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En el Día del Idioma
Hoy, 23 de abril, se celebra en todo el mundo hispanohablante el Día del Idioma Español, como un merecido homenaje al autor de Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra, quien murió en este día del año 1616.
Cabe recordar a propósito de esta celebración lo que dicen algunos sociólogos expertos en idioma: que el empobrecimiento del lenguaje está relacionado con las tragedias sociales que sufre un país, porque de allí se deriva uno de los más graves problemas contemporáneos como es la falta de cumplimiento de las reglas y la impunidad de su incumplimiento.
Uno de los peores males contemporáneos es el agravamiento de la violencia: de las protestas callejeras, en las familias y las relaciones conyugales, en la acción delincuencial, en la política, etc. Esta violencia es incitada directamente por el lenguaje empobrecido, intolerante y agresivo. Inclusive los gobernantes —quienes deben ser para la nación como son los padres para la familia, y predicar con el buen ejemplo—, usan un lenguaje deplorable.
El lenguaje es el medio natural y fundamental de la comunicación humana. Y apropiadamente empleado es un medio de culturización y de crecimiento social e individual. ¿Acaso las personas que mejor hablan y escriben no son por lo general las más educadas, respetuosas y respetadas? Inclusive se asegura que en el lenguaje hay un hálito divino y que por eso es el mejor instrumento del amor en todas sus expresiones: filial, conyugal, sexual, solidario, etc. “De lo que abunda en el corazón habla la boca”, se dice en el Evangelio según San Mateo. Al contrario, el empobrecimiento del lenguaje significa la degradación de la condición humana.
Por otro lado, aseguran los lingüistas que las palabras que no se usan se pierden definitivamente. Y señalan que es muy preocupante que teniendo la lengua española unos 85 mil vocablos, en nuestros países en general no se usen ni siquiera mil. Sobre todo las nuevas generaciones hablan y escriben muy mal. Esto es parte de la crisis general que sufre el país, que ha envilecido todas las expresiones culturales, incluida la lengua que es la primera marca de identidad.
Una sociedad en la que se habla mal tampoco se puede pensar ni actuar bien. Perder las palabras es como perder los dientes, dice el escritor español Juan José Millás, con las inevitables consecuencias negativas que son predecibles tanto para el pensamiento como para el estómago. “Con esos dientes que llamamos ‘palabras’ masticamos la realidad para digerirla y comprenderla”, enfatiza Millás, de modo que es muy importante hablar y escribir bien puesto que “la lengua que habla una sociedad es fiel representación de su modo y calidad de vida. Leer bien y escribir correctamente constituyen el único camino para recuperar la capacidad de pensamiento y de sensibilidad de una sociedad”, asegura el literato español.
No hay justificación para hablar mal, para incomunicarse debido al pobre y mal uso de las palabras en vez de entenderse mejor con su correcta utilización. El pueblo de Nicaragua —que tiene una antigua y muy bien reconocida tradición literaria, en la que deslumbra al mundo hispanoparlante el genio y la obra de Darío—, no tiene derecho ni justificación para mal expresarse verbalmente ni por escrito. Y menos tolerable aún es que los medios de comunicación social, y más bien dicho, los periodistas —para quienes el lenguaje es precisamente su herramienta de trabajo diario— den lamentables demostraciones de pobreza del lenguaje y mal eduquen a quienes los escuchan o los ven en televisión, radio y periódicos.
La prensa escrita en particular tiene una gran responsabilidad con el uso del idioma. El periodismo, se dijo en un simposio sobre la relación entre el periodismo y el lenguaje —que se celebró en el año 2000 en el Monasterio de San Millán de la Cogolla, el lugar donde nació el idioma castellano hace más de mil años—, en el cual participó LA PRENSA de Nicaragua, es la mediación por excelencia entre la lengua escrita y la hablada. De allí que la responsabilidad de los periodistas sea muy delicada, pues “pueden convertirse en instrumentos de perfección del lenguaje o en culpables de su empobrecimiento”.