Alberto L. Alemán Aguirre
La similitud asombrosa de los atentados de ayer en Londres con los de hace dos semanas, es absolutamente evidente y todo indica que es la obra del mismo grupo de terroristas, aunque las autoridades no lo hayan confirmado, debiendo aún éstas enhebrar todos los hilos del 7 de julio.
El patrón es el mismo. Pequeñas cargas explosivas que explotan sincronizadamente en el metro y en autobuses, en horas de intenso movimiento. Con recursos modestos técnicamente, se trata de producir el mayor número de muertos y heridos, dar un espectacular golpe político y psicológico.
Hace dos semanas, las bombas estallaron un día después que el Reino Unido ganara la sede de los Juegos Olímpicos de 2012 y en el primer día de sesiones de la cumbre del G8.
Ayer, el primer ministro Tony Blair recibía a su homólogo australiano, John Howard, un aliado en Irak. Se cumplían dos semanas de los atentados del 7 de julio (7-J) y un siniestro mensaje ha sido reiterado a una metrópolis que parecía haber retomado la vida normal.
Profundamente admirable es la reacción y el comportamiento de los británicos tanto el 7-J como el 14-J. Han hecho honor a la proverbial y legendaria flema que se les atribuye. Usaron de nuevo el sistema de transporte, marcharon y desafiaron al terror: “We are not afraid”. No tenemos miedo.
A la luz de lo ocurrido, sin embargo, se hace necesaria una reevaluación mundial de la lucha contra el terrorismo, de las estrategias y métodos usados.
Ineludiblemente, esto nos conduce a preguntarnos sobre las consecuencias y efectos de la guerra en Irak.
Desde luego, Blair niega que la intervención británica en Irak junto a Estados Unidos tenga una relación directa. Los atribuye a la ideología malvada de asesinos que son a la vez fanáticos religiosos que odian a Occidente y a la democracia.
No queda ninguna duda de que estos terroristas que invocan una religión tan noble y elevada como es el Islam, son en realidad criminales sanguinarios capaces de las peores atrocidades y de matar a inocentes hermanos de su fe, como sucedió en Londres. El terrorismo de cualquier forma y motivo es absolutamente inaceptable.
También no es difícil comprender al señor Blair. La guerra en Irak fue siempre impopular en Gran Bretaña, las armas de destrucción masiva que sirvieron de argumento principal no existen, la prensa británica reveló documentos que cuestionaron la decisión de invadir, y si fue reelecto, fue gracias a la economía y a la falta de opciones atractivas en la oposición.
Lo sabe y políticamente le sería embarazoso admitir que Irak tiene algo que ver.
Creo que independientemente de que si hubiese habido o no una invasión anglo-estadounidense en Irak, el Reino Unido y EE.UU. siempre habrían sido y serían un objetivo del terrorismo islámico. Allí tienen razón Blair y el presidente George W. Bush.
Sin embargo, los hechos que conocemos en los últimos dos años inducen a concluir que los resultados o efectos de la guerra en Irak más bien han sido contraproducentes.
El año pasado, el prestigioso Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres (IISS) informó en su reporte mundial anual que la guerra en Irak favoreció el reclutamiento de nuevos agentes en el mundo árabe por la red Al Qaeda.
Ésta se ha descentralizado y se ha vuelto más ágil, con grupos pequeños con mayor independencia operativa, como los responsables de los ataques de Madrid, y posiblemente, los del 7-J. Una nueva generación, muchos nacidos y criados en sociedades occidentales —como los paquistaníes suicidas de Londres— actúa ya. Además, la invasión ha aumentado la inconformidad de los musulmanes con EE.UU. Todo esto está en el reporte del IISS.
El lunes pasado, dos expertos británicos en terrorismo de la Universidad de Southampton y de la Universidad de St Andrews, en Escocia, dieron a conocer un informe crítico. Subraya la vulnerabilidad de Gran Bretaña por su presencia al lado de EE.UU. en Irak y Afganistán.
“Gran Bretaña corre un riesgo particular debido a que este país es el aliado más cercano de Estados Unidos en la invasión de Irak y Afganistán”, subraya el informe de Chatham House, conocido antes como el Instituto Real De Asuntos Internacionales (RIIA), según citan las agencias de prensa. El documento también estima que la guerra en Irak ha contribuido a fortalecer a Al Qaeda.
La insurgencia en Irak es “eficaz, flexible e intenta realizar ataques”, admitió el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld. Ayer The New York Times publicaba que las fuerzas armadas iraquíes no tiene capacidad de combatir solas a los insurgentes. Y mientras ello no suceda, las tropas estadounidenses no saldrán. Irak es una pesadilla que no acaba.
Miles de nicaragüenses viven en EE.UU. Somos pasajeros del transporte mundial. Enviamos tropas a Irak. Centroamérica podría ser usada por elementos terroristas. A nosotros también debe interesarnos una profunda reflexión sobre la lucha mundial contra esta terrible amenaza.