Róger Matus Lazo
La historia de la sociedad humana es la historia de las desigualdades en las relaciones entre hombres y mujeres. De niño, crecemos y nos desarrollamos en un entorno en el que, consciente o inconscientemente, asimilamos de nuestros padres y mayores sus valores. Muchos estudios reafirman el hecho de que los niños desde la edad de tres o cuatro años aprehenden las diferencias sociales y a los siete u ocho años los incorporan como formas de conducta y juicios de valor. A los nueve o diez años, los niños tienen ya una idea estereotipada del varón y de la mujer, que no cambia tan fácilmente.
NUESTRA HERENCIA DE CARÁCTER PATRIARCAL
A lo largo de siglos hemos heredado, sin haberlo superado en mucho, un sistema de valores en el que se evidencia un pretendido dominio del varón y un papel social de la mujer por una parte reducido sobre todo a su condición de madre, esposa y ama de casa y, por otra parte, a un objeto de consumo sexual. En las sociedades modernas, desarrolladas y progresistas, la mujer ha logrado importantes escalones de emancipación; sin embargo, a la par de ser una profesional, sigue asumiendo casi siempre sin la participación del esposo, la responsabilidad del cuido de los niños y en general los quehaceres domésticos.
¿Cómo refleja el ser humano esta cosmovisión, es decir, esta manera de interpretar la realidad? Por medio del lenguaje. Por ejemplo, la historia nos ha demostrado que el empleo de títulos, cargos y tratamientos ha estado condicionado por la valoración social. Por eso antiguamente se decía la mi señor, la infante, etc., porque la mujer había estado relegada desde épocas lejanas. Una mujer no podía desempeñar el cargo de presidente de la República, ni siquiera tenía la opción de hacer zapatos, y se conformaba con ser “presidenta”, es decir esposa del presidente, o “zapatera”, esposa de quien sí podía hacer zapatos. La protagonista de una obra de Federico García Lorca es la mujer de un zapatero, por eso el gran dramaturgo la tituló La zapatera prodigiosa.
Cuando los hablantes emplean una palabra como “mujer pública”, cuyo uso les ha asignado la acepción de “prostituta”, no buscan la manera de recuperar su sentido en la acepción noble, como se aplica al varón (hombre público> “que tiene presencia e influjo en la vida social”). En este punto, es alentador sin embargo que algunos vocablos van adquiriendo, con el tiempo, nuevas acepciones acordes con la realidad actual. Es lo que ha sucedido por ejemplo con voces como presidenta y alcaldesa, las cuales han pasado de designar “mujer del presidente” y “mujer del alcalde”, respectivamente, a designar “mujer presidente” y “mujer alcalde”. O la designación de las profesiones y oficios ejercidos por mujeres: cirujana, arquitecta, médica, ganadera, carpintera, etc. Falta todavía mucha caña que moler. Repárese, por ejemplo, en el par de voces “secretario” y “secretaria”. Si es varón, se piensa en un “secretario” que ejerce funciones autónomas de cierta relevancia, según el caso; pero si se habla de “secretaria”, se piensa por lo común en la mujer que ejerce funciones auxiliares a las órdenes de un jefe.
Afirma Álvaro García Meseguer que “la lengua es un reflejo de las ideas, usos y costumbres de generaciones anteriores”. A través de la lengua, muchas veces podemos enterarnos cómo piensa y siente el individuo y el grupo social al cual pertenece. Grandes lingüistas y pensadores en general convienen en que nuestros conceptos, nuestras creencias, nuestra conducta, nuestra manera de aprehender la realidad están determinados de alguna manera por el lenguaje. Heidegger decía que “no somos nosotros quienes hablamos a través del lenguaje sino que es el lenguaje el que habla a través de nosotros”.
LA ACTITUD MACHISTA DE LOS HABLANTES FRENTE A LA LENGUA
Ludmila Damjanowa en su interesante obra Particularidades del lenguaje femenino y masculino en español (1993), afirma de manera explícita:
Las actitudes lingüísticas no son innatas, sino un resultado de la socialización, o sea, el proceso por medio del cual las personas internalizan juicios, valores, actitudes y expectativas en una cultura específica.
