Profeta de la esperanza

Con la toma de posesión, hoy, sábado 21 de mayo del año 2005, del nuevo Arzobispo metropolitano de Managua, monseñor Leopoldo José Brenes Solórzano, concluye una etapa de la historia contemporánea de la Iglesia Católica de Nicaragua, y comienza otra, que posiblemente tendrá diferencias notables con respecto a la anterior.

En realidad, la conclusión del ejercicio del Arzobispado de Managua que estuvo a cargo del cardenal Miguel Obando y Bravo durante 35 años, y el comienzo del mandato arzobispal de monseñor Leopoldo Brenes Solórzano, es también un hito histórico para Nicaragua. La historia de la Iglesia Católica de Nicaragua no se puede desligar de la historia nacional, y viceversa. Por el contrario, ambas historias, de la nación y de la Iglesia Católica, están estrecha e indisolublemente conectadas entre sí, ejercen una acción y una influencia recíproca entre ellas.

Ciertamente, la formación de la nacionalidad nicaragüense fue marcada de manera profunda e indeleble por la influencia de la religión católica y de su Iglesia. La identidad cultural del nicaragüense se forjó en la fragua espiritual y cultural de la primera evangelización, al llegar los españoles y quedarse en Nicaragua. El sentido de igualdad, de justicia y de respeto a la dignidad humana que es característico del nicaragüense —independientemente de las inevitables excepciones de la regla—, se moldeó en la épica defensa de los nativos que hicieron aquellos santos varones que fueron los padres Bartolomé de las Casas, Antonio Valdivieso y otros. El patriotismo nicaragüense se enriqueció con el apoyo de los frailes franciscanos a las luchas heroicas de los criollos independentistas, en 1811, 1812 y 1821. La religión católica impregnó espiritualmente la formación de la primera república y estuvo presente, con su asistencia espiritual, entre los combatientes de las luchas intestinas posteriores, en la etapa de la anarquía. Finalmente, a las mediaciones e intercesiones de la Iglesia Católica en favor de la paz, en los últimos treinta años de agudos e interminables conflictos de la incierta política nicaragüense, se les debe también el estado de democracia —aunque precaria por razones de sobra conocidas— y el ambiente de libertad en que vive ahora la población de Nicaragua.

Esa imbricación de historias, la nacional y la de la Iglesia Católica de Nicaragua, indica que a pesar de que hay políticos inescrupulosos que con sentido oportunista tratan de aprovecharse de la benéfica sombra de la Iglesia Católica y sus pastores, también hay que reconocer que no es por casualidad que los políticos más influyentes del país, así como los líderes de los demás sectores de la vida nacional y representantes extranjeros, desfilan regularmente por la Curia Arzobispal de Managua, ya sea en busca de consejo, con el propósito de obtener una bendición o sólo para manifestar su respeto a la alta autoridad eclesial de Nicaragua.

De manera que independientemente de que la línea de acción evangélica de la Iglesia Católica es igual en términos generales, cualquiera que sea la persona que ejerce las responsabilidades episcopales y arzobispales, no cabe ninguna duda de que cada Obispo en su respectiva Diócesis y cada Arzobispo en la Arquidiócesis de Managua, le imprime su propio sello al ejercicio pastoral que le corresponde desempeñar. Y al respecto cabe señalar que hay claras diferencias —derivadas de sus características personales— entre los ejercicios arzobispales de monseñor José Antonio Lezcano, el primero en la historia de la Iglesia Católica de Nicaragua, y el de monseñor Alejandro González y Robleto, o el del cardenal Miguel Obando y Bravo.

Por eso estamos seguros de que monseñor Leopoldo José Brenes Solórzano ejercerá su apostolado de manera notoriamente distinta a la de su antecesor, fiel a las mejores conveniencias de la Iglesia Católica, solícito con las necesidades de la feligresía, atento a llenar el actual vacío espiritual que hay en la nación, todo eso de acuerdo con su propia personalidad que es bien conocida y estimada por el pueblo católico donde él ha ejercido su ministerio, parroquial y episcopal.

Nadie puede poner en duda que el arzobispo Brenes será, como Juan Pablo II dijo en octubre del 2003 —con motivo del treinta aniversario de su consagración pontifical—, que deben ser todos los obispos: “Profeta, testigo y siervo de la esperanza”.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí