Los “guelfos” y los “gibelinos”, hoy

Pbro. Rafael Ibarguren*

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Los “guelfos” y los “gibelinos”, hoy


Pbro. Rafael Ibarguren*




Allá por los siglos XII, XIII y XIV, dos tendencias con implicancias religioso-políticas se enfrentaron en guerras sin fin en la Italia pre-renacentista: los guelfos y los gibelinos. Estos últimos pugnaban por el sometimiento del Papa al emperador y por un velado imperialismo que ambicionaba una monarquía universal; mientras que los guelfos querían la concordia entre los poderes espiritual y temporal, siendo partidarios de los derechos de la religión y de las libertades del pueblo.

Como se ve, son concepciones opuestas, cuya repercusión llega hasta nuestros días, atravesando los siglos.

Hoy, cuando la Europa oficial ya no quiere ser más un conjunto de países nacidos de la savia de la Iglesia, tan orgánicamente diferenciados, e intenta la aventura de fusionarse (cultura, fronteras, moneda, política) renunciando a sus raíces cristianas, es claro que la opción “gibelina” tiene los derechos de ciudadanía en el Viejo Continente al punto de sofocar a la “guelfa”, ya casi sin expresión. Las leyes, costumbres e instituciones de la Europa de hoy ¡cuán diferentes son de las de los tiempos de la civilización cristiana!

Puse las palabras guelfo y gibelino entre comillas, pues en realidad se trata de un neologismo. Es claro que al aplicar esos términos al contexto actual, no me refiero al caso episódico de aquellas guerras pasadas, más a la mentalidad que, a pesar del tiempo y del espacio, campea por diversas partes del mundo con palpitante vigencia.

Así, podemos decir que hasta en nuestros países latinoamericanos, donde poco cuajó este tipo de enfrentamientos, hay también embanderados de ambos campos. En términos actualizados, los llamaríamos sencillamente “cristianos” y “laicistas”: los que cuentan con Dios serían los guelfos de otrora y los que prescinden de Él o lo combaten, los gibelinos.

Lejos de mí de simplificar las cosas al punto de reducir todo el accionar de nuestra conducta a esos estereotipos. Más, la coherencia de posiciones lleva forzosamente a reconocer o a renegar la primacía de Dios y de su Evangelio en los más variados campos de la vida: la moral, la cultura, el arte, la política, la economía, etc.

La concepción “cristiana” considera que la religión no debe estar circunscripta a las cuatro paredes internas del templo parroquial, ni tan sólo los días domingo. Cuando esto sucede, la moral se relativiza, la vida pública se corrompe, la política se vicia, las leyes se tornan intolerables y las libertades y los derechos no son más que un sueño utópico. Es la hora de los sin Dios.

A propósito, quiero citar un luminoso pronunciamiento reciente de Benedicto XVI, cuando visitó al Presidente italiano en el palacio del Quirinal. Con palabras llenas de moderación y objetividad, el Papa recordó que las relaciones entre la Iglesia y el Estado italiano se basan en el principio del Concilio Vaticano II que establece que la comunidad política y la Iglesia son autónomas e independientes. “Ambas, aunque a título diverso, están al servicio de la vocación personal y social de las mismas personas humanas”, dijo. “Por tanto —continuó— es legítimo un sano laicismo del Estado en virtud del cual las realidades temporales se rijan según sus propias normas, sin excluir las referencias éticas que encuentran sus cimientos en la religión”.

Benedicto XVI instó además a que el pueblo italiano “no sólo no reniegue de la herencia cristiana que forma parte de su historia, sino que la custodie celosamente y la lleve a producir aún frutos dignos del pasado”. (EFE, 26/06/05).

En nuestro país, la Conferencia Episcopal de Nicaragua acaba de sacar un “Mensaje a todos los nicaragüenses de buena voluntad” en el que aborda temas de interés público a la luz del Evangelio: la búsqueda del bien común, concepción orgánica de la vida social, la solidaridad, llamado a los actores políticos. En un párrafo dice el documento: “La Iglesia tiene la misión de dirigir a los hombres y mujeres a su eterna salvación; tiene el derecho y el deber de darles los medios y orientaciones oportunas, parta que con ellas los hombres puedan cumplir sus tareas temporales. Estas orientaciones son de carácter moral y de raíz evangélica”.

Y si para algún lector superficial las referencias pontificia y episcopal no bastasen, le sugiero que se atenga al texto evangélico: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se dará por añadidura” (Mt. 6, 33).

A menudo exigimos la añadidura sin procurar antes el Reino de Dios. ¡Comencemos por el comienzo, pues!

* El autor es sacerdote, miembro de la Asociación de Derecho Pontificio, Heraldos del Evangelio.

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