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Un paréntesis que necesita remate
Aparte de las inevitables disputas entre los políticos y la agitación de empleados públicos que demandan sueldos más altos que los permitidos por el Presupuesto de la nación, al parecer Nicaragua pasará tranquilamente las fiestas decembrinas, después de los diez meses de una crisis que amenazaba provocar el colapso del Estado.
Aquella crisis surgió gratuitamente, cuando el país se hallaba en calma, con índices de desarrollo positivo y preparándose para cumplir los parámetros del FMI. Todo comenzó con la aprobación de las reformas constitucionales de los pactistas para desarticular el equilibrio de los poderes de un régimen democrático. La única explicación de la provocada agitación era el afán de Arnoldo Alemán de escapar del cumplimiento de la pena por los delitos de corrupción, y el interés de Daniel Ortega de aparecer como capaz de provocar inestabilidad y al mismo tiempo dar estabilidad al país.
Pero la conducta abusiva de los caudillos alarmó a los gobiernos de Centro y Sudamérica y a la OEA. El mismo Departamento de Estado de Estados Unidos envió a su segundo al mando para expresar con epítetos fuertes las graves consecuencias del nefasto pacto caudillista. Además, la ciudadanía organizó movilizaciones callejeras contra las dos cúpulas políticas que dominan el 75 por ciento de los poderes del Estado y pretendían arrebatarle más funciones constitucionales al presidente Bolaños. Mientras tanto, la Asamblea Nacional atrasaba la aprobación del paquete de leyes comprometidas con el FMI, arriesgando la ayuda externa.
Se trataba de una crisis de corto plazo y largo alcance al mismo tiempo. El primero pretendía destituir al Presidente de la República y el segundo negar transparencia a las elecciones del 2006, manteniendo en manos de mafias el manejo del aparato electoral. Pero cuando el desastre parecía inminente se produjo la presión del subsecretario estadounidense Robert Zoellick, que hizo reflexionar a Ortega, quien se reunió cinco horas con el presidente Bolaños y terminó allanándose a las demandas de éste.
El acuerdo logrado fue la receta que el Secretario de la OEA, José Miguel Insulza, recomendó para resolver la pugna de poderes y salvar la cara a los protagonistas de la crisis. El PLC, al verse marginado intentó atrasar la aprobación de las leyes pendientes con el FMI y el Presupuesto Nacional, pero su maniobra no prosperó. Al final comprendió que su oposición al Ejecutivo le perjudicaba y apoyó la aprobación del Presupuesto enviado por el Presidente.
Por su parte, el FSLN, al quedarse aislado una vez más montó un sainete populista e insincero, en el que aparecía apoyando a los huelguistas del sector público pero en el fondo satisfecho de que Nicaragua permaneciese en el regazo del FMI.
Sin embargo, a pesar que el acuerdo Bolaños-Ortega resolvió la crisis de corto plazo al suspender el acoso al Presidente de la República y postergar la aplicación de las reformas constitucionales —aunque legitimándolas—; y no obstante que enfrió la desaforación y destituyó a los superintendentes recientemente nombrados, sin embargo ese acuerdo no es más que un intervalo pues el pacto se mantiene vivo y coleando. De manera que la movilización de la sociedad civil, como la marcha cívica del 20 de noviembre en Juigalpa, debe continuar para hacerle ver a los pactistas que deben abandonar su pretensión de desmontar el proceso democrático de Nicaragua.
En realidad, quedó pendiente el problema de asegurar la transparencia de las elecciones del 2006, hacer los cambios que necesita la Ley Electoral, impedir las inhibiciones políticas, recomponer el Consejo Supremo Electoral y garantizar la supervisión de la OEA sobre todo el proceso electoral, desde ahora hasta el escrutinio del 2006 .
El acuerdo Bolaños-Ortega animó la unidad liberal bajo el alero del PLC, con excepción de Eduardo Montealegre, pero son pláticas para diseñar una caricatura de primarias del agrado del caudillo situado tras bambalinas. Lo lógico es que todos los liberales unifiquen procedimientos y coincidan en una comisión imparcial que monte las primarias para escoger sus candidatos, aceptando que todo gran partido tiene tendencias y negociaciones que arreglar. Y que la continuidad de los partidos está por encima de sus líderes de paso.