El Mississippi no está tan retirado

Luciano Cuadra-Waters

En 1955, Emmett Till, un joven negro de catorce años y originario del Estado de Mississippi, fue asesinado por el simple hecho de silbarle "a manera de piropo" a una mujer de la raza blanca; y aunque dos individuos confesaron haberlo secuestrado, fueron sobreseídos por un jurado. El veredicto fue tan escandaloso que se materializó en un documental ganando un premio Emmy.

Hace pocos días, sospechando la participación en el crimen, de otros individuos, el FBI ha decidido reabrir el caso. Al leer la nota informativa sobre la causa del crimen, pensaba satisfecho en la distancia existente entre ese Estado sureño y California, además del tiempo transcurrido. Era el clima racista que imperaba en esa parte del país hace tiempo ya.

Hace un par de meses, me dirigía con unos amigos hacia los lagos Mammoth, un "resort" ubicado a unas doscientas millas al norte-este de Los Ángeles. La necesidad de comer nos obligó a detenernos en un pueblecito de ésos que adormecen entre las montañas de la Sierra Nevada y que luchan por conseguir un lugar en los mapas; entramos al único restaurante del lugar procediendo a ordenar nuestra comida. Minutos después entraba una pareja de edad mayor, cuyas facciones señalaban con orgullo y sin temor a confusión, su ascendencia hispana, él con su cara cruzada por arrugas cual surcos labrados por las ráfagas de viento que golpean la Selva Lacandona; ella, de pelo liso y largo, con canas que se desparramaban sin vergüenza, cuesta abajo, hasta los hombros, simulando ríos de plata; la pareja de venerables esperó en vano por un buen rato a que se les asignara una mesa, a pesar que después de ellos habían entrado otros comensales a quienes ya se les atendía; notando esto, uno de mis acompañantes se dirigió a la mesera, preguntándole por qué se ignoraba a la pareja de ancianos, ella respondió aduciendo que "no hablaba su idioma", esto, sin haber intentado comunicarse con ellos. Mi amigo tomó la iniciativa de preguntarles qué deseaban comer, traduciendo luego, la orden a la empleada.

Media hora después abandonamos el restaurante; mientras caminábamos hacia el vehículo, sentimos que la temperatura parecía haber descendido, pero no, era la gélida mirada de la mesera, blanca ella, como la nieve que corona la cordillera, quien nos observaba a través de los ventanales del restaurante. En el trecho final hacia nuestro destino, mientras mis compañeros hablaban sobre el incidente, yo recapacitaba en que Mississippi no está tan retirado después de todo, y que 1955 tampoco ha quedado muy atrás en el tiempo.

El autor es escritor.

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