Edwin Somarriba Ch.
Pero ninguna mujer amó tanto a Jesús como la pecadora que le ungió con óleo de nardo y le bañó con sus lágrimas en casa de Simón. Todos tenemos presente el hecho. La imagen de la llorosa, sueltos los cabellos sobre los pies del caminante, sobrevive en todas las memorias.
Ella entra en silencio en casa de Simón con un vaso de alabastro, ya no es una pecadora. Miró, oyó y contempló a Jesús y ya no es una meretriz. Su voz la estremeció. Aprendió que hay un amor más dulce que la voluptuosidad, una pobreza más rica.
Su alma cambió y toda su vida, su carne ahora es casta, su mano es pura, sus labios ya no saben de la acidez del minio.
Está dispuesta, según la promesa del Rey para entrar en el Reino. Sin esa promesa no se puede entender la historia. Quiere recompensar con algún agradecimiento a su Salvador. Y toma una de las cosas más preciosas, óleo costoso para los cabellos de su Rey.
Su primer pensamiento es de gratitud. Su acto es público. Quiere agradecer ante todo el mundo a Aquél que limpió su alma, que resucitó su honor, que la apartó de la vergüenza, que le dio esperanza que sobrepuja a todas las alegrías.
Entra con su alabastro cerrado, apretado contra el pecho, tímida y cautelosa. Sosteniendo la vasija de perfume, sin hablar y alza los ojos tan sólo un momento, que basta para ver entre el batir de sus párpados, dónde descansa Jesús.
Se acerca al lecho, temblándole las piernas, manos, párpados y rodillas, porque siente que todos le miran que están fijas en ella las pupilas de tantos hombres curiosos de su cuerpo ondulante, de lo que va a hacer.
Vierte la mitad del óleo sobre la cabeza de Jesús. Las gruesas y pesadas gotas brillan sobre los cabellos como gemas líquidas. Toda la estancia se llena de aquel aroma, todos se quedan estupefactos.
Ella en silencio agarra el vaso abierto y se arrodilla a los pies del portador de la paz, vierte en la palma de la mano el óleo y unge poco a poco, el derecho y el izquierdo, con la atención delicada de una madre que lava por primera vez a su primera criatura.
No resiste más, no se puede sostener, no consigue contener por más tiempo la ola de ternura que le aprieta el corazón, le agarrota la garganta, le hincha los ojos. Quisiera hablar para decir que su agradecimiento es un puro, simple, cordial agradecimiento, por el bien que recibió, por la nueva luz que le abrió los ojos.
Pero, ¿cómo hallar en aquel momento, ante todos aquellos hombres las palabras que debiera expresar de la inmensa gracia, dignas de Él? Por otra parte, los labios le tiemblan de tal suerte, que no podría pronunciar dos sílabas, no sería su discurso sino su balbuceo roto por los sollozos.
Habló con los ojos: sus lágrimas caen una a una, rápidas y tibias, sobre los pies de Jesús, como otras tantas silenciosas ofrendas de su reconocimiento. Aquel llanto libra a su corazón de la opresión, sus lágrimas refrescan su pena, no ve ni siente nada.
Llora y piensa en su carne manchada por los hombres. Pero sus lágrimas son al propio tiempo de alegría y de consuelo. No llora únicamente su vergüenza ya redimida, sino por la demasiada dulzura de la vida que empieza de nuevo.
Llora su castidad rescatada y su alma reconquistada. Todo es de alegría del segundo nacimiento, del júbilo por la verdad descubierta por la conversión repentina, por el hallazgo de su alma que parecía perdida, por la esperanza que la sacó de la suciedad para elevarla a la iluminación del espíritu.
Le unge para la muerte y la sepultura, Jesús, que entrará en Jerusalén sabe que aquéllos son los últimos días de su vida. “Ésta, dice a los discípulos, vertiendo tal perfume sobre mi cuerpo, me prepara para la sepultura”. Todavía vivo lo embalsamó la piedad de una convertida.
Cristo recibió antes de morir un tercer bautismo: infamia, ofensa suprema, los soldados del Pretorio le escupirán a la cara. Pero entretanto, recibe el bautismo de la gloria y el bautismo de la muerte. Es ungido como Rey, que triunfa en el Reino Celestial y perfumado como cadáver que será puesto en la gruta.
El símbolo de la unción reúne los dos misterios gemelos: el del Mesianismo y la Crucifixión. La pecadora tiene acaso un pensamiento confuso del terrible sentido de aquél anticipado embalsamiento.
Y ahora, los pies del Libertador están húmedos de llanto y la sal se mezcló con el perfume del nardo. Ella no sabe cómo enjugar aquellos pies que sus ojos han regado.
No lleva consigo un paño y su túnica no le parece digna de tocar la carne de su Señor, entonces piensa en sus largos cabellos y con ambas manos enjuga lentamente los pies de su Rey. Ya cesó de llorar. Todas sus lágrimas derramadas y terminó su papel, pero sólo Jesús comprendió su silencio.
El autor es Periodista y Licenciado en Ciencias Jurídicas, Políticas y Diplomacias. Relacionista Público de la Asociación de Consumidores de Masaya (Acodema).