- Ni un día han faltado a sus trabajos, a pesar de la violencia y el paro del transporte
José Adán Silva
Toma la bolsa con fuerza en su mano izquierda, cuenta una y otra vez las monedas en su mano derecha, fija la vista a lo largo (como gavilán vigilando a la presa), se acerca a la orilla de la acera y, cuando el resoplido metálico de animal cansado se escucha frente a ella, salta con agilidad insospechada a la vieja puerta hidráulica que se abre.
Es Marcia Calderón, obrera de 42 años, tratando de subir al bus pirata que la llevará a su casa, tras un ajetreado día de trabajo en una zona franca de Managua.
En ese sitio, donde trabajan más de 65 mil personas, ir a laborar y regresar a casa es una odisea que se ha acentuado en los últimos días de la crisis del transporte que, junto a la violencia, azota Managua desde hace tres semanas.
Marcia, habitante de un asentamiento detrás del reparto Rubenia, en el oriente de Managua, siente que la hora de trabajo en la maquila ahora le pesa el doble en la espalda.
Tiene dos razones poderosas: se levanta más temprano por el cambio de hora que decretó el Gobierno, y el paro de transporte le hace caminar varios kilómetros diario.
MADRUGADAS Y CAMINATAS
Ella toma la camioneta pirata, “la chanchera”, como la han bautizado, a cuatro cuadras de su casa, sobre la pista a la Universidad Politécnica (Upoli). Cinco córdobas paga para ir colgada o apretujada hasta La Subasta.
Ese viaje tiene que hacerlo a las 5:30 de la mañana, cuando todavía está oscuro. A las 6:30 de la mañana, si ha tenido suerte y sin contratiempos, camina desde La Subasta hasta la Zona Franca Las Mercedes.
Son más de dos kilómetros de recorrido para estar justo a las siete en la puerta de la empresa donde trabaja.
Si llega después de las siete y media de la mañana, los supervisores cierran los portones y no sólo pierde el día de trabajo, sino que se hace merecedora de una multa.
Si logra llegar a tiempo, ganará 40 córdobas por el día de trabajo; si llega tarde y no logra entrar, perderá 250 córdobas.
Luego, justo cuando las agujas del reloj van acercándose a las cinco de la tarde, va preparando las chinelas plásticas que ahora guarda en el bolso, para caminar hasta La Subasta, donde tomará el bus que la ha de llevar de regreso a casa, a ver a sus tres hijos, a preparar la comida, ver un poco de telenovela y luego descansar temprano para, otra vez, madrugar y caminar muchas cuadras.
COMPAÑÍA DE CAMINANTES
Le consuela, dice Marcia, saber que no está sola, que cuando ella camina rumbo a la parada, otras mujeres y hombres van sobre el mismo camino rumbo al trabajo.
¿Molestias por el paro? “Claro, no es fácil levantarse más temprano ni caminar tantas cuadras, pero no puedo culpar a nadie, soy cristiana y dejo en manos de Dios los pecados”.
Eso sí, no perdona que el otro día casi la asfixian los gases lacrimógenos lanzados por la Policía a los estudiantes que bloquearon la carretera.
HASTA EL NOVIO PERDIÓ
Tras ella, impaciente por que le pregunten su opinión, está Heydi Martínez, muchacha de 20 años que está furiosa contra el Gobierno, contra la Policía, contra los estudiantes, contra los supervisores de la maquila, contra los buseros…
Su historia es sencilla: su novio la dejó esta semana. Dice que el muchacho la acompañó en la madrugada a tomar “una chanchera” en el sector del barrio La Primeravera.
Al regreso, al muchacho lo asaltaron unos pandilleros, le robaron la bicicleta y le dieron una tunda que lo mandó al hospital.
Desde allá mandó a decirle que ya no quería nada con ella, y por eso Heydi está furiosa y lanza insultos contra el Gobierno, los estudiantes, la Policía, los pandilleros, los buseros..
Quiere seguir hablando más, pero ve a Marcia saltar con agilidad al bus y entonces ella hace lo mismo hacia la camioneta de tina y baranda que llega anunciando su destino.
EL DIFÍCIL REGRESO A CASA
Allí, miles de mujeres y hombres hacen lo mismo, y otros miles, ya sin dinero para seguir pagando los cinco córdobas del pasaje de las rutas piratas, avanzan a pie a orilla de la carretera, unas pidiendo “ride” y otras, resignadas, acelerando el paso rumbo a casa.
Una de ellas, María de los Ángeles Rodríguez, suda copiosamente pero no se detiene ni para hablar.
Va al barrio La Fuente y quiere llegar al sector de la Rolter antes de las seis, ya que a esa hora sale un señor que va para el Mercado Huembes y le da “ride” en una moto.
Hoy, ella caminó más porque la muchacha que habría de prestarle los cinco córdobas del pasaje, se le perdió entre la muchedumbre que sale como hormigas de las maquilas a buscar las últimas rutas piratas del día.
“Tal vez se me escondió, pero pobrecita, toda la semana me ha prestado”, dice, mientras ríe y suda sin dejar de caminar.
Detrás de ella, y delante, se forman hileras multicolores de personas que caminan a orilla de la carretera, ante la ausencia de los buses que desde hace tres semanas dejaron de circular en espera de un aumento del precio del pasaje.