Adolfo Miranda Sáenz
Las hermosas catedrales que son testigos de dos mil años de cristianismo lucen vacías en Europa Occidental, convertidas en museos para los turistas. Algunas pocas personas mayores todavía asisten a los servicios religiosos y los jóvenes que se confiesan creyentes son una minoría cada vez más reducida. Europa Occidental vive una crisis de fe, no sólo en cuanto a la Iglesia Católica o a las otras denominaciones cristianas, sino también en la sociedad judía. La fe o la práctica de una religión es considerada propia de personas culturalmente atrasadas y supersticiosas.
A la par, los principios, valores e instituciones fundamentados en la ética cristiana han sido sustituidos por el llamado “relativismo”, al que se ha referido frecuentemente el Papa Benedicto XVI. Es decir, la justificación de todos los medios para lograr el fin de obtener placer, comodidad y felicidad personal. Todo es “relativo”. Todo lo que sirva para obtener felicidad, es bueno.
Pero resulta que realmente la felicidad así concebida es una vana ilusión y está lejos de ser auténtica. En efecto, la sociedad europea no es feliz. A pesar de estar en la cúspide económica; con los problemas del hambre, el desempleo y la pobreza resueltos, los europeos no son felices. Así lo indica el alto número de suicidios, que son mucho más en los ricos y prósperos países europeos que en el resto del mundo. La cantidad de personas enfermas de depresión y otros trastornos sicológicos va en alarmante aumento. Los sanatorios y hospitales para enfermos mentales aumentan día a día su numerosa clientela.
La destrucción de la familia como fundamento de la sociedad, concebida como el núcleo formado por padre, madre e hijos, ha golpeado profundamente los cimientos de la sociedad europea. Niños que crecen teniendo sólo madre, o sólo padre (por expresa voluntad y libre decisión) o —en el caso de parejas homosexuales— con dos padres pero sin madre, o con dos madres pero sin padre, sufren de trastornos severos en su personalidad. En muchos casos, los adolescentes llegan a padecer graves crisis de identidad. Si a ello sumamos los rompimientos entre parejas producto de la falta de un compromiso serio, o de la infidelidad, o aún del llamado amor libre, los trastornos en los niños y jóvenes producto de tales situaciones son de dimensiones alarmantes. No es extraño que terminen con profunda depresión, y que busquen sustitutos en la drogadicción, por ejemplo.
El abandono de principios tales como el respeto a la vida humana traducido en abortos y eutanasia. La práctica sexual sin límites y sin mediar compromiso ni responsabilidad, mucho menos amor (sólo el placer por el placer mismo, cuando quiera y con quien quiera, siempre que use el condón) convirtiendo al ser humano en una lata de cerveza desechable. Todo ello ha producido una Europa socialmente enferma, donde incluso las personas en un alto número prefieren la vida solitaria y adoptar un gato o un perro en lugar de formar una familia y tener hijos.
Europa le ha dado la espalda a Dios y los europeos pensaron que así serían más modernos, más cultos, más inteligentes, más civilizados y más felices. Sin embargo, la sociedad europea es la más infeliz del mundo. La ausencia de Dios, de la religión, de los principios y valores considerados por ellos anticuados, los ha convertido en personas vacías, guiadas sólo por el instinto, como los animales. Con un vacío espiritual que ni el edonismo ni el euro pueden llenar.
El mundo debe verse en ese espejo. Sociedades como las de Estados Unidos y Canadá van tristemente por el mismo rumbo. Los latinoamericanos debemos evitar esos errores. Aún hay tiempo para rectificar y para reevangelizar Europa. Las estadísticas, la ciencia y sobre todo la simple observación de la realidad nos demuestra que sólo Dios hace al hombre feliz. Europa necesita volver a Cristo.
El autor es Abogado.