Eduardo Alfonso Castillo [email protected]
Después de la afirmación del Papa Benedicto XVI, acerca de las supuestas vocaciones sacerdotales en algunos países de Asia y África, usadas por algunos de trampolines para salir del anonimato social o para servirse o aprovecharse del pueblo, los insumos para la reflexión sobre el paradigma sacerdotal utilizado en nuestras diócesis encuentran en esta afirmación del Papa una referencia importante.
Aunque la identidad de los sacerdotes que tenemos o los que necesitamos no es tema de discernimiento en las comunidades, no es difícil saber o sentir si sus identidades encajan o no en la preocupación del Papa.
En nuestra Iglesia como en otras denominaciones cristianas, la elección o asignación de los pastores, sean éstos en el ámbito de una parroquia o en el de toda una diócesis, tiene una característica parecida a la de los padres biológicos: no los elegimos nosotros. Por tanto nos queda solamente amarlos, respetarlos, aprender de ellos y, por qué no, corregirlos e interceder por ellos frente a sus errores, cuidarlos y comprenderlos en su vejez.
La relación paterno-pastoral que a veces se establece entre un párroco y su comunidad es misteriosa y bien interesante. Muchos son los testimonios de pueblos, ciudades y países en los que se refleja aún con el tiempo el paso impresionante de un párroco o un obispo, que por su gestión, entrega y testimonio no sólo produce frutos visibles de conversión y compromiso cristiano en los fieles, sino también resultados de desarrollo social, psicológico, educativo y económico que obligatoriamente debe acompañar su trabajo pastoral y que mucho tiene que ver con los propósitos y sueños de Dios hacia sus hijos e hijas.
Sólo por citar un ejemplo traigo a la memoria la figura de Carlos Sancti, penúltimo obispo de Matagalpa y por mucho tiempo párroco de Ciudad Darío. Él, sus predecesores y sucesores al frente de la parroquia de Ciudad Darío, han dejado hasta la fecha no sólo obras visibles de progreso en esta ciudad sino también muchas historias, mucha devoción y mucho afecto de quienes los citan y los recuerdan todavía.
Hablando en primera persona recuerdo de forma entrañable las obras y la pastoral de los Misioneros del Sagrado Corazón por más de 20 años en Nandaime, de donde soy originario. Una buena cantidad de jóvenes de la zona urbana y rural del municipio se juntaba con buen ánimo alrededor de la pastoral que impulsaban estos religiosos amigos. Un modelo de parroquia que no se agotaba en el trabajo puramente sacramental sino que encontraba en este trabajo el insumo más importante para ir a las gentes y prolongar la celebración Eucarística a través de obras y acciones concretas en beneficio de todos los individuos de forma integral.
Después de estas experiencias y hasta la fecha, comprendí que la parroquia, como un centro de integración comunitaria, no tiene comparación con ningún otro. Apenas pude ver reductos del modelo preconciliar de Iglesia cuando era un niño y me tocó crecer ya en los modelos más cercanos y participativos que inspiró el Concilio Vaticano II. Un modelo donde la comunidad, de la mano de sus pastores, gira en torno a Cristo, cada quien con su ministerio propio dentro del círculo. Un modelo de pastores hermanos, cercanos y humanos, bajados del pedestal, de los altares y de los nichos, interesados en mí como persona, en mi crecimiento y en mi libertad interior y no solamente en el mero cumplimiento que tuviera o no de los ritos litúrgicos y de las prácticas sacramentales. Tengo que decir que esta actitud novedosa y cercana que trajo el concilio nos hizo encontrarle, seguramente junto conmigo también a una gran cantidad de gente que ya crecimos en estas generaciones, el verdadero sentido a la vida sacramental y en especial a la celebración eucarística.
Sin embargo, así como también sucede con los padres biológicos que no los escogemos nosotros, ni sabemos cómo ejercerán su paternidad o maternidad, así también nos sucede en el ámbito espiritual, donde el obispo o el párroco, aunque por fe decimos que nos llega como una gracia, a veces se convierte más bien en desgracia para la comunidad, en dependencia de la consecuencia o la inconsecuencia de su trabajo respecto a su misión evangelizadora. Peor si estas actitudes fuesen fomentadas consciente o inconscientemente en la propia “fábrica” de sacerdotes, en los seminarios, tal y como parece haber increpado el Papa.
