Epsy Campbell [email protected]
El Tratado de Libre Comercio entre centroamérica y Estados Unidos puede ser una poderosa herramienta para el futuro de nuestros pueblos, o la profundización de las relaciones de inequidad existentes en nuestros países. Este Tratado puede ser la consolidación de las relaciones comerciales que hasta el momento han sido cubiertas por la iniciativa unilateral de la potencia norteamericana, que en el marco de una negociación totalmente asimétrica, dejando totalmente desdibujados los intereses centroamericanos y lo que predomina son los intereses norteamericanos de incursionar en los mercados centroamericanos, para aumentar progresivamente el control comercial y financiero de EE.UU. en esta región, en vista del objetivo mayor del Área de Libre Comercio de las Américas.
Como países pequeños, dependientes totalmente del comercio con Estados Unidos como principal socio comercial, la negociación debió partir de una posición regional fuerte. Las diferencias regionales, los vacíos existentes en el histórico período de integración centroamericana y los intereses diferenciados no permitieron cohesionar sistemáticamente esa posición regional, aunado a esto el equipo negociador norteamericano, sabiendo que la máxima “divide y vencerás” promovió negociaciones bilaterales conforme ha avanzado el proceso de negociación. La negociación debió partir no sólo del reconocimiento de las asimetrías existentes sino trascender a concretar las mismas en términos de comercio.
Es importante señalar que esta iniciativa no tiene como objetivo real promover el libre comercio, aunque sea llamado el Tratado. En temas medulares como los relacionados con el sector agropecuario y la propiedad intelectual, la propuesta norteamericana pretende desde una posición unilateral, garantizar los derechos monopólicos para sus empresas farmacéuticas y de agroquímicos; además de distorsionar los precios de los productos agropecuarios que exportan con los beneficios de multimillonarios subsidios, que en sí mismos atentan contra ese pretendido “libre comercio”.
Este Tratado debe acompañarse de los programas y proyectos gubernamentales que fortalezcan el aparato productivo de cada país, que posibiliten el aprovechamiento de los beneficios de comercio exterior que se abren, que aseguraren una adecuada administración de los acuerdos (capacidad para identificar incumplimientos de las regulaciones acordadas —etiquetado, origen, dumping, metrología, normas y reglamentos técnicos nacionales—, mejoramiento de procedimientos aduaneros y establecimiento de controles que eviten el contrabando, la subfacturación y la triangulación de productos) y que contrarresten los efectos adversos previsibles del Tratado.
El Tratado no sacará a nuestros países de la pobreza, ni los llevará al desarrollo económico esperado en las últimas décadas. No recogió de buena manera los intereses nacionales y más bien profundizará la exclusión sistemática de algunos sectores, en particular la de nuestros agricultores que con la lógica de reconversión o que “hay que trabajar con esa gente porque hay que enseñarles a salir de”, la pequeña y mediana producción seguirá el camino hacia la desaparición y marginación, y la gente pobre de la ruralidad y de las zonas urbanas continuará siendo víctima de un sistema y que no promueve la inclusión.
Por último este Tratado de Comercio debió haberse dirigido al logro del bien común, a la promoción e impulso del desarrollo económico solidario, la protección del medio ambiente y las riquezas naturales, el respeto de los derechos y las leyes laborales, la salvaguarda del patrimonio y la identidad cultural de nuestros pueblos y el respeto a la soberanía nacional. Es por lo anterior que en Costa Rica existe un grupo importante de diputados/as liderados por el Partido Acción Ciudadana, el cual presido, en la Asamblea Legislativa y de grupos sociales que queremos que este Tratado de Comercio con Estados Unidos se renegocie, exhorto a los y las diputados/as, hermanos/as nicaragüenses a unírsenos en esta lucha.
La autora es diputada de Costa Rica.