecer a temas específicos, así como atender a diferentes grupos etarios con distintos tipos de actividades pasivas o activas. Esto permite establecer una especie de jerarquía con diversos niveles que progresivamente permiten la atención de un mayor número de personas. De esta manera, un parque comunitario atiende al conjunto de personas que vive en un barrio o conjunto habitacional y un parque central atiende a todos los pobladores de la ciudad.
Debido al crecimiento semiradial de la ciudad capital y su expansión hacia los sectores sureste-suroeste, los parques tradicionales de Managua como los parques de La Madre, Las Piedrecitas y otros, no atienden a las áreas habitacionales emergentes, en donde se encuentra la población con poder adquisitivo y de consumo. De ahí que, ante la ausencia de nuevos parques, la rotonda Jean Paul Genie sea particularmente interesante en términos de mercadeo por su posición intermedia entre el anterior límite periférico de la ciudad y su área de expansión, en medio del tráfico de miles de vehículos que transitan diariamente por la carretera a Masaya.
A pesar de las posibilidades que de su ubicación derivan, la rotonda Jean Paul Genie no es un parque. Como todas las rotondas en Managua, es una solución urbanística que busca resolver un conflicto o nudo provocado por la confluencia de circulación vehicular, antes resuelta a punta de semáforos. Las rotondas son un elemento vial de forma circular o elíptica que facilita el direccionamiento fluido del tráfico de los vehículos y la movilidad de las personas. Las rotondas son como pequeñas islas, porciones de tierra rodeadas de flujo vehicular, que por su función no deberían ejercer sobre los transeúntes y peatones ninguna especie de atracción fatal, debido a los altos riesgos de accidentes que representa. Para evitarlos, basta no permitir en ellas, actividades y elementos, incluidas construcciones, propias de los parques.
Para que eso ocurra, la ciudad de Managua requiere de un marco jurídico regulador que garantice a las ciudadanas y a los ciudadanos, la experiencia diaria de una ciudad que atienda y responda a sus necesidades e intereses. Necesita también de autoridades conscientes de su rol, poder y voluntad para influir en el diseño de la ciudad que es escenario cotidiano de miles de mujeres y de hombres que desarrollan actividades con las que contribuyen a la construcción de la misma. Precisa de iniciativas empresariales sensatas y respetuosas del bienestar colectivo y demanda sobre todo de ciudadanas y ciudadanos que ejerzan su pleno derecho a tener una ciudad funcional, humana y acogedora de la cual nos sintamos orgullosa/os y a la que estemos irremediablemente comprometida/os.
La autora es arquitecta y máster en Administración de Empresas, consultora independiente