Conciencia y culpa

Myrna Dávila Castellón “¿Qué mal he hecho yo para merecer esto?” Es la queja que con frecuencia proferimos cuando el dolor llama a nuestra puerta. Y es que quizá esta pena es causada por el pecado de ayer, que muy pronto olvidamos. Se da el caso de individuos que durante muchos años viven en una […]

Myrna Dávila Castellón

“¿Qué mal he hecho yo para merecer esto?” Es la queja que con frecuencia proferimos cuando el dolor llama a nuestra puerta. Y es que quizá esta pena es causada por el pecado de ayer, que muy pronto olvidamos. Se da el caso de individuos que durante muchos años viven en una situación de pecado en un ambiente inmoral o en circunstancias nada cristianas, acostumbrándose a este modo de vida y llegando a ver normal dicha situación a fuerza de hacer como saco omiso a su conciencia, cuando echa en cara un mal proceder.

La conciencia siempre habla a tiempo, pero a veces no la escuchamos, obligándola a callar porque quizá el estado de pecado nos proporciona algún bienestar material, con menoscabo de nuestra tranquilidad y felicidad espiritual.

Pero volviendo al caso anterior, vemos que al cabo de algunos años estos individuos se ven obligados a salir de este estado, no por un arrepentimiento de su mala conducta, sino porque la rueda de la vida dio vuelta bruscamente, encontrándose súbitamente al otro lado.

Todo acto nuestro tiene inexorablemente su consecuencia, pues lo que sembramos ayer es lo que cosechamos hoy; simplemente es la ley de la vida. Cuando no sabemos frenar a tiempo nuestros instintos negativos, es cuando obtenemos después la mala cosecha y es entonces cuando no preguntamos: “¿Qué hice yo para merecer esto?”.

Todos pecamos, en mayor o menor grado, olvidando a Dios y a nuestros semejantes; pero lo importante es saber sacarle partido a las consecuencias de nuestro proceder —traducidas ahora en dolor y lágrimas— por medio de un sincero arrepentimiento que nos haga rectificar el mal hecho; pero si no es posible enmendar dicho mal debido a las circunstancias, por lo menos reparemos nuestro error aunque sea indirectamente practicando el bien en pro de los demás, pues como —dice la Escritura— la caridad cubre la multitud de los pecados.

Todo tiene perdón cuando hay sincero arrepentimiento y disposición de enmienda; todo mal tiene remedio, todo vuelve a su cauce cuando hemos enderezado las olas tranquilas de nuestro buen proceder, cuando las cumbres borrascosas de nuestra soberbia han descendido a tierra plana, a la tierra firme de una auténtica y profunda humildad.

Secretaria Ejecutiva

Cartas al Director

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí