Alejandro Serrano Caldera
Alguna vez escuché decir a alguien, no recuerdo a quién, que más que cambios en el mundo estamos viviendo un cambio de mundo. La frase, que no es un juego de palabras, revela el drama de nuestro tiempo signado por las profundas transformaciones científicas y tecnológicas, las que, a su vez, inciden sobre el conjunto de valores sociales, culturales y éticos que constituyen la plataforma moral de una época y el repertorio de visiones y comportamientos de la sociedad en un tiempo y lugar determinados.
La acumulación de los cambios en el mundo produce un cambio de mundo, de igual manera que la acumulación de cambios cuantitativos produce el cambio cualitativo, como enseñan las viejas leyes de la dialéctica popularizadas por los manuales de marxismo, pero que más que de éstos, en su sentido más riguroso y filosófico, provienen del propio Marx y antes de él de Hegel, el más connotado filósofo del idealismo romántico del siglo XIX, y, antes, aún, de los griegos, de Heráclito, que frente a Parménides, matriz de todos los idealismos posteriores, que sostenía el principio de identidad e inmutabilidad del ser, enseñaba, por el contrario, que lo único permanente es el cambio, el principio de contradicción o de unidad de los contrarios y que nadie se baña dos veces en el mismo río.
Pero dejando a un lado esta breve y genérica descripción filosófica, sobre los orígenes del viejo e interminable debate entre idealistas y materialistas, sustancialistas y dialécticos, podríamos afirmar que nos encontramos en el vértice, y el vórtice, de una época, en la confluencia de un tiempo que se debate entre los estertores de la agonía y los dolores del parto, en una crisis en la que lo que debe morir no muere todavía y lo que debe nacer todavía no nace.
No obstante, hay una serie de rasgos que permiten prefigurar las tendencias dominantes de nuestro tiempo. Por un lado, viejas y nuevas teorías de mercado que instalan en el centro de la sociedad digital, el pensamiento decimonónico del liberalismo económico y el capitalismo manchesteriano; y por el otro, viejos y nuevos populismos que reinstalan en el centro del debate político y económico la demagogia de un discurso violento, insustancial y descolorido.
En medio de ello, sin embargo, y en un mundo conmocionado por nuevos y viejos fantasmas y crueles realidades como la droga, la corrupción, el terrorismo, la guerra preventiva, irrumpe un pensamiento, todavía no sedimentado ni sistemático, descoyuntado en algunos casos, disperso, en otros, que, a pesar de todo, propone la búsqueda de un mundo posible en el que puedan coexistir integrados, el mercado y la justicia social, la libertad y la equidad, la seguridad y la dignidad de la persona, el Estado y la sociedad civil.
Se trata, ciertamente, de viejos ideales, algunos de los cuales vienen, navegando en el tiempo desde los griegos, atravesando Roma en la República y el Imperio, tratando de sobrevivir en la Edad Media, renaciendo, algunos de ellos, en el Renacimiento, alcanzando su floración máxima con el racionalismo, las ideas de la ilustración y las revoluciones europeas, para volver de nuevo a oscurecer su horizonte las nubes de los totalitarismos que desgarraron el siglo XX e hicieron naufragar en un océano de sangre el optimismo ingenuo del siglo XIX.
¿Qué es, entonces lo nuevo que un pensamiento de nuestro tiempo puede proponer? ¿Pueden acaso viejos ideales dar respuestas apropiadas a nuevas situaciones? Éstas y otras preguntas pueden y deben hacerse sin que posiblemente se encuentre para cada pregunta una respuesta categórica y definitiva, porque no hay respuestas simples para problemas complejos y porque toda respuesta verdadera no está hecha de antemano pues es un proceso que se va construyendo lenta y dolorosamente integrando razón y realidad, imaginación y acción, proyecto y ejecución, esperanza y voluntad, logos y praxis.
En un libro de los años setenta del siglo XX, de Louis Pauwels y Jacques Bergier titulado El retorno de los brujos, hay una frase que ha sobrevivido en mi memoria al naufragio al que el tiempo somete todas las cosas incluyendo a los libros, o quizás, principalmente a los libros, que dice: “no hay nada nuevo salvo lo que se ha olvidado”. Y aunque esta frase no sea totalmente exacta, tiene un buen porcentaje de verdad. Yo diría, más bien, que los ideales sobreviven mientras no se realicen. En ese sentido la búsqueda de la libertad, la justicia, la dignidad es y será un ideal permanente del ser humano en su dramática travesía por la vida y por la historia.
Cambia, y a veces radicalmente, como está sucediendo en nuestro tiempo, el contexto en que ellos deben realizarse y el cuerpo de ideas y valores en que aparecen inmersos. La circunstancia, como diría Ortega y Gasset, cambia, y eso plantea una novedad radical en su realización.
La sociedad de nuestro tiempo está cambiando cualitativamente: la masificación, la sociedad digital, el poder de los medios de comunicación, la lógica del consumo, la velocidad de los medios de transporte, la globalización financiera, pero también del narcotráfico, de la corrupción y del terrorismo, el endurecimiento de las microsociedades y etnoculturas, la reestructuración del poder mundial mediante la consolidación del núcleo duro de poder político, financiero y militar, la reunificación en una sola unidad y en una sola estrategia de la geopolítica y la geoeconomía, el doble fenómeno de globalización y uniformidad por un lado, y su correlativo de fragmentación, por el otro, constituyen una especie de mapa dinámico y conflictivo de la vida de nuestro tiempo.
Todos estos cambios en el mundo tienen una influencia determinante en el cambio de mundo que se está produciendo. Estos hechos están transformando, si no lo han hecho ya por lo menos al nivel de una generación, su escala de valores, su visión del mundo y de la vida y sus categorías éticas que rigen su comportamiento. Los cambios en la realidad producen cambios en la conciencia de las personas, de los pueblos y de las épocas.
Desde el siglo XVI no se había producido una transformación tan profunda. Quizás la historia se hace más evidente a través de las grandes rupturas que originan los grandes cambios, y quizás las épocas en donde las fracturas no son tan evidentes, no son más que etapas de acumulación a través de las cuales se van preparando esas grandes mutaciones.
Las rupturas frente a la Edad Media que se inician en el Renacimiento y se culminan en el siglo XVIII, tuvieron su origen y también su respuesta en el Racionalismo y en la Ilustración. De alguna forma las ideas precedieron, acompañaron y sucedieron a los grandes cambios técnicos, económicos y políticos. La fractura de nuestro tiempo, por el contrario, evidencia una fractura previa, la de las ideas y la realidad, la filosofía y los hechos. Las transformaciones tecnológicas han avanzado a una velocidad mayor que las ideas. La filosofía y la ética tratan de recuperar el terreno perdido y de señalar los marcos de referencia moral al progreso y al desarrollo material.
La búsqueda de un nuevo contrato social planetario que establezca los fundamentos éticos, filosóficos y prácticos de la sociedad contemporánea es el gran reto de la filosofía y el pensamiento en este momento. Restaurar las fracturas que han roto la estructura de la vida contemporánea, es un desafío que no admite postergación. Dotar de un contenido ético al desarrollo material, científico y tecnológico y dar un sentido de unidad moral a la sociedad desgarrada es un empeño al cual desde ya está abocado el pensamiento universal.
El autor es filósofo nicaragüense