María Clara OspinaAIPE
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Malos amores
María Clara Ospina
AIPE
BOGOTÁ.— Las cárceles están llenas de mujeres condenadas por crímenes cometidos por amor. Durante mis años como cónsul de Colombia en Miami tuve oportunidad de conocer la historia de muchas de las colombianas que pagaban condenas en la Florida por tráfico de drogas. La mayoría de ellas habían sido capturadas en el aeropuerto de Miami con su estómago lleno de bolsitas de cocaína, “mulas” a instancia de un hombre al que amaban.
No sé cuántas veces oí las consabidas frases: “Necesitábamos la plata para comprar una casita”, “Él me dijo que si lo hacía, con los dolarcitos ganados después del viaje nos casaríamos”.
Para muchas era la prueba de amor que sus hombres le exigían. “¡Es lo mínimo que puedes hacer por mí, es muy fácil, no te va a pasar nada!”.
Para sorpresa de estas mujeres, muchos de estos “adorados” amantes desaparecían una vez enterados de que ellas habían sido capturadas. Nunca se volvía a saber de ellos y, si alguien los encontraba, negaban enfáticamente haberlas conocido. En muchos casos son estos hombres los que entregan a las cándidas enamoradas para, por otro lado, entrar cargamentos más grandes.
No es raro que en un avión vayan varias “mulas” embaucadas por el mismo galán. Conocí el caso de tres jovencitas que se encontraron en la cárcel e incrédulas, comprobaron que el enamorado, quien todo les había prometido, era el mismo hombre y lo habían conocido en la misma discoteca. Una de ellas, embarazada del famoso galán, después de tener a su hijo esposada a la mesa de partos de un hospital público, no volvió a verlo, pues el bebé fue entregado a un hogar provisional hasta que ella cumplió su condena, años después. ¡Cuánto dolor! ¡Los malos amores son malos consejeros!
Recuerdo con tristeza el caso de un padre y una madre que sirvieron como “mulas” para poder financiar las diálisis de su pequeño de 3 años. El padre había convencido a la madre de que esa era la única manera de obtener el dinero. La pareja fue capturada en el aeropuerto. Ambos tenían en su estómago más de los 500 gramos de cocaína, cantidad por la que fueron condenados a cinco años ella y a 10 él. A pedido de sus familiares en Colombia, el consulado intervino para que les entregaran los dos hijos, que habían entrado con ellos a la Florida, el enfermito y uno de 7 años. La pena de la madre era inconmensurable. No se cansaba de repetirme: “Lo hice por amor, tenía que salvar a mi pequeño, ¡fue por amor!” Aún me entristezco al recordar el día en que la juez de familia me entregó a los pequeños y los llevé a la cárcel para que, en media hora, se despidieran de ella antes de tomar el avión de regreso a Colombia. El pequeño murió a los pocos meses sin volver a ver a sus padres. No me cabe la menor duda de que fue por amor que actuó esta desesperada madre, sin pensar en las desastrosas consecuencias de su acto.
Las mujeres enamoradas pierden la capacidad de discernir. Parece ser que el amor les anula la inteligencia. Muchas veces no es amor, es simple miedo a las amenazas que reciben del supuesto enamorado. O, como en el caso de la madre, es un amor que no encuentra otra solución a su angustia y pobreza.
Repito, tristemente las cárceles están llenas de mujeres que han delinquido por amor.
La autora fue Cónsul de Colombia en Miami.
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