La sentencia de Benedicto XVI toma importancia para la reflexión de la comunidad y para el compromiso que cada comunidad parroquial tiene en la conversión, en el crecimiento y en la salvación de sus propios pastores.
Si abriéramos por un momento un espacio para respondernos qué sacerdotes y qué pastores necesitamos, ¿qué diríamos? De una vez diría que el paradigma de sacerdotes y pastores que toda comunidad necesita es parecido —en la medida de lo posible— a ese Buen Pastor que se relata en el Evangelio de Juan: las llama a cada una por su nombre, camina delante de ellas, las conoce, las protege y lo mejor de todo, arriesga y da la vida por el rebaño. O pensaríamos en la imagen del Cristo de la última cena, humilde, lavando los pies de sus discípulos.
Curiosamente el relato bíblico también habla de un “asalariado”, es decir alguien que se encarga de las ovejas no por vocación, sino por un interés egoísta que a la postre le reporta una ganancia que, a la luz de nuestras realidades sociales, podría ser no sólo una ganancia económica sino también sicológica o emocional, sobre todo si el candidato trae tras de sí una historia no sanada de complejos, baja autoestima, rechazos o maltratos, lo cual puede ser muy probable conociendo las realidades familiares de nuestros jóvenes y adolescentes.
O terminan descargando las heridas sobre la comunidad o exagerando su protagonismo dentro de ella cerrando toda posibilidad de participación y opinión a los fieles. ¿Cuántos, en vez de ver compromiso en el camino sacerdotal prefieren sólo ver los privilegios que les trae? Estamos llenos de títulos honorables y medievales sin poder descubrir la responsabilidad y el compromiso de sus ministerios. La autoridad combinada con heridas mal sanas, es un peligro terrible para quienes estarán debajo de ella y al final hasta para el mismo que ejerce esta autoridad. Por otra parte, convertirse en mayordomo o ser condescendiente en todo hacia una figura de autoridad, sea la que sea, es una práctica que nada tiene que ver con la dignidad de un hijo de Dios ni con la libertad cristiana, más bien podría reflejar una gran falta de dignidad y en el peor de los casos hasta rayar en el abuso.
No sospechamos ni somos conscientes de lo que la intercesión y el testimonio de los fieles pueden ocasionar en nuestros propios pastores. La fe tiene exigencias que trascienden el comportamiento de un pastor, son exigencias enraizadas en el mensaje evangélico y que desde aquí se proyectan a toda la comunidad. Son exigencias que pueden llevarnos a disentir con un pastor en ámbitos fuera de lo teológico o lo doctrinal: por ejemplo en lo político, en lo jurídico, en lo económico, en las actitudes hacia los pobres y los ricos, o las actitudes frente a los poderosos y los débiles, frente a la corrupción entre otros aspectos propios de la vida ordinaria de la comunidad y en las que los laicos tenemos mayor responsabilidad. Son exigencias que nos pueden llevar sin temor incluso a corregirle de manera fraterna en algunas ocasiones, nos obligan a conocer las enseñanzas y la postura oficial de la Iglesia frente a estas cosas, como para identificar si la pastoral impulsada en las comunidades, es o no consecuente con estas enseñanzas. El amor a Iglesia ciertamente pasa por el amor a los pastores, pero no se agota aquí, lo trasciende y va más allá. Nos obliga a los fieles a convertirnos en pastores de nuestros propios pastores si es necesario cuando, delante de la Palabra del Señor y como fruto de un discernimiento responsable, en nuestras conciencias vemos que su conducta es inconsecuente con su ministerio y su misión.
Recuerdo un slogan que usaban estos Misioneros del Sagrado Corazón para definir su vocación: “Tener un corazón a la medida del Corazón de Cristo”. Así son los pastores que necesitamos y así debemos comprometernos a hacerlos y a tenerlos. ¿Qué más podríamos pedir? Midamos la cuota de responsabilidad y compromiso que toda la comunidad tenemos para hacerlos así y ayudarles a ser así.
El autor es miembro de Comunidad de Vida Cristiana-CVX.