Unión de talentos

Douglas [email protected]

La presentación de la ópera La Traviata, la semana pasada en Managua, demostró que la integración centroamericana ya tiene un sentido más que comercial y económico, porque también acerca a los artistas y los proyecta con más fuerza.

Después de la primera función, la soprano Ángela de Guardado contó en los pasillos del Teatro Rubén Darío que en su país, El Salvador, los artistas como ella carecen de apoyo (patrocinio) para montar obras importantes como la de Giuseppe Verdi que acabamos de presenciar aquí.

Ella, que sorprendió a los nicaragüenses con su voz, había sido más valorada en otras naciones, sobre todo en Europa.

Pero en Nicaragua es la primera vez que montan una ópera y esta hazaña artística no hubiera sido posible sólo con nicaragüenses, por lo que fue preciso unir los talentos de varios centroamericanos, entre ellos el de Ángela.

La idea surgió de la Camerata Bach, de Nicaragua, y uno de sus músicos, Raúl Martínez, contaba antes de la premier que la idea de este grupo, dirigido por Ramón Rodríguez, era demasiado audaz en las circunstancias materiales en que se desenvuelve el arte en Nicaragua.

Hacerlo solos, como nicaragüenses, era casi imposible; pero hacerlo como centroamericanos era más viable y al final resultó un éxito, según las opiniones de otros músicos y de los conocedores de la ópera que presenciaron La Traviata en el Rubén Darío.

Entonces, Ramón Rodríguez cedió la batuta al músico Joseph Kart Doetsch, procedente de El Salvador, para que dirigiera la orquesta, a la que también se unieron músicos de Costa Rica; mientras la soprano Ángela de Guardado y el barítono Ángel Rivas, los dos salvadoreños, compartían escenario con el tenor nicaragüense Octavio Orochena.

“La orquesta sonó afinadísima, con mucha precisión y eso me alegra mucho por los músicos nicaragüenses… La verdad, me han sorprendido”, dijo la pianista ucraniana Natalia Leschenko.

Se ha vuelto común oír en los últimos años que los artistas de Nicaragua, Honduras o El Salvador sufren por falta de apoyo económico para montar obras o festivales, más cuando se trata de piezas clásicas, con poco o ningún sentido comercial. Sin embargo, el acercamiento que han tenido los artistas centroamericanos les está dando más fuerza, tanto para presentar obras con más calidad como para convencer a las empresas del istmo de que vale la pena patrocinarlos.

Al menos en dos ocasiones la Camerata Bach ha propiciado esa unión artística centroamericana con buenos resultados. Hace un año, por ejemplo, montaron en el mismo Teatro Rubén Darío el espectáculo Hollywood for ever, una selección de temas de películas que reunió a músicos de Costa Rica, Honduras, El Salvador y Nicaragua.

Así, la integración de los países de Centroamérica va dejando de ser un concepto y se ha convertido en hechos visibles para cualquier ciudadano, como habría deseado Rubén Darío al escribir la salutación al optimista: “Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos, formen todos un solo haz de energía ecuménica”.

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