Roman, Times, serif»>
Cuatro años de guerra terrorista mundial
Ayer se cumplió y conmemoró el cuarto aniversario de los ataques devastadores y genocidas contra las torres gemelas, en Nueva York, y el Pentágono, en Washington D.C., que marcaron el comienzo de la guerra terrorista mundial contra Estados Unidos, contra la civilización occidental y contra toda la humanidad no musulmana.
En realidad, el objetivo proclamado por Osama Bin laden y la red terrorista Al Qaeda, cuando desencadenaron la guerra terrorista mundial el 11 de septiembre del 2001, era poner de rodillas a Estados Unidos y a toda la civilización democrática occidental, pero también a los demás países que no profesan la fe musulmana.
Osama Bin laden y Al Qaeda han llamado a sus seguidores y simpatizantes —en cualquier lugar del planeta donde se encuentren— a matar sin piedad a los kuffar, palabra que significa “impíos” y con la cual los integristas islámicos denominan globalmente a los judíos, a los cristianos y a los hindúes, a quienes también han jurado exterminar porque los consideran politeístas y, por lo tanto, diabólicos.
Sin embargo, hasta ahora los terroristas islámicos no han pasado de ser una minoría de fanáticos desalmados. Es cierto que han logrado captar simpatías en algunos medios occidentales, que lamentablemente se dejan llevar por su fobia hacia Estados Unidos. Pero los terroristas islámicos no han obtenido apoyo efectivo ni siquiera entre las poblaciones musulmanas , aunque éstas tampoco los condenan de manera expresa, salvo en casos excepcionales.
Por supuesto que aunque son minoritarios inclusive en los países musulmanes, los terroristas, por su fanatismo y absoluta falta de escrúpulos han causado y pueden causar todavía terribles daños a la gente de los países a los que han declarado la guerra, particularmente a la población civil indefensa.
La guerra mundial del y contra el terrorismo es terrible y difícil, y al parecer está lejos de terminar. Sin embargo hay que destacar y reconocer como un gran éxito, que cuatro años después de la destrucción de las torres gemelas de Nueva York, y de la matanza de gente inocente que allí hicieron, los terroristas islámicos no han podido volver a perpetrar ataques de gran magnitud en el territorio estadounidense. Y a pesar de que en este tiempo montaron ataques espectaculares en España, Inglaterra y algunos países africanos y asiáticos, lo más relevante es que la guerra de los terroristas y contra ellos ha sido llevada lejos de los bastiones de la democracia y la civilización occidental, se está librando en Afganistán e Irak, específicamente, que es donde se encuentran sus principales guaridas y fortalezas.
Ciertamente, a pesar de las fuertes críticas que recibe aún en los mismos países occidentales —particularmente en Europa, que otra vez, como en los años del comienzo de la expansión del nazifascismo, ha enseñado sus tendencias a la claudicación y el acomodamiento con el enemigo—, Estados Unidos ha contragolpeado de manera contundente al terrorismo, en sus mismos centros de origen y poder. Y debe continuar golpeándolos.
Osama Bin Laden —si acaso vive todavía— ha sido obligado a refugiarse en las cuevas más profundas y recónditas de Afganistán o Paquistán. Las tiranías proterroristas del Talibán y de Saddam Hussein fueron derrocadas y en varios países musulmanes se han iniciado procesos de democratización, lentos y difíciles pero seguramente irreversibles. En Irak mismo, donde está concentrada la mayor fuerza del terrorismo islámico internacional, la democracia ha nacido y se está consolidando, se han celebrado las primeras elecciones libres de la historia iraquí, se han creado nuevas instituciones estatales —administrativas, políticas y de seguridad pública y exterior— basadas en principios y normas democráticos, e inclusive se ha adoptado una Constitución que contiene los mejores objetivos y las más legítimas aspiraciones de los pueblos árabe y kurdo de Irak.
Quienes reconocemos que la civilización occidental —cuyos pilares son la libertad, el sistema democrático de gobierno y los valores cristianos— es la cumbre más alta a la que el ser humano ha podido llegar, tenemos que congratularnos con el hecho incuestionable de que el integrismo islámico no ha podido avanzar, que se encuentra a la defensiva, que está condenado ineluctablemente a la derrota, de la misma manera e igual contundencia con la que fueron derrotados los totalitarismos nazifascista y comunista.