El fracaso de los esfuerzos por alcanzar la sociedad perfecta

César Augusto Bravo Vargas

La sociedad perfecta ha sido el sueño de grandes pensadores y una lucha constante de la sociedad misma. La dinámica humana describe una secuencia de esfuerzos intelectuales, que tenía como fin la creación de ese anhelado paraíso que perdieron nuestros primeros padres al pecar. Cronológicamente Platón es el primero en aventurarse en esta empresa de proporciones legionarias, al escribir su obra La República. Otra construcción igualmente especulativa, fue realizada hasta en 1516 por el escritor y estadista inglés Tomás Moro (1478-1535) al escribir la obra Utopía; y en 1602 por el filósofo y poeta italiano Tommaso Campanella (1568-1639) al publicar su obra La ciudad del sol, donde reaparece la descripción meticulosa de una sociedad comunitaria ideal, orientada hacia la consecución de la virtud.

El aplomado criterio del escritor peruano Vargas Llosa atina muy bien al sostener que la búsqueda de la perfección absoluta en el dominio social conduce, tarde o temprano, al horror absoluto. Así sucedió con un grupo de 775 personas que emigraron de Estados Unidos hacia la Guyana, decididos a establecer esa comunidad ideal que, conducida por el reverendo Jim Jones y bajo “los encantos de la muerte” que promovía su director, protagonizarían uno de los suicidios colectivos más grandes de la historia. Lawrence Shact fue el médico responsable de preparar la poción letal de jugos de frutas, cianuro y analgésicos y tras su ingesta se dio comienzo a una danza macabra matizada por gemidos y gritos inexpresables. Los cadáveres de adultos y niños que se inmolaron en un acto desesperado por llegar al paraíso marxista-cristiano que prometía su líder, hicieron correr el escalofrío por las espaldas de las autoridades guyanesas. El cadáver de Jones que decía ser “Cristo reencarnado” fue encontrado con una bala en la cabeza.

Cuando la humanidad se percató de su incapacidad para restaurar el Edén, volcó su esfuerzo a tratar de identificar un Mesías que tendría la difícil misión de llevarnos a su restauración. Por ejemplo, en el año 434, Moisés Cretense dijo ser la reencarnación del Moisés bíblico y que era voluntad divina liberar a los israelitas de los cretenses, como lo hizo Moisés en el Éxodo. El falso Moisés condujo a cientos de seguidores a lanzarse al mar donde la gran mayoría murió ahogada. En 1844 Joseph Smith, fundador de la secta de los Mormones, muere linchado en la cárcel, después que una multitud embrutecida por la ira, dominara a la policía e irrumpieran en la prisión.

En Nicaragua también ha aparecido este tipo de falsos mesías. Marco Antonio Arauz, autodenominado Jesús de los Pobres, es el mejor ejemplo que nos brinda la edición N° 31 de la revista de LA PRENSA, Magazine. Sin embargo, aun cuando en nuestro país existen otras personas que dicen ser la reencarnación de Jesús, son completamente inofensivos.

Es mi criterio pensar y sostener que hacen más daño muchos de los jerarcas católicos que los mal llamados Jesús. Desde los tiempos de Constantino hasta los nuestros, el cristianismo se fue apartando de sus enseñanzas originales para contaminarse con las fuentes corrompidas del paganismo. Advirtiendo esta metamorfosis, el cardenal Juan Enrique Newman dijo: Constantino, con el fin de que la nueva religión fuera aceptada por los paganos, la revistió con los ornamentos exteriores a los que estaban habituados la suya (…) el empleo de templos, la consagración a santos particulares, las procesiones, las vestimentas sacerdotales, las imágenes, etc. Son todas cosas de origen pagano. Por ello, no es extraño que quienes deben orientarnos para alcanzar el paraíso prometido por el Hijo de Dios, anden más preocupados por participar en política que por redimir nuestras almas. De nada le sirvió al Papa Juan Pablo II retirar de su cargo de Arzobispo de Managua al cardenal Miguel Purificación, cuando su apetito por participar en las reparticiones de poder sigue sin menguar y sin dejar de hacer daño al pueblo que él una vez guió espiritualmente. El poeta Rothschuh Tablada lo dijo: Arnoldo Alemán no solamente era corrupto sino que también corruptor, él fregó a la Iglesia. No obstante, el problema principal con Su Eminencia no está en él, sino más bien en nosotros, pues no hemos sabido diferenciar entre quién predica la moral y quién la practica. Cuando el Cardenal y otros jerarcas adoptan esa actitud consentidora entre los casos de corrupción, a los fieles católicos nos están conduciendo al más cruel agnosticismo, sin percatarse quizás que en Jeremías 23:2 se dice: Vosotros dispersasteis mis ovejas y las espantasteis, y no las habéis cuidado. He aquí que yo castigo la maldad de las obras, dice Yahvé. Qué raro que hasta hace poco el presidente Bolaños se haya dado cuenta que el Cardenal está totalmente parcializado.

Los políticos no han sido menos ligeros en prometer paraísos. Arnoldo Alemán, quien sufría de desmayo al ver tanto dinero en las bóvedas del Banco Central, prometía volver a hacer de Nicaragua el granero de Centroamérica, mientras que Daniel Ortega prometía conducirnos hacia la “tierra prometida”.

La sociedad perfecta no está al alcance de la especie humana, todos han fracasado, menos uno: ¡Jesús!

El autor es escritor

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