Ariel Montoya
Las marchas que la sociedad civil ha organizado en los últimos meses, en contra del amoral pacto libero sandinista, representan la gran respuesta histórica a la lucha a favor de la transparencia y la modernización institucional en los poderes del Estado. Son marchas ciudadanas, del pueblo, pacíficas y alegres, cobijadas con los colores azul y blanco, los de la Patria. Una nueva revolución se empolla en América.
Se trata de una nueva escenografía de la protesta callejera, la que hasta hace poco en el país ha sido tradicionalmente incendiaria y tendenciosamente arbitraria. Se trata, esta vez, de una cruzada que le está restituyendo al país renovados brotes de confianza ante la propia ciudadanía y ante el mundo.
Estas marchas de la sociedad civil, organizadas por el Movimiento Por Nicaragua, la Red por Nicaragua y el Comité de Enlace, llevadas a las tablas callejeras de Managua, Granada y Chinandega, por el contrario, transpiran civismo y e imaginería social en pie de lucha contra la avaricia política de dos partidos, el Liberal y el Sandinista, los que hoy por hoy tienen copado bajo la lupa de sus intereses a todos los poderes del Estado,a excepción del presidencial, para satisfacción de sus caudillos Arnoldo Alemán y Daniel Ortega, tercamente obcecados en la búsqueda del poder que ya tuvieron y al cual pretenden regresar.
Las condiciones para que la sociedad en su conjunto estableciera nuevas vías de protesta social, desde la participación ciudadana, la movilidad pacifista y la pérdida del miedo ante las tenazas de la violencia que por décadas han atemorizado a la población, ahora están dadas.
Es la voz de la razón colectiva que, sin necesariamente respaldar la gestión de Gobierno, coincide con éste en la necesidad de auspiciar espacios de continuidad en el trascendente cambio político iniciado con la Nueva Era. Es la más genuina expresión del descontento ante los atropellos que a diario se originan en el sistema Judicial, Electoral y Legislativo totalmente controlados por el FSLN y el PLC.
Jugar política sin comprar conciencias, no aspirar a la reelección ni al empoderamiento familiar en las instituciones del Estado, son algunos hechos contundentes del giro que tomó Nicaragua en pro de la consolidación democrática y el amañado tradicionalismo político, sin haberse volado siquiera un solo tiro y sin tanta alharaca retoricista de las conocidas en el pasado.
Estos hechos han abierto las puertas de par en par para la exteriorización cívica del debate social ante las inconformidades y reivindicaciones de la población, propiciando una era de cambios trascendentales sin violencia.
Es ahora la sociedad civil, representada por sus genuinos interlocutores: gentes sencillas, empresarios, jóvenes, profesionales, políticos decentes, amas de casa, intelectuales, artistas, estudiantes, campesinos, trabajadores y otros, la que reivindica la defensa y consolidación democrática.
Estos cambios referidos representan la victoria más digna y más grande del actual Gobierno, entre otras. Lo que supera con creces todos los laboratorios y procesos políticos anteriores, en sus afanes de renovación y modernidad. El surgimiento de estas marchas, con su agenda propia, sus retos y avatares, viene a ser la principal respuesta al actual régimen de transparencia, avasallado por las conspiraciones y las amenazas.
En efecto, ésta es una sociedad civil que no sólo ha experimentado la coincidencia en sus protestas, con las banderas de lucha de esta administración, sino que también se ha sentido protegida porque siente que la primera magistratura del Estado se ejerce con un liderazgo amparado en la responsabilidad democrática y la visión de nación.
El actual período presidencial, que ya trascendió por el carácter perseverante demostrado en la visión política de la Nueva Era dirigida por el presidente Bolaños, al trabar para siempre las aspiraciones del caudillismo y sus consecuentes indicios dictatoriales, marcó el precedente histórico que ningún otro proceso social había logrado llevar a cabo.
Este fenómeno social reciente de la revolución azul y blanca, incidirá con mayor fuerza en la consolidación de la transparencia, la abolición de la corrupción pública, la estabilidad macroeconómica, la integración regional “hoy día obstruidos por la Asamblea Nacional”, así como en la consolidación de una nueva clase política en Nicaragua, compuesta por una izquierda moderada y una derecha que no se avergüence de sus acciones.
Nicaragua, pese a la dictadura del pacto, está volviendo a ser República.
El autor es Secretario Privado del Presidente de la República.