En muchas ocasiones se ha criticado al Diccionario de la Academia de ser machista. Sin embargo, un diccionario es un catálogo, un libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces empleadas por los hablantes de una lengua determinada. A la Academia no le queda otro recurso que incorporar en el Catálogo Oficial lo que está en uso. Por eso, en declaraciones al diario “Ya” de Madrid del 9 de agosto de l981, el secretario de la Real Academia Española, don Alfonso Zamora Vicente, afirma:
La Academia no dice las cosas que tengan que ser así, no manda. Lo que hace es recoger los usos. Y solamente recoge los usos cuando están realmente arraigados, cuando tienen una valía en la lengua.
El DRAE registra zorra con la acepción, en sentido figurado, de “prostituta”. ¿Por qué? Porque seguramente los hablantes han llamado así, entre otras denominaciones, a la “mujer que mantiene relaciones sexuales con hombres, a cambio de dinero”. ¿Por qué no llamar zorro, entonces, al “hombre que comercia con su cuerpo a cambio de dinero”? Porque, salvo algún “zorro” escondido en su propio piñal, no hay hombres que se dedican a este “oficio”. El DRAE registra también sátiro que en sentido figurado significa “hombre lascivo”, es decir, “propenso a los deleites carnales”. Sin embargo, no incluye el término “sátira” con esa acepción, pese a que hay también mujeres lascivas.
De todas maneras, lo anterior no es más que un reflejo de la actitud machista frente al idioma que vale la pena erradicar. Compárese, por ejemplo, la diferencia entre hombre honrado u honesto (hombre correcto en los negocios) y mujer honrada u honesta (mujer recatada, de honor intachable). Un hombre de mundo es el que “trata con toda clase de gentes y tiene gran experiencia y práctica de negocios”; en cambio, una mujer mundana es una “ramera”. Un cualquiera es un individuo sin oficio ni beneficio; pero una cualquiera es una mujer de mala vida. Señalemos dos ejemplos tomados del habla nicaragüense: sobrado y entrador. Estos adjetivos, cuando se refieren a un hombre, no aluden en absoluto al sexo. El primero significa “confianzudo” y el segundo se refiere a un tipo “simpático”, agradable en la relación con los demás; una mujer sobrada, en cambio, significa que “se ofrece a los hombres”, y una mujer “entradora” es aquélla que “se insinúa en sólo la entrada”. Por último, piénsese en la diferencia entre puta y puto. (Digámosle puto al oído a un hombre, aunque no lo sea, y veremos cómo sentirá mucho gozo en su interior y hasta sonreirá discretamente en señal de asentimiento o simplemente para hacernos creer que es cierto).
Lo anterior constituye una muestra de los duales aparentes que, como afirma Álvaro García Meseguer en su obra pionera en el tema ¿Es sexista la lengua española?, son “expresivos de los valores sociales” que las sociedades de hábitos patriarcales revisan a la luz de una nueva concepción de las relaciones entre hombres y mujeres. Son formas de conducta —rémoras— que entorpecen nuestro rumbo como seres en desarrollo y que no desaparecen de la noche a la mañana, pero que significan para las sociedades modernas un reto, un desafío insoslayable que se deben enfrentar con inteligencia y decisión. El autor citado nos recuerda que un cortesano era un hombre de la corte, mientras que una cortesana era una prostituta de elevado rango social; el favorito era el político preferido del rey, pero la favorita era la amante preferida del rey. En la última edición del DRAE ya no figura la acepción específica para cortesana o favorita. Sin embargo, como una reminiscencia de aquella lejana época, se oye en nuestro medio el término “preferida”, para aludir a la mujer de preferencia entre otras que un hombre se ufana en poseer sentimentalmente.
Nuestro idioma no es machista, sino la actitud que asumimos los hablantes frente a la lengua. A veces, las cosas llegan al extremo, como cuando una mujer le dice a otra: “¡No, hombre!” O cuando un hombre le dice a otro: “¡Es tronco de hombre esa mujer!”
El autor es Miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua