Pablo Sanabria
Hoy se cumplen 26 años del triunfo de la revolución sandinista y esa distancia temporal nos permite evaluar con mayor lucidez este fenómeno político-social. Aquellos eran días de euforia, de romanticismo, de optimismo y confianza en el progreso y en la bondad humana, de fe. Los dirigentes revolucionarios pregonaban el proyecto de creación del hombre nuevo y de la nueva sociedad sobre la base de la filosofía marxista. “El ser social determina la conciencia social. Si las condiciones materiales del ser humano cambian, también cambiará su conciencia social”. El hombre nuevo sería el resultado del cambio de su entorno y los revolucionarios serían los paradigmas que se sacrificarían en aras del pueblo, “que sólo reclamarían un pedazo de tierra para ser enterrados”, que renunciarían a su propio bienestar y comodidad para que las masas populares tuvieran acceso a la educación, a la salud, al trabajo digno. La nueva sociedad pasaba por la lucha de clases, la eliminación progresiva de la burguesía, de la propiedad privada y del Estado. En la universidad, los miembros de Juventud Sandinista —convencidos de la sinceridad de sus dirigentes y con una conciencia misional casi fanática— trataban de convertir a los incrédulos que, como yo, todavía no estábamos “integrados al proceso”.
La conversión a una ideología a favor de los pobres era atractiva. Apelaba a la religión cristiana tan arraigada en el alma del nicaragüense; al idealismo que todo hombre alberga en el corazón, especialmente en la juventud y, en general, a la sensibilidad humana ante la injusticia, la miseria y la soledad que el capitalismo sin controles va dejando a su paso. Arthur Koestler, compartiendo su experiencia con el comunismo europeo, dice: “Yo fui convertido porque estaba maduro para ello y porque vivía en una sociedad en descomposición, que anhela desesperadamente una fe”. Por razones similares, la revolución encontró muchos corazones dispuestos a creer y a soñar y el Frente Sandinista, como agrupación política, logró unificar a las fuerzas democráticas que derrocaron al régimen de Anastasio Somoza y de la misma manera, después del triunfo, creó alrededor de sí un amplio círculo de apoyo entre los diferentes sectores sociales.
La realización de esta nueva sociedad y del hombre nuevo se ubicaba en un futuro indefinido pero cierto. Un día cualquiera, después de mucho esfuerzo y sacrificio, llegaría el nuevo amanecer y, de pronto, todos caminaríamos sobre las calles de oro de la nueva Jerusalén. Era nada más cuestión de tiempo. Mientras tanto había que cortar “el rojito” y el algodón y la caña de azúcar, y también alfabetizar y ser parte de las organizaciones comunitarias, como los Comités de Defensa Sandinista (CDS), “ojos y oídos de la revolución”. Había que prepararse para rechazar la inevitable contrarrevolución que trataría de imponer otra vez un sistema de abuso y de terror.
¡Modernistas ilusos! ¿En qué momento de la historia hubo tal paraíso sobre la tierra? ¿Cuándo existió ese hombre nuevo impermeable a los atractivos del poder político y económico? Una vez entronados, los dirigentes revolucionarios amaron el lujo y el mando y de ahí en adelante, el proyecto revolucionario fue un mero cuento de hadas. Así surgió la clase revolucionaria rica que hoy día vive en mansiones y se moviliza en vehículos lujosos. Los pobres siguieron abajo, sólo que más empobrecidos que antes porque les habían matado la esperanza que albergaban en el corazón.
La nueva clase revolucionaria disfrutaba ahora de todas las exuberancias y privilegios que antes condenaba en sus antiguos enemigos. Los europeos habían pasado por esta misma decepción hacía más de medio siglo. Después que André Gide regresó de su visita a Rusia, dijo: “Mi aventura soviética tomó un cariz trágico; llegué a Rusia como un discípulo convencido, dispuesto a admirar un nuevo orden, y se me intentó ganar con todas las ventajas y privilegios que yo aborrecía del viejo orden”.
Veintiséis años después, el proyecto del hombre nuevo y de la nueva sociedad no sólo ha sido abandonado sino que ha ocurrido algo peor: los antiguos enemigos de clase —sandinistas y liberales— han reconciliado sus diferencias y comparten el poder político, comen en el mismo plato, amenazan con cárcel a los que se oponen y derrochan recursos que los trabajadores pagan con sudor y sangre. Mientras tanto, el pueblo aguanta estoicamente y escucha de lejos el festín de sus antiguos dirigentes. El proyecto revolucionario fue, en palabras de Arthur Koestler, la invención de un “dios que no lo era”.
El autor es Abogado.