Valor y trascendencia de los símbolos

José Joaquín Quadra [email protected]

El universo está lleno de símbolos. Desde hace más de 200 mil años los primeros hombres ya grababan extraños mensajes en las paredes de remotas cuevas en las costas de Sudáfrica. Posteriormente, ya más evolucionados, comenzarían a dejarnos signos más completos y más misteriosos (no solamente dibujos descriptivos) para que al interpretarlos pudiéramos incluso trascender y elevar nuestro espíritu. Por eso las diferentes religiones presentan un vasto sistema de simbolismos que han llegado a formar parte del “inconsciente colectivo de la humanidad”.

El cristianismo, por ejemplo, es riquísimo en su simbología. Así, el pez, el símbolo más universal y más usado del cristianismo se dibujaba para reconocerse secretamente entre ellos. Además era símbolo de fecundidad. La red significa pescador, pero pescador de hombres y también simboliza cómo todas las cosas están atadas entre sí. El cordero significa mansedumbre y pureza; es víctima y ofrenda.

Así también las prácticas alquimistas fueron posiblemente un punto culminante de la mentalidad simbológica dejando incluso catedrales repletas de símbolos y extraños grabados. Los alquimistas señalan un camino transformador y purificador mediante un proceso simbológico que buscaba la producción de oro como símbolo de iluminación y salvación. Toda esa fantasía que tanto ha atraído al hombre de convertir el plomo en oro, pasaba por eliminar las impurezas con el fuego, el azufre, la sal, etc., hasta llegar al reluciente y “transformado” metal que en el fondo no es más que nuestro propio espíritu.

Los masones, dignos herederos de los alquimistas, con el cincel, el martillo, la escuadra simbolizan la rectitud moral, la justa conducta, la igualdad, el esfuerzo.

Existen símbolos de todo tipo. Por ejemplo la espada simboliza la fuerza viril y la valentía, convertida en el poder que puede separar de un solo tajo el bien y el mal. Recordemos la espada que expulsa a Adán y Eva del paraíso terrenal. Pero es más importante la espada que nunca se desenvaina, porque representa la virtud de la templanza en el sentido de la ecuanimidad inconmovible.

O la campana, que simboliza alejar las desgracias, (como las campanitas de Sor María Romero); o el beso que ha sido expresión de entrega espiritual o veneración y sumisión (cuando se besaban los pies) o testimonio de reconciliación; o las manos, que según su posición por estar juntas o separadas pueden ser signo de amenaza, sumisión, meditación, oración, desacuerdo…

O la mariposa, que por su metamorfosis al pasar de huevo a oruga y a ninfa que participa de la rigidez de la muerte, renace como insecto alado de maravillosos colores simbolizando el alma que a pesar de la muerte no se destruye; o las máscaras que trataban de espantar y asustar a los malos espíritus pero que nos recuerdan a su vez que la vida es una ficción, una obra de teatro.

Y la hiedra, que al parecer “abrazarse” es símbolo de amistad y fidelidad. Antiguamente a los recién casados los halagaban con racimos de hiedra; y la miel, símbolo de dulzura y suavidad, paz y tranquilidad y el olivo que significaba luz y energía espiritual, purificación (con el aceite) y también conocimiento. Y el pelícano, hermoso símbolo del amor paterno y materno que no ahorra sacrificios porque llega a alimentar a sus hijos con su propia sangre para lo cual hiere su pecho con su propio pico. Y la lluvia, maravilloso símbolo de fecundidad, o las llaves signo de poder para abrir o cerrar, atar o desatar.

Y la golondrina, ave migratoria que siempre vuelve, es signo de la primavera y buen augurio. Y las cenizas que representan la muerte y la vanidad de las cosas, elemento purificador; y la balanza símbolo de equilibrio y medida. Y el camino, símbolo antiquísimo que señala al hombre como eterno peregrino.

Finalmente, he querido buscar un símbolo que pudiera expresar algo sobre nuestra idiosincrasia y nuestros valores para que las generaciones venideras pudieran recoger ese signo que en determinado momento de nuestra historia nos hizo trascender como pueblo. Se me hizo difícil. De repente visualizo los escombros de lo que 33 años después queda del último terremoto de Managua que parece representar un símbolo de la indolencia y transmitir una imagen de lástima y pesar incapaces de sobrellevar cargas pesadas. Y veo la política y los intereses mezquinos y veo el símbolo del egoísmo privando sobre los otros valores del ser humano. Y veo la miseria que aflige a nuestro pueblo y pienso que para muchos no importaría que sea la ignorancia nuestro símbolo más representativo.

Pero de repente reacciono y veo el rostro de la mujer nicaragüense, a esa madre soltera que tras recibir panzas y golpes, hace de padre y madre y que lucha contra todo obstáculo. En el campo con el machete, en los mercados con sus enormes canastos en la cabeza, en los semáforos, en las zonas francas, o eligiendo el destierro para mandar sus remesas familiares. Producto de la ignorancia y la falta de oportunidad visualizo a la mujer nicaragüense curtida por el sol y por el dolor; con sus pies cuarteados y sus manos gruesas, su cara tosca y triste, cansada y casi abatida pero dispuesta a seguir luchando, sobrada de valor y de coraje, bella, incomparablemente bella.

Sí, sería un símbolo hermoso de nuestra nicaraguanidad. Comencemos a reconocérselo en nuestro diario vivir brindándole mayores oportunidades. Distingamos a la mujer en nuestros hogares, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestra relación cotidiana más simple y sencilla. Hagamos de ella un símbolo verdadero.

El autor es abogado.

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