Elena Arellano: mujer extraordinaria

José Joaquín Quadra Cardenal Con el cariño y respeto que de niño me inculcara mi padre, he podido comprender el valor de Elena Arellano: una mujer consciente de que el desarrollo de la Patria descansaba fundamentalmente en un proyecto a base de educación, cultura y justicia social. Ella se entrega a la realización de ese […]

José Joaquín Quadra Cardenal

Con el cariño y respeto que de niño me inculcara mi padre, he podido comprender el valor de Elena Arellano: una mujer consciente de que el desarrollo de la Patria descansaba fundamentalmente en un proyecto a base de educación, cultura y justicia social. Ella se entrega a la realización de ese proyecto en cuerpo y alma, aporta su propia fortuna e involucra a su familia y ciudadanos que va conquistando con paciencia y con sus obras. Y lucha también en contra de las corrientes de la época.

Por eso considero un acierto que figure su nombre en la “Medalla de la mujer” que la Comisión correspondiente de la Asamblea Nacional, encabezada por la diputada Azucena Ferrey, aprobó como galardón máximo de reconocimiento a la mujer nicaragüense. Pero ¿quién fue Elena Arellano? Entremos, aunque sea brevemente, a conocer un poco de su vida y obra, recurriendo a quienes han escrito sobre ella: mi padre Carlos Cuadra Pasos, el sacerdote salesiano nicaragüense Jorge Rodríguez, los poetas Pablo Antonio Cuadra y Enrique Fernández Morales, los sacerdotes jesuitas Juan Bautista Álvarez de Arcaya (español) y Manuel Ignacio Pérez Alonso (nicaragüense), y el historiador Jorge Eduardo Arellano.

“Doña Elena procedía de una familia granadina —anota Cuadra Pasos— los Arellano, que vinieron a Nicaragua en la persona de don Carlos de Arellano, ex Alcalde de Guatemala, quien en el año 1579 fue nombrado gobernador de Nicaragua, en calidad de interino. Don Carlos de Arellano fijó su residencia en Granada, levantó su casa y vinculó su familia a la nueva ciudad, adquiriendo Granada —dice Gámez— preponderancia como centro comercial. Cuando se produjo la independencia en 1821, representaba a la familia, en plena y vigorosa juventud, don Narciso, caballero mundano, pero creyente y caritativo, padre de Elena, de quien heredó su inteligencia, actividad y energía. Y de doña Luisa Chamorro, su madre, aprendió conocimientos literarios y mucha doctrina cristiana”.

De Elena escribe Pablo Antonio Cuadra: “Más o menos en la misma época, o para ser exacto, catorce años antes que naciera Francisca Javier Cabrini, nacía en Granada una extraordinaria mujer. Su nombre: Elena Arellano. Siempre me ha apasionado el misterio de las órbitas que Dios traza —como a los astros— a todos los seres, cuyas líneas ocultas a veces se hacen visibles en ciertas criaturas que tienen una misión especial o privilegiada en sus planes históricos. Elena Arellano es una espíritu muy similar al de Madre Cabrini: la misma entrega desde muy niña y de su virginidad al Señor. La misma caridad heroica al servicio del prójimo. La misma preocupación por la formación religiosa de la juventud de la mujer, la misma inquietud misionera dentro de la misma problemática de su época, sólo que la santa italiana proyecta la llama y la luz de su espíritu hacia dimensiones universales, mientras la nicaragüense la proyecta en la estrecha dimensión provinciana de su Patria”.

Es materialmente imposible en un artículo relatar en detalle la obra de Elena Arellano, quien entregó todo por la educación y la justicia. Funda en Granada el primer centro educativo para señoritas y, años más tarde, uno de varones: el Colegio San Luis. Viaja a Roma. Hace amistad con futuros santos como San Juan Bosco. Conoce y conversa con el gran Pontífice de la Reforma Social León XIII. Camina con Santa Cabrini. Ayuda a los jesuitas. Trae e instala en Granada a las Misioneras Salesas del Sagrado Corazón. Interviene, con su santidad y sabiduría, en los campos de la política. Trae a Nicaragua a la Congregación Salesiana. Forja a grandes maestras como Josefa Toledo de Aguerri y Carmela Noguera. Promueve vocaciones sacerdotales y la de su sobrino: Narciso Sequeria, primer salesiano de Centroamérica. Pone en práctica las virtudes teologales. Convierte a Enrique Guzmán. Mantiene una enérgica defensa del catolicismo durante los días tormentosos de Zelaya. Entrega su capital a sus ideales y creencias y vive y muere en la pobreza material.

Interminable sería entrar en los detalles de tan grande obra. Sobre el ejercicio de su caridad como promoción humana hay muchas anécdotas, adelantándose a la acción católica. También es proverbial su defensa de los valores de la mujer. Cuenta mi padre: “Una señorita agraciada fue conducida a la cárcel por una falsa acusación. Doña Elena, que era un alma evangélica, unía a la mayor sencillez de espíritu una despierta malicia de entendimiento, y comprendió que aquella prisión era una trama contra la virtud de la joven. Inmediatamente se fue a la cárcel a visitar a la prisionera. Se quedó a su lado todo el día y cuando a la prima noche cerraban la cárcel, el carcelero ordenó a doña Elena que saliera de la prisión. Ella contestó: ‘Aquí me quedaré prisionera también junto a esta niña inocente, mientras no vuelva al lado de la familia’. El carcelero le ordenó en voz imperiosa, la amenazó, pero ella permaneció firme contestando con suavidad, pero con resolución inquebrantable: ‘Aquí permaneceré me pase lo que me pasare’. Consultó el caso el carcelero con los jefes superiores y, como era muy respetado el nombre de doña Elena, dieron orden de libertad bajo fianza a la niña. Sobraron fiadores, y fue salvado el recato de la inocente criatura”.

El 11 de octubre de 1911 muere doña Elena. Era entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad para Centroamérica, radicado en Costa Rica, Monseñor Juan Cagliero, y cuando supo la noticia de la agonía de doña Elena le puso un telegrama, impartiéndole la bendición del Sumo Pontífice. La moribunda sonrió beatíficamente al recibirla. Monseñor Cagliero la conoció muy bien y la tenía sobre ella concluye: “Rosa de Lima, Elena de Granada: lirios que Dios hizo florecer en América para perfume su historia y su destino de tierra cristiana”.

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