La desdicha de los pueblos

Edmundo Dávila Castelló[email protected]

“El mejor gobierno es el que se nota menos”.
(Alfred de Vigny)

La felicidad, el estado más deseable del hombre en la Tierra, siempre se verá afectada negativamente por causas externas que producen dolor y pesadumbre, entre las cuales podemos citar: a) la agresión de los mismos semejantes; b) los daños producidos por los fenómenos adversos de la naturaleza y c) las enfermedades y la muerte.

Nuestros “semejantes”, los malos políticos que dirigen cualquier país pobre y subdesarrollado, son los artífices de la infelicidad de sus propios conciudadanos, por las acciones repudiables que cometen en su contra, acarreando miseria moral y material, trauma y fracaso a los gobernados. Mencionemos brevemente algunos casos:

Las dictaduras férreas y opresivas. La libertad, la justicia y la misma felicidad, son derechos inalienables, sin los cuales el hombre no puede cumplir con su misión en la vida ni desarrollarse plenamente. En los regímenes dictatoriales estos derechos son violentamente conculcados, imponiéndose el temor, la tensión e inseguridad entre la ciudadanía, los deseos de escapar hacia la libertad y desligarse de las ataduras y el sometimiento, peor aún, si la dictadura conlleva total descalabro económico y social.

Los regímenes ineptos para gobernar. Este tipo de gobierno —que comúnmente se presenta en una democracia—, por su falta de talento para la política y la administración pública, es de lo más nefasto para la población; su incapacidad se ve reflejada desde un comienzo, en la pobre y estancada economía del país, que nunca despega, en la falta de infraestructura y obras de progreso y en la ausencia notoria y permanente de desarrollo humano. Los gobernantes inútiles sólo dejan saldos negativos para el país, aunque reciban durante su gestión cuantiosos salarios, préstamos y donaciones internacionales, para no incluir las exorbitantes “pensiones vitalicias” que luego se les pudiese asignar.

Los gobiernos ineptos se convierten en propagadores del “mal común”, por su negligencia, limitación y falta de creatividad e iniciativa en beneficio del pueblo. Si no existe un crecimiento económico sostenido y un progreso gradual evidente, surgen las grandes plagas de la pobreza y la desocupación, fuentes de malestar y afrenta para la mayoría de los habitantes de un país desgobernado, el cual se proyecta parasitario e infructuoso a nivel mundial, como una onerosa carga para los países desarrollados.

Los gobiernos incapacitados y corruptos. Si a la ostensible ineficiencia de un gobierno, agregamos la corrupción del mismo, la situación general de un pueblo se torna humillante e intolerable. La corrupción en sumo grado es un genocidio económico, porque rebaja a niveles indignos la vida de los ciudadanos, acarreando pobreza extrema, ignorancia, enfermedades y la muerte prematura de niños y adultos.

Este tipo de gobierno y sus aberrados dirigentes se dedican a satisfacer su prepotencia, ansias de poder y afán de lucro, con menosprecio del pueblo que los eligió. Tales patologías políticas desvirtúan totalmente el concepto de estado facilitador y orientador del bien común.

Eventos aparentemente incontrolables, como los fenómenos destructivos de la naturaleza —terremotos e inundaciones—, las enfermedades y hasta la misma muerte, son imputables, en mayor o menor grado, a los malos o improvisados políticos, ya que por su irresponsable actitud hacia los gobernados no guardan las necesarias y diligentes medidas de precaución y seguridad para proteger a los ciudadanos de tales amenazas.

La combinación o continuidad de estos gobiernos retrógrados conduce inevitablemente al desastre de cualquier país subdesarrollado. He aquí algunas causas que pueden explicar estas situaciones:

a) que el país carezca de líderes honestos, talentosos y bien intencionados.

b) que el pueblo no sepa elegir a sus dirigentes.

c) que gobiernen el país aquéllos que la mayoría del pueblo no eligió (un partido hegemónico y poderoso), presentándose serios conflictos, desorden e ingobernabilidad permanente.

d) que el pueblo se encuentre siempre “dormido” y nunca reaccione, protestando ante los malos gobiernos en forma enérgica, beligerante y efectiva.

e) que tanto el país como sus pobladores hayan heredado algún “karma colectivo” por sus graves errores u omisiones cometidos en un turbulento pasado que no pueden disolver y por ello todo resulte siempre enfermizo y desafortunado.

En suma, los malos dirigentes de cualquier ideología son responsables en alto grado, de todo lo peor, de todo lo inicuo, de todo lo absurdo y desesperanzador, de la tristeza y la frustración, de la pérdida del sentido y del propósito de la vida de la gran mayoría de sus inermes gobernados. “Por sus frutos los conoceréis”.

El autor es Ingeniero Estructural.

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