Jorge Eduardo Arellano
En su Diccionario de la Lengua, la Real Academia Española define el adjetivo predilecto como “el preferido por amor y efecto especial” y el vocablo predilección como “el cariño especial con que se distingue a una persona entre otras”. Y esto es lo que la Alcaldía de Granada decidió manifestar, en nombre de toda la ciudad, a José Joaquín Quadra Cardenal. Es decir: preferido, escogerlo con ese afecto y cariño especiales que ha merecido.
Porque si existe actualmente un granadino orgánico ése es el hijo predilecto a quien hoy se distingue y valora en sus verdaderas dimensiones. ¿Y cuáles son éstas? En primer lugar, su ejemplaridad familiar y cristiana, fiel a unos valores arraigados desde el siglo XVIII y que él ha mantenido firme e incólumes, en virtud de su práctica diaria y auténtica. De ahí su presencia propulsora en asociaciones, cofradías, centros de beneficencia y en la Junta Pro-Reconstrucción de la Catedral de Granada.
En segundo lugar, su trayectoria de servicio comunitario y cívico, sin par en nuestros días, que comprendió participaciones decisorias en el Cuerpo de Bomberos y en el Club de Leones, en el Comité Departamental para atender a los damnificados del terremoto de 1972 y en la Fundación Salvemos Granada, por citar las más conocidas, pero no la más relevante. Ésta fue la campaña que José Joaquín desarrolló en los años cincuenta, con una increíble energía, para establecer en Granada el sueño de varias generaciones: la Universidad Católica. (Institución que se concretó en la Universidad Centroamericana, de cuya Junta Directiva fundadora fue uno de sus miembros al lado del padre León Pallais y del ingeniero Alberto Chamorro).
En tercer lugar, su vocación patriótica y educacional de promover el conocimiento de nuestras raíces y glorias nacionales. En efecto, a José Joaquín se le deben iniciativas creadoras que no han sido superadas: desde el álbum a color Conozca Nicaragua, pasando por sus revaloraciones parlamentarias de los héroes patrios Rafaela Herrera y Emmanuel Mongalo, hasta La Prensa Infantil. En otras palabras, la proyección educativa ha estado ligada siempre a sus actividades periodísticas y culturales, a las cuales hay que sumar otras iniciativas en las prensa, la radio y la televisión que no es preciso referir. Sólo quiero recordar su gerencia de este Diario en 1948, de Semana (1950), primer semanario moderno del país y del suplemento Mundo deportivo, ambas publicaciones de LA PRENSA, más sus tareas relacionadas con el hispanismo institucional.
Y José Joaquín, persona y caballero, amigo y ciudadano, ha sabido ejercer estas misiones con el estilo propio de su familia. Un estilo vinculado a las esencias de la nacionalidad, al mestizaje y a la tradición rural; no adquirible sino heredado; un estilo cuyos representantes poseen —y logran mantener con personalidad— proyectándola en una conducta proba y honesta, conciliadora y civil, abierta y digna, exenta de vano orgullo. Un estilo que ha caracterizado singularmente a los Cuadra y que se aprecia con un sentido de resignación en la siguiente anécdota.
EL EXCÉNTRICO TÍO JUAN AURELIO
A dos semanas de haber asumido la Presidencia de la República, don Vicente Cuadra recibió la visita de su hermano mayor, Juan Aurelio, quien había vivido sus primeros 18 años bajo la égida de la monarquía española. Entonces el país, tras la desplación a la que lo redujo el filibusterismo esclavista, estaba entrando en un período significativo de paz duradera y constructiva. Pero aún era pobre y humilde y patriarcal. Aún necesitaba remover tantos obstáculos —pensaba don Vicente— para colocarlos siquiera —una vez llevada a feliz término la difícil empresa de administrar sus intereses— en el camino de la prosperidad.
“¿Qué estás esperando ahora que la tenés?”, aconsejó al nuevo mandatario su hermano, acabado de sentarse y golpeando el piso de madera de la Casa de Gobierno con su rústico bastón. “¿Qué estás esperando para devolver esta republiquita a sus legítimos dueños: los reyes de España?”
