Humberto Belli Pereira
Me sorprendí cuando el inversionista que tenía enfrente me preguntó sobre la oferta de recursos humanos de Nicaragua. “Para la primera fase de nuestra planta —me dijo— necesitamos 70 profesionales plenamente bilingües, predominantemente en el área de ingeniería, química, y administración, y 300 técnicos medios, también bilingües”. Mi interlocutor representaba un grupo de textileros norteamericanos que, animados por el DR-Cafta, quieren abrir una megafábrica local. Mi sorpresa fue mayor cuando en el transcurso de la reunión descubrí que existe una lista de inversionistas extranjeros, cuyos posibles proyectos en Nicaragua superan los 860 millones de dólares.
El problema para muchos de estos inversionistas potenciales es que no encuentran los recursos humanos calificados que necesitan. En un momento de la reunión sugerí que hiciésemos una encuesta para estimar la demanda de profesionales y técnicos que está causando los nuevos escenarios, pero uno me corrigió: “Nuestra demanda depende de los que ustedes tengan. Dígannos ustedes qué clase de recursos humanos puede ofertar su país a corto o mediano plazo, y nosotros les diremos cuáles pueden ser los montos de nuestras inversiones”.
La ecuación es simple: a más recursos humanos capacitados mayores serán las inversiones que podamos atraer y, en consecuencia, el nivel de empleo y prosperidad que pueda gozar Nicaragua. Esto lo olvidamos cuando nos concentramos exclusivamente en factores indiscutiblemente importantes como la estabilidad política y la seguridad jurídica. Ambas son indispensables para atraer la inversión. Pero no son suficientes.
En la década de los noventa INTEL, fabricante de micro-chips, escogió a Costa Rica para abrir una de sus plantas. Ésta exporta hoy más de mil millones de dólares, es decir, más que todas las exportaciones de Nicaragua juntas, y ha creado empleo para aproximadamente 30 mil personas. Cuando le preguntaron al presidente de INTEL por qué habían escogido Costa Rica, éste señaló como primer factor la calidad de su educación. Los ticos tienen los mejores niveles de matemáticas, entre los bachilleres centroamericanos, y la proporción más alta de ingenieros.
¿Qué podemos hacer en Nicaragua para ofertar la clase de recursos humanos que nos permita captar la inversión extranjera y salir de la pobreza? Hay cuatro líneas seguras: una es el fortalecimiento de la enseñanza de matemáticas en primaria y secundaria. Las matemáticas, como me expresó el doctor Ernesto Fernández Holmann, son un lenguaje que contribuye al desarrollo del raciocinio abstracto y a revolver problemas cuantificables. Enseñadas con la didáctica moderna pueden volverse más atractivas. Otra es la expansión de las carreras técnicas medias y el fortalecimiento de las ingenierías. Nicaragua tiene demasiados licenciados clásicos y muy pocos técnicos. Hay que invertir esta relación.
En tercer lugar es preciso priorizar el inglés. Los ingenieros, los técnicos y los profesionales que aprenden inglés suelen doblar su valor de mercado y sus posibilidades de encontrar empleo. Se estima que a consecuencia del DR-Cafta podrán crearse más de 60 mil nuevas plazas de trabajo en la industria textil, y que un buen porcentaje de las mismas será para rangos profesionales medios y altos. Pero muchos de los empleadores de esta industria demandarán habilidades bilingües. Ante este reto las universidades del CNU podrían considerar el redirigir parte de los fondos que reciben hacia la capacitación bilingüe de sus egresados, especialmente aquéllos en las ramas de ingeniería. El beneficio para éstos y para el país sería enorme.
Tener muchos bachilleres bilingües puede contribuir también a que prosperen en Nicaragua los “call centers” o centros de llamadas telefónicas. Esta industria, que hoy constituye un creador de empleo asombroso en la India, nación angloparlante, tendría en Nicaragua tres ventajas comparativas: Cercanía a los Estados Unidos, zona horaria similar, y mayor afinidad cultural. Actualmente estos centros pagan localmente entre 400 y 600 dólares mensuales.
Cuarto, pero no menos importante, es priorizar la educación en valores. Las personas con ética, habituadas al orden, la disciplina, el cumplimiento, la veracidad, la diligencia y otras virtudes básicas, obtienen y retienen mejores trabajos, son más felices y contribuyen más a la prosperidad general. No hay mejor recurso humano que el individuo ético y virtuoso. Una agenda educativa rica en los ingredientes antes mencionados es clave para que nuestro país sea el lugar que todos anhelamos.
Nuestro reto es encontrar formas creativas para que esto ocurra.
El autor es rector de Ave María College of the Americas