Pedro Solórzano Castillo
El pacto libero-sandinista comenzó en el 2000, cuando Daniel Ortega y Arnoldo Alemán decidieron pasarme la raya para mandarme a vivir a El Crucero, e inhibirme de participar como candidato para la Alcaldía de Managua.
En realidad, diría que la raya continúa vigente, ya que sigue siendo la frontera entre los corruptos y los que queremos el bienestar del país.
En aquella oportunidad denuncié lo que me estaba ocurriendo y entonces recibí el respaldo de mi familia, de mis carretoneros, del entonces vicepresidente Enrique Bolaños, quien me advirtió de la maldad que fraguaban en mi contra, y de la valiente Darling Avellán, entonces funcionaria del Ineter.
Denuncié el atropello del que estaba siendo objeto, no sólo porque en ese momento se estaban violando mis derechos de ciudadano, sino también porque me di cuenta que Ortega y Alemán estaban amarrando algo más grande y peligroso contra la naciente democracia pinolera.
Cuando denuncié lo que estaba ocurriendo muy pocas voces se levantaron en mi apoyo, porque no creían que algo tan sucio y tan bajo pudiera ocurrir.
Entendí que la alianza entre Daniel Ortega y Arnoldo Alemán estaba dando vida a lo que hoy conocemos como “el pacto”, y comprendí que esos dos señores usarían toda la maldad de sus mentes y corazones para apartar del camino a quienes representaran un peligro en sus intenciones de dominar el escenario político, y en sus intenciones de saquear las arcas del país. Al respecto en cierta oportunidad recibí un mensaje por correo electrónico, de un amigo, quien me adjuntó una sabia fábula que hoy quiero compartir con ustedes:
Un ratón, mirando por un agujero en la pared ve a un finquero y su esposa que están abriendo un paquete.
El ratón pensó acerca de qué tipo de comida podría haber ahí. Pero quedó aterrorizado cuando descubrió que era una trampa para ratones. Y fue corriendo al patio de la finca para advertir a todos: “¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera en la casa!”
La gallina levantó la cabeza y dijo: “Discúlpeme señor ratón. Yo entiendo que es un problema para usted, pero a mí no me perjudica en nada”.
Entonces el ratón fue hasta donde estaba el cordero y le dijo: “¡Hay una ratonera en la casa, una ratonera!” Y el cordero le replicó: “Discúlpeme señor ratón, más no hay nada que yo pueda hacer. Pero quédese tranquilo que lo recordaré en mis oraciones”.
El ratón se dirigió a la vaca, y ésta le dijo: “¿Pero, acaso estoy en peligro yo? Pienso que no”, se respondió la vaca a sí misma”.
Entonces el ratón volvió a la casa, preocupado y abatido, para encarar a la ratonera del finquero. Aquella noche se oyó un gran ruido, como el de una ratonera atrapando a su víctima. La mujer del finquero corrió para ver lo que había atrapado.
En la oscuridad ella no vio que la ratonera atrapó la cola de una serpiente y la serpiente picó a la mujer. El finquero la llevó al hospital y ella regresó con fiebre. Para bajar la fiebre, nada mejor que una sopa de gallina. El finquero agarró su cuchillo y fue a buscar a la gallina.
Como la enfermedad de la mujer continuaba, los amigos y vecinos fueron a visitarla. Para alimentarlos el finquero mató al cordero. La mujer no mejoró y acabó muriendo. El finquero entonces vendió la vaca al matadero para cubrir los gastos del funeral…
La moraleja es: “La próxima vez que escuches que alguien tiene un problema y creas que como no es tuyo no le prestas atención… piénsalo dos veces”.
Ahora comprendo que el mundo no anda mal por la maldad de los malos, sino por la apatía de los buenos, y por esa razón creo que el que no vive para servir no sirve para vivir.
El autor es Ministrode Transporte e Infraestructurade Nicaragua.