El petróleo y el nuevo orden

Miguel Bolaños Garay

El alza constante de los precios del barril de petróleo crudo es una preocupación a nivel mundial que afecta no sólo a países ricos, sino que en gran medida a los pobres y subdesarrollados como el nuestro. Una preocupación que podríamos haberla evitado si desde hace décadas la humanidad consciente del problema se hubiera preocupado, al igual que nuestros pasados gobernantes, por implementar medidas alternas de energía y no comenzar a buscarlas cuando estamos con el agua al cuello.

Si desde la crisis petrolera de 1973, que fue el primer gran campanazo de alerta, se hubiera tomado conciencia de que los sedimentos de petróleo en el subsuelo terrestre tienen una capacidad limitada y por ende un tiempo limitado de existencia, además de que era una necedad el seguir produciendo vehículos y maquinarias movidas con derivados del petróleo, a estas alturas ya tuviéramos otro tipo de fuentes energéticas en funcionamiento y la dependencia del llamado oro negro no afectaría tanto al planeta.

Han podido más los voraces intereses de las grandes compañías que dominan los mercados mundiales en el campo petrolero y automotriz —por sólo mencionar dos de ellos— que el interés de los habitantes del planeta por tener energía barata y no sólo eso, sino energía limpia y no contaminante como la del petróleo. De las fuentes alternas de energía, ninguna de ellas ha sido lo suficientemente masificadas para volverlas efectivas y sean soluciones viables en el futuro de la humanidad. La crisis actual sin duda hará volver la mirada hacia ellas y un nuevo orden energético mundial está por aparecer, tarde pero seguro.

En lo que a Nicaragua respecta, es lamentable saber que el país con mayor energía potencial del área centroamericana es el que más desamparado está cuando le agarra esta crisis. Un país con suficientes ríos y yacimientos geotérmicos, donde se puede explotar además la energía solar y eólica como para cubrir el consumo interno y todavía con sobrante para venderle a países del área, no debería estar en ascuas y contra la pared a como está en estos momentos, a sabiendas de que el pago de todas nuestras exportaciones servirá solamente para pagar la factura petrolera. ¿Y cuando esa factura suba más de precio y no podamos pagarla? Ya podemos imaginar lo que nos espera.

Pero este punto es algo que no ha importado para nada a nuestros flamantes políticos y gobernantes, más prestos a satisfacer sus propias ambiciones de riqueza y poder que el bienestar de la población. Proyectos como Copalar que tenía por implementar el régimen de Somoza Debayle fueron tirados a la basura y lo que en su momento podría cubrir hasta el 70% de la energía que consumimos, hoy es triste recuerdo. Y es que crear de un día para otro la infraestructura para producción energética no es tan fácil, menos en un país donde hace falta de todo y, principalmente, el dinero para ejecutar las obras.

Resulta también lastimoso que un país como Costa Rica, con mínima capacidad hidroeléctrica a la par nuestra, cubra el 70 por ciento de sus necesidades energéticas con ella. ¿Y nosotros? Bien, gracias. Es mejor seguir en el pleito nuestro de cada día a como lo hemos hecho desde nuestra independencia y ante los problemas verdaderos que nos aquejan hacerse de la vista gorda. Un país con políticos de esa mentalidad no tiene ningún futuro.

Los apagones han ocurrido, contra viento y marea, en medio de los consabidos pleitos entre poderes estatales que ya nos tienen hartos a todos los nicaragüenses. En tanto, el comercio, turismo y vida normal del país tendrá que esperar no se sabe cuánto tiempo para poder levantarse del suelo en que nos tienen postrados los políticos y malos gobernantes del pasado, todo por falta de visión de Patria.

Quizá ésta era la campanada final que necesitaba la humanidad para reflexionar sobre su futuro energético no dependiente del petróleo. Pero quienes más necesitamos reflexionar sobre ello somos nosotros que estamos inmersos en un país rico en recursos, pero empobrecido por algunos malos hijos de esta tierra que es digna de mejor suerte.

El autor es periodista y abogado.

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