Mercedes Gordillo
Frente a las pantallas de TV, siguiendo la espléndida vida, obras y últimas horas de agonía de Su Santidad Juan Pablo II. Como nicaragüense sentí una profunda conmoción al rememorar la escena inolvidable del perdón del Papa hacia Ali Agca, el hombre que quiso quitarle la vida un 13 de mayo, día de la Virgen de Fátima. Alí Agca ni siquiera tuvo que transportarse hasta el Vaticano, fue el mismo Papa quien lo visitó en la cárcel. El perdón más espiritual y humilde que registra mi memoria. Nos enseñó la manera del perdón cristiano: otorgarlo aún sin que se lo pidan.
También debemos agradecer profundamente las dos visitas a Nicaragua de Su Santidad, una noche oscura y otra a pleno sol. Acaso esas visitas apresuraron la beatificación de nuestra futura santa Sor María Romero, el 14 de abril del 2002, tercer aniversario próximo a celebrarse.
Perdonar es una virtud difícil que deberíamos practicar con más frecuencia en Nicaragua. Es quizás una de las hazañas más heroicas que puede realizar el ser humano, requiere entre otras cosas: mucha humildad, valentía, decisión. Si se ha ofendido: arrepentimiento sincero, e intención de no volver a ocasionar el daño.
En el utópico caso de que aquí se llegara a devolver dinero mal habido: mansiones, efectivo, etc. (lo que parece un sueño mágico, casi un cuento de hadas), tal vez las cosas comenzaran a cambiar. Pero en estos tiempos los robos son cada vez más grandes y siniestros. Se roba la honra, el dinero, la dignidad, la inocencia y aún la propia vida. “La caprichosa vida” de Agustín Lara, que solamente la puede quitar Dios.
Digamos que aquí no hay nadie que tire la primera piedra, o sea, deberíamos perdonarnos unos a otros, aunque sea por robarnos el tiempo. Ricos y pobres estamos manchados y lo que es peor, nos dejamos manchar sin protestar.
Políticos, dictadores, pandilleros y otros mafiosos cometen delitos por los que deberían pedir perdón setenta veces siete y tal vez esa cifra es poca.
Pedir perdón y tratar de olvidar, puede que no sea tan difícil como parece. Es cierto que tomar la decisión es angustioso, se mezcla el orgullo con el dolor de la ofensa, pero una vez que uno dice sí, puede hacerlo valientemente. Creo que las razones más difíciles pueden ser entre otras: Quitar la vida, robar dinero, la mujer a otro, la honra, la herencia a familiares; calumniar y dejar a la persona y su familia sin futuro, mentir todo el tiempo para volarse a los demás, lo peor, lo más horrible, no querer a nadie, ni a los pobres, ni al mismo Jesucristo.
Estas líneas parecen mandamientos, pero son cosas muy comunes aquí y en otras partes. En todo caso pedir perdón es de lo más sabio, humilde y saludable que podemos hacer. Entre otras cosas: dejamos de sentir y fomentar odios feroces, rencores insoportables, amarguras, depresiones, un estado de vida infernal que sufre el ofendido también.
Si pronunciamos la palabra perdón con honestidad y serias intenciones de no volver a cometer los mismos u otros delitos parecidos, les aseguro que se sentirán tan ligeros como una pluma leve y en paz.
Si yo fuera delincuente, política o ex presidenta malvada, trataría de reparar agravios confesándolos públicamente (dependiendo del caso, pues no hay que escandalizar), si es dinero, trataría de devolverlo haciendo buenas obras, aunque fuera secretamente.
Aquí las cosas se olvidan fácilmente, la memoria es flaca. Los ofensores hasta pueden obtener admiración por sus canalladas y también por la gallardía de conocer sus culpas.
Ya no creo que ladrón que roba a ladrón tenga cien años de perdón. Quién sabe de dónde salió ese dicho, porque robar es robar. Los cien años de perdón son más que toda una vida.
A mí me ha tocado perdonar y ojalá ser perdonada como persona, escritora, crítica de arte… pedir perdón y perdonar es muy bello y demuestra amor.
No olvidemos el consejo de Jesús que nos recomendó: “Ámense los unos a los otros”. Creo profundamente que perdonar, olvidar y amar de nuevo, tal vez es dificilísimo pero no imposible. Es mejor intentarlo decididamente como lo hizo Su Santidad Juan Pablo II.
La autora es escritora nicaragüense.