¿Un remedio peor que la enfermedad?

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¿Un remedio peor que la enfermedad?





La popularidad del dicho acerca de que a veces el remedio resulta peor que la enfermedad, indica que con frecuencia se empeora más bien un problema, al tratar de resolverlo aplicándole una solución incorrecta. Y éste podría ser el caso de la veda forestal general que se pretende imponer mediante ley dictada por la Asamblea Nacional, con el propósito de impedir que se sigan destruyendo los bosques.

En realidad, el error de esta medida podría ser —como alegan los madereros profesionales respaldados por instituciones gubernamentales que tienen que ver con el asunto— que se castigaría a quienes explotan ese recurso natural de manera racional y en el marco de la ley, y se mandaría al desempleo a miles de personas que viven honradamente de ese negocio, pero seguirían actuando impunemente las mafias forestales que cortan los árboles de manera indiscriminada e ilegal y de hecho actúan como organizaciones criminales. Además, la veda forestal no ataca el grave problema de la expansión de la frontera agrícola, que es el eje principal de la brutal destrucción que sufren las áreas boscosas de Nicaragua.

Sin dudas que la desaparición de los bosques es un grave problema nacional. A estas alturas del tiempo nadie puede desconocer la función vital que desempeñan los árboles, y que su desaparición representa una grave amenaza contra la existencia misma del género humano.

Desde en la escuela primaria se aprende que los árboles son fuente de vida, que constituyen el pulmón natural de la Tierra, que proveen oxígeno y agua potable y que forman ecosistemas en los que radica el primer eslabón de la cadena natural alimenticia. Ahora es fácil saber que los bosques mantienen la temperatura en la Tierra, que producen oxígeno, que regulan las precipitaciones lluviosas y que aseguran la existencia de agua consumible por los seres humanos, que sirven de hábitat y refugio de la fauna silvestre, que absorben la luz ultravioleta excesiva, etc.

Sin embargo cada año, según cifras conocidas de las Naciones Unidas, la gente quema o corta alrededor de 143 mil kilómetros cuadrados de bosques. Entre el 22 y el 47 por ciento de las áreas boscosas que quedan en el planeta están en riesgo de extinción. La selva amazónica, que es literalmente hablando uno de los grandes pulmones de la Tierra, está desapareciendo poco a poco y al parecer irremisiblemente. Según el Ministerio del Ambiente de Brasil , sólo entre agosto del año pasado y mayo del presente, cerca de 26 mil kilómetros cuadrados de selva amazónica fueron destruidos. Y pesar de que las medidas dispuestas por el Gobierno brasileño —más vigilancia inclusive vía satélite, leyes más drásticas, medidas administrativas— la despiadada tala continúa.

Es importante saber que una de las áreas más afectadas por la destrucción de la selva amazónica es la del estado de Mato Grosso, “donde vastas extensiones desaparecieron para dar lugar a cultivos de soja con fines de exportación”. O sea que en Brasil, igual que en Nicaragua, la quema y tala de los bosques se debe ante todo a la expansión de la frontera agrícola, con la diferencia a favor de los brasileños que allá por lo menos es para obtener divisas, y en cambio aquí se destruyen los bosques, inclusive en zonas protegidas como la Reserva de Bosawas, sólo por un fugaz aprovechamiento de la tierra con fines de sobrevivencia, y peor aún, para comercializarla ilícitamente.

Sin embargo, como hemos dicho y argumentado en otras ocasiones, lo malo no es cortar los árboles sino hacerlo de manera irracional, y lo peor es no reponerlos. Los bosques y los árboles son buenos y es necesario preservarlos no sólo porque son hermosos y garantizan la conservación de las condiciones naturales de la existencia. También, los árboles son buenos y necesarios porque proporcionan materia prima para la construcción de viviendas y edificios en general, así como para la elaboración de muebles y otros productos para el bienestar personal y social.

El aprovechamiento racional de los bosques forma parte de la relación de condicionamiento y necesidad, que se establece entre el mundo natural y la sociedad humana. Y es indispensable cultivar apropiadamente esas relaciones, de manera que la cultura humana no destruya los recursos naturales pero que tampoco se destruya a sí misma por no saber aprovecharlos de manera apropiada.

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