Ligia Chamorro
Ante la elección del nuevo Papa, cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI, se alzan las voces de la izquierda con críticas y desilusiones, calificándolo de “duro”, “intransigente”, “mano de hierro”, todo porque fungió como director del Santo Oficio de la Inquisición, hoy Congregación para la doctrina de la fe, cargo que presidió durante 20 años. La desilusión de las voces izquierdistas se debe a la firmeza del nuevo Papa al defender la pureza del dogma y la moral que enseña la santa Iglesia de Dios.
Sin embargo esas voces olvidan por completo, desconocen o no pueden entender que la Iglesia guiada por el Espíritu es columna y soporte de la verdad, capaz sin desfallecer de guardar el depósito de la santa palabra recibida de Jesús a través de los apóstoles, es decir, de explicarlas y enseñarlas sin error.
Jesús vino al mundo para mostrarnos al Padre, para sacarnos de la oscuridad del pecado, pagando con su vida las culpas de la humanidad. Para señalarnos el camino que mediante la fe en Él y el cumplimiento de lo que Él exige, podamos alcanzar la felicidad temporal y eterna. Él no vino al mundo para complacer el mundo: “No crean que he venido a traer paz, no he venido al mundo a traer paz sino lucha”, dice Jesús en Mateo 10.34.
Todos los Pontífices que han existido, aún aquellos que no fueron santos, jamás se equivocaron en asuntos de doctrina ni contradijeron verdades dogmáticas ni aceptaron cambios a la moral, aunque se separaran reinos y algunas veces significara morir.
El actual Pontífice, así como todos los que vengan después tendrán también que luchar contra el mundo con la fuerza que les da la promesa: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia y lo que su escogido ate en la tierra, atado quedará en el cielo y lo que desate en la tierra, desatado quedará en el cielo”.
Hoy existen determinadas luchas en el mundo propias de nuestro tiempo, como existieron a través de dos mil años de historia infinidad de luchas de todo calibre y magnitud, pero el Espíritu de Dios, que asiste a la Iglesia, la ha mantenido y la mantendrá hasta el final de los tiempos.
Las mismas voces que critican la fuerza de las actuaciones del nuevo Pontífice, a lo largo de su fecunda vida, vaticinan no sin cierta oculta satisfacción, que si la Iglesia no se mediatiza y cede ante las presiones del mundo va hacia un despeñadero.
¿Cómo pueden expresar esa opinión después de haber visto la sed de Dios que tienen las multitudes y en especial los jóvenes de todo el planeta? ¿qué les ofrecía Juan Pablo II? ¿les ofrecía libertinaje? ¿les ofrecía armas y revoluciones? ¿les anunciaba un Mesías político?
El mundo está sediento de la verdad, pero los que no quieren conocer la verdad le preguntarán a Jesús, como le preguntó Pilatos: ¿Qué es la verdad? Y él no les responderá.
La autora es creyente católica.