Ana María Ch. de Holmann
No es una mera coincidencia, ni una virtual casualidad. Tampoco podemos negar la realidad de las circunstancias que rodearon los últimos momentos en la muerte de este Siervo de Dios. Su Madre, María Santísima, a quien Juan Pablo II se declaró “todo suyo” lo lleva de la mano un primer sábado —día dedicado a Ella— a la presencia de su Hijo precisamente en la víspera de la festividad de la Divina Misericordia, festividad que el mismo Papa Juan Pablo II instituyó hace cinco años por instancias de las revelaciones de Santa María Faustina Kowalska el 2 de abril, fecha en que el Pontífice parte hacia los brazos amorosos del Padre Misericordioso.
En la tarde del viernes el Papa se une a la agonía de Cristo en la Cruz y pide meditar el Vía Crucis junto a sus apóstoles que le rodean acompañándole en sus últimos momentos. Su última palabra: Amén, que quiere decir, así sea tu voluntad. Desde que Karol Wojtyla, al igual como el padre Abraham dijo sí al sacrificio con estas mismas palabras: “Aquí estoy ¡Oh Dios! para hacer tu voluntad”, siguió con fortaleza, firmeza, constancia, tenacidad y valentía por el camino trazado por los designios divinos guiados por una mano misteriosa, hasta el umbral, hasta donde sólo Él sabe.
Juan Pablo II dejó su huella a su paso, trayendo en sus sandalias tierras extrañas, hoscas, rebeldes y contradictorias. Pero a su paso también abrió puertas, cayeron estrellas rojas y se derribaron muros. Él fue el peregrino de la paz, el peregrino de la cruz, la que lleva el perdón y el amor.
Esta cruz de su enfermedad por su largo caminar se volvió aún más dura y pesada, sin embargo, la llevó con paciencia, alegría y resignación, sin esconderla ni avergonzarse de ella ante el mundo, hasta perder la voz, al igual que Zacarías quien recuperó la suya al nacer su hijo y exclamó : “Juan se llama”. Y Karol Wojtyla escuchó el llamado de Yavé al decirle su nombre: “Juan ¡levantaos! ¡vamos!” Y él lo siguió.
Esas sandalias de peregrino un día trajeron Tierra Santa y a su regreso el caminante escribió: “Lugares de la Tierra Santa, no sé cómo guardaros aquí dentro, dentro de mí. No sé cómo pisaros, no puedo: arrodillarme quiero ante vosotros. Doblo la rodilla y callo. Algo mío te quedará, tierra, te quedará mi silencio. Y mientras tanto te llevo dentro para ser como tú, lugar de testimonio. Me voy, me marcho como testigo, me voy para atestiguar lo que ha pasado a través de los milenios”.
En su agonía, quizás Juan Pablo II meditara en el Vía Crucis que le pidiera a nuestro gran poeta cristiano Pablo Antonio Cuadra y que su Santidad rezara en la Basílica de San Pedro, aquel Viernes Santo del año 1987, y que ahora, viernes 8 de abril estamos viviendo con el representante de Cristo en la tierra con la XIV Estación: “Jesús es bajado al Sepulcro” lo que también tiene un mensaje de alegría y esperanza en la promesa que : “Cristo es la puerta de la vida”: la Resurrección.
Y PAC reza así:
“Esta es la hora de la soledad y la pesadumbre.
Oh hijos de los hombres-esposas, madres, huérfanos, corazones deshechos
que regresan de los cementerios.
¡Enjugad vuestras lágrimas! ¡Esta es también la hora de
la victoria definitiva!
El Señor de la Vida ha sido colocado en el sepulcro.
Vuelve su madre, vuelve Magdalena y la otra María.
Vuelven sus amigos y discípulos. Lloran en silencio.
Pero ésta es la hora en que la fe se hace esperanza.
Al tercer día, al alba, los ángeles removerán la piedra
y el Señor anunciará su triunfo.
—No fue bajándose de la cruz
sino saliéndose del sepulcro que ganó su victoria.
¡Oh Señor Jesús: te hemos acompañado en tu pasión:
concédenos que te acompañemos también en tu resurrección!
Levantad, pues los corazones, hijos de los hombres:
“porque esto corruptible tiene que revestirse de incorrupción
y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad!”
Tenemos en el cielo un Santo más que vela por Nicaragua y la ama.
La autora es Católica, Apostólica y Romana.