“Antes me cansé yo de pecar, que Él de perdonarme (Santa Teresa de Ávila)

Ana del Corazón de Jesús Zavala Cuadra

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“Antes me cansé yo de pecar, que Él de perdonarme (Santa Teresa de Ávila)


Ana del Corazón de Jesús Zavala Cuadra




Esa frase de santa Teresa de Ávila es una invitación para esta Semana Santa. Ella nos la hace desde la comunión de los santos donde ella habita y desde ese cielo que es vida eterna nos dice: “miren que yo dije eso en la tierra y lo dije por experiencia”.

Así es. Escrito está desde los comienzos de la Biblia: después del pecado, Dios no se aleja, sino que ayuda y protege. Hagamos un recorrido por los comienzos del Génesis.

Adán y Eva se dejaron tentar. Ambos como pareja dieron la espalda a quien les estaba regalando la vida, y vida que no se acaba. Luego de la caída, hay juicio: ellos saben que están desnudos y tienen vergüenza.

Pregunta: “¿Cómo saben que están desnudos…? Sí, hay juicio. Pero Dios, no maldice al ser humano, maldice al adversario: enemistad pondré entre tu linaje y su linaje…”

Lo que hay para el ser humano es la promesa. El linaje es Jesucristo que nacerá de María. Caín mató a su hermano Abel. Después del pecado de Caín, sus relaciones con la tierra quedaron profundamente alteradas. Hay juicio, pero Dios lo marcó con la Tau —una misteriosa relación de salvaguarda entre Dios y él —. Caín, como Adán, huía de Dios. Huía, pero Dios no lo abandonaba, sino que lo guarda como cosa propia y lo protege contra la posibilidad de ser muerto.

Lo que hay para el ser humano es una seguridad: no te voy a abandonar nunca. El mal cundió en el mundo. Después de la expansión del pecado viene el diluvio. Allí el juicio y el aviso de que es posible perder la vida. Pero Dios establece un nuevo punto de partida a raíz del mismo juicio