Y el prócer republicano, desde luego, no hizo caso de la sugerencia. La consideraba una excentricidad más de Juan Aurelio, hijo reconocido de su padre, vecino desde niño de Masatepe y arraigado luego en una finca que adquirió con el producto de su trabajo cerca de Masaya, población desde la cual había mantenido frecuentes relaciones con sus hermanos y demás familiares de Granada.
Una excentricidad similar a otras de Juan Aurelio, ajeno a los nuevos signos transformadores de la nación independiente que para él, desde la desaparición de la monarquía española, sólo había traído desgracias: matanzas incontables, saqueos y violaciones, incendios y destrucciones de ciudades, persecuciones y fusilamientos, abandono de cultivos y ganados, reclutamientos forzosos e injustos, torturas y otras atrocidades, robos autorizados y confiscaciones, como las decretadas a las propiedades de su padre: el más sobresaliente letrado de Granada.
Juan Aurelio se estremecía emocionado cuando recordaba a su padre preso por orden de un audaz artillero que apenas podía cargar un cañón: Cleto Ordóñez; el asesinato de su tío Miguel, Primer Ministro del Encargado del Ejecutivo, Benito Pineda, en una cárcel de León; las elecciones para Presidente que la Asamblea Nacional le burló a su hermano José Joaquín, y a su otro hermano Diego, político de Masaya, macheteado y arrastrado a la cola de un caballo por un cavernario.
Juan Aurelio insistía en sostener que, salvo algunos escasos años, Nicaragua —como toda la América española— había quedado desde su emancipación política sin tranquilidad, reponiendo al Rey —autoridad lejana e imparcial como la del Papa, a las que estaba acostumbrado y satisfecho de ellas— con dictadores más o menos crueles que no habían respetado la libertad de cada pueblo para desarrollar sus propios intereses.
Y uno de ellos sería Zelaya, quien en 1894 preparaba su primera invasión a Honduras para derrocar al presidente Vázquez, derramando infecunda sangre centroamericana en aras de su expansivas ambiciones militares. Con ese pretexto impuso las primeras excesivas contribuciones, sistema que adoptó para destruir —arruinándolos económicamente— a sus adversarios. Entre ellos estaban los Cuadra que sufrieron, entre otros atropellos, multas, sitios a hogares y embargo de propiedades. Don Vicente no pudo entregar la cantidad que se le impuso y, pese a sus 82 años fue llevado a la cárcel.
En esa ocasión, Juan Aurelio agonizaba extenuado por el peso de casi todos los años del siglo y, al enterarse de la noticia, con un rictus extraño y amargo en la boca, dijo:
“Merece el castigo mi querido hermano Vicente, porque cuando lo eligieron Presidente de la República, en lugar de entregarle el poder a los reyes de España, sus legítimos dueños, se dedicó a enriquecer las codiciadas arcas nacionales. Dios me lo proteja para que no le roben su dinero como las elecciones que ganó mi hermano José Joaquín, no lo asesinen como a tío Miguelito, ni lo arrastren por las calles de la cola de un caballo como a mi desventurado hermano Diego”.
CULTIVO DEL INTELECTO Y MODERACIÓN
He ahí una síntesis viva del infortunio de nuestra Patria y, particularmente, de los Cuadra, cuyo carácter intelectual lo refleja el hecho de haber aportado más autores de libros y folletos que cualquier otra familia nicaragüense. He aquí un estilo que incluye la ilustración o el intelecto al servicio de la política y, en última instancia, de la conciencia nacional y que tiene trascendentes revelaciones en el humanismo socrático del doctor Carlos Cuadra Pasos, padre de José Joaquín, y en la universalidad poética de su hermano Pablo Antonio.
Ese mismo estilo presidió sus acciones políticas, sustentadas en dos actitudes: la moderación y la mediación. Pero vale destacar el movimiento renovador —de tendencia socialcristiana— fundado por él dentro del conservatismo en 1950, e iniciado con todo el entusiasmo juvenil de su generación, que requiere un estudio a fondo para que sea plenamente conocido y sus lecciones asimiladas.
En fin, por éstas y otras obvias razones, comparto y celebro la decisión municipal de nombrar hijo predilecto de Granada a José Joaquín Quadra Cardenal.
ASCENDENCIA Y DESCENDENCIA
A) José Antonio de la Quadra Sánchez, primero del apellido que se estableció en Nicaragua. Casado con Sebastiana de Gutiérrez, con quien procreó a Santiago, nacido en Granada y bautizado en la parroquia de la ciudad el 6 de octubre de 1718.
B) Santiago de la Quadra Gutiérrez. Casado con Gregoria Simona Sánchez (hija de Agustín Sánchez Céspedes y Margarita de Aldana), bautizada en la misma parroquia de Granada el 19 de agosto de 1719. Fueron los padres de cuatro hijos: Diego (fallecido en Guatemala en 1796), Tomás, José María y José Miguel, bautizado el 19 de noviembre de 1747.
C) José Miguel de la Quadra Sánchez. TATARABUELO. Casado con Juana Agustina del Montenegro y luego con Rita Mayorga; ésta tuvo un hijo: Silverio de la Quadra Mayorga. La primera, Juana Agustina (“diligente y muy cuidadosa de su persona”) tuvo dos: Dionisio —quien sigue la línea— y Miguel (asesinado en León en 1826 con el Jefe de Estado Pedro Benito Pineda, de cuyo gobierno era Ministro General). Miguel de la Quadra y Montenegro no contrajo matrimonio, pero dejó un hijo reconocido: Félix Pedro Cuadra, padre de Carlos Cuadra Pérez, de donde descienden los Cuadra Cea de León.
D) Dionisio de la Quadra y Montenegro. BISABUELO. (fallecido en 1930). Se casó con Ana Norberta Ruy Lugo, “muchacha bonita y honesta, de las que gastan medias en casa” (hija de Pablo Antonio Ruy Lugo y Francisca de Sandoval). Procrearon siete hijos: Miguel, Demetrio, Isidora, Pedro Rafael, Manuela, José Vicente (1812-1894, Presidente de Nicaragua: 1871-1875) y José Joaquín (1812-1880).
E) José Joaquín de la Quadra Lugo. ABUELO. Se casó con Virginia Pasos Arellano (hija de Procopio Pasos Lacayo y Julia Arellano Castillo y Guzmán). Padres de once hijos: Isidora, Dionisio, Demetrio, Pedro Rafael, Pablo Antonio, Ramón, Anita, Eulogio, Miguel, Margarita y Carlos (1879-1964).
F) Carlos Cuadra Pasos. PADRE. Casado con Mercedes Cardenal Argüello, hija de Salvador Cardenal e Isabel Argüello. Padre de cinco hijos: Pablo Antonio (1912-2002), Carlos (1916-1988), Marta, Leonor y José Joaquín, que sigue la línea.
G) José Joaquín Quadra Cardenal (2-VI-1925). Casado con Gladis Sandino Muñoz (hija de Manuel Sandino Ramírez y Mary Muñoz Vivas). Padres de nueve hijos: Mary, José Joaquín, Gladis, Xiomara, Ruth, María Isabel, Miguel, Xavier y Carla Omega.
H)HIJOS. Mary (cónyuge: Eduardo Urbina); José Joaquín (cónyuge: Thelma Pallais); Gladis (cónyuge: Martín Monterrey); Xiomara (cónyuge: Erick Brenes); Miguel (cónyuge: Catalina Brenes); Xavier (cónyuge: Sonia Vargas); Ruth (cónyuge: Henry Urcuyo); María Isabel (cónyuge: Luis Alfaro); y Carla (cónyuge: Rafael Quezada).
I) NIETOS. Eduardo, Mary y José Joaquín Urbina Quadra; Thelma, José Joaquín, Alejandro y Andrea Quadra Pallais; Martín, Fabiola, Danilo, Rodrigo, Edgard, Julio y Alfonso Monterrey Quadra; Cecilia, Erick y Daniel Brenes Quadra; Xavier Antonio y Carlos José Quadra Vargas; Henry y Marta Lucía Urcuyo Quadra; Luis y Andrés Alfaro Quadra; Carla y Adriana Quesada Quadra.
J) BISNIETOS. Silvia Marcela y Eduardo Miguel Cáceres Urbina; María Gabriela Morales Urbina; Martín Adrián y Xavier Alejandro Labrue Monterrey; Ana Lucía y Marcela Molina Monterrey.
EL CRIOLLO SANTIAGO DE LA QUADRA Y SU INVENTARIO
En Nicaragua, con la excepción de dos familias —hoy completamente olvidadas— el estrato superior español no remontaba su presencia más allá del siglo XVIII. Por eso consideramos interesante el inventario de las pertenencias del criollo Santiago de la Quadra, cuya fe de bautismo data del 6 de octubre de 1718, “hijo legítimo de Antonio de la Quadra y de Sebastiana de Gutiérrez, su legítima mujer, españoles” según documento conservado en el archivo familiar.
Pues bien, el inventario de la casa de Santiago de la Quadra da una idea del modo de vida, creencias y costumbres de un auténtico criollo colonial. Su extenso contenido se inicia con un Señor Crucificado, tallado en madera, de una vara de largo, dorados los cantos de la cruz y con corona y resplandor de oro; 2 cuadros pintados al óleo y con marcos dorados; 19 sillas de sentar, grandes y con brazos, y 10 sillas de sentar, pequeñas y sin brazos; una mesa torneada y tallada, de dos varas de largo por una de ancho; 2 mesas esquineras, un canapé forrado en baqueta, un escritorio con un cajón de cerradura y llave de plata, y un armarito de papeles; un sillón de frailuno de asiento y espaldar de cuero; una papelera embutida con su cerradura y llave.
El inventario continuaba: “Una espingarda con su birola de plata, un par de pistolas con resguardos de platas, un espontón, una tarima de estrado y un armario de madera, tres escaños para corredores de dos varas y medias, una silla brida con su falda de grana de falda dorada y guarnecida de galón de plata y un cabezada de hebillas del mismo metal, una albarda de baqueta con sus estribos y su pellón hechizo y forrado de cotí para el mozo compañero, tres frenos, uno de ellos mular; unas espuelas de plata, dos burros de madera de poner sillas y albardas, una espada ancha guarnecida de plata con su birícu de cuero dorado y hebillas del mismo metal”. Y se añadía:
“Un bastón de caña de china con su puño de oro y con su contera de plata, un vestido de terciopelo azul, una casaca negra de lanilla con sus calzones y una chupa de pazú negro, una chupa de quiseta con su galoncito mexicano, una chupa y calzones estampados, un par de calzones de terciopelo, el uno morado y el otro azul; una bata de indiana, dos chupas de bretañas bien tratadas, seis camisas de bretaña, diez pares de medias de hilo, diez sabanas de ruán, dos colchas de hilos delgados, una frazada de lana guatemalteca, diez pares de calzoncillos de ruán, seis brietas de estopilla, un par de guantes, seis pares de calcetas de hilo al pie entero, dos pabellones con su radapié de indiana, diez fundas de almohada, seis paños de manos de bramante labrado de hilo morado con sus puntas y seis de ruán del mismo modo”.
Al anterior ajuar, el inventario sumaba: un capote de paño de primera y un redingote de paño blanco con sus brochecitos de plata, un estoque sin guarnición, un sombrero blanco de castor y otro negro, una peluca, seis varas de paño azul de Puebla; además de la vajilla de plata —uno de los elementos característicos del estrato superior español— con peso de once marcos y tres onzas, a la que se agregaba una palangana y en un pichel de metal de china. Santiago Quadra poseía también dos cocos guarnecidos de plata y oro, un armario con 87 tomos de buena lectura y 6 cuadernos con forro de cuero de venado, un caballo pasitrotero y una mula más la infaltable hamaca grande de junco de pita.
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