¿Cambios en la Iglesia Católica nicaragüense?

Pablo Sanabria

El sacerdote Henri Nouwen ilustra con una anécdota personal como capellán a bordo de un barco alemán, el papel al que —a su juicio— ha sido relegada la Iglesia Católica. “La niebla era densa a tal punto que el piloto no podía ver la proa del barco. El capitán oía con cuidado las instrucciones de un operador de radar y explicaba su peligrosa ubicación en medio de otros dos barcos. Mientras iba de un lado a otro del puente, lleno de ansiedad, chocó con su capellán a quien maldijo y mandó que se mantuviera alejado. Pero —dice Nouwen— cuando estaba a punto de alejarme al último rincón del barco, sintiéndome incompetente y culpable, el capitán regresó y me dijo: “Mejor quédese cerca, tal vez ésta sea la única ocasión en que lo necesite”.

Nouwen argumenta que el papel de la Iglesia Católica en la sociedad moderna se ha reducido a lo estrictamente formal y ceremonial y que para todo lo demás se ha convertido en un estorbo. Para Rodney Clapp esto se debe a que la Iglesia Católica sigue ejerciendo funciones constantinianas en una época que ya no es la de Constantino. En otras palabras, la Iglesia Católica insiste en patrocinar el estatus quo —incluyendo al poder político— en vez de denunciarlo y de presentarse ella misma como una forma de vida alternativa. ¿Podemos anticipar cambios en la Iglesia Católica nicaragüense? Es posible.

La aceptación de la renuncia del cardenal Miguel Obando y Bravo al gobierno de la Arquidiócesis de Managua por parte del Vaticano, en abril pasado, podría apuntar en esa dirección. El nuevo Arzobispo de Managua, monseñor Leopoldo José Brenes —un hombre moderado y discreto— se ha mantenido prácticamente al margen de la efervescencia política. En 1991 fue nombrado obispo de la Diócesis de Matagalpa en donde estuvo concentrado principalmente en su función pastoral. Brenes contrasta, en este sentido, con el perfil altamente político y politizado del cardenal Obando y Bravo.

Por otro lado, la experiencia de la Iglesia Católica con el movimiento revolucionario nicaragüense desde los años sesenta y con los últimos gobiernos liberales, obliga a un replanteamiento de la relación entre religión y política y entre la Iglesia y el Estado. La Iglesia Católica ha sido fuertemente criticada por inmiscuirse excesivamente en cuestiones políticas. Se ha dicho de ella que ha priorizado las buenas relaciones con los gobernantes de turno y que ha permanecido ideológicamente sometida. Muchos católicos se quejan de que su Iglesia les ha descuidado y que carece de un proyecto pastoral social que responda a las necesidades de sus miembros.

Además, hay quienes, en parte, atribuyen a esto el hecho que la Iglesia Católica haya ido perdiendo su influencia, sobre todo en los sectores pobres de la población, los cuales buscan atención más directa y personal a sus necesidades espirituales en varias tradiciones protestantes y evangélicas que cada día aumentan el número de sus miembros y de sus edificios en el país. En efecto, la presencia o ausencia de la Iglesia en la vida cotidiana de las personas hace una gran diferencia en el entendimiento de su función, de la naturaleza de Dios y del Evangelio. Los nicaragüenses —decepcionados de la clase política corrupta y de las formas antropocéntricas de resolución de las necesidades fundamentales del ser humano— se vuelven a Dios en busca de consuelo y ésta es una buena oportunidad para plantear la necesidad de un cambio interno profundo.

Mientras no haya una recuperación de los valores cristianos en la sociedad, no podrá haber mandatarios honestos, sean éstos de izquierda o de derecha. Por lo tanto, en vez de absorber y patrocinar la cultura mayoritaria, la Iglesia debe presentarse a sí misma como una cultura alternativa, como una forma de vida y, desde allí, cuestionar las culturas deformantes del carácter y promover la creación de la nueva humanidad a la que Cristo aspira. Sólo así el mensaje cristiano puede tener vigencia y relevancia. Sólo así una Iglesia puede ir más allá de ejercer el oficio de capellán.

El autor es abogado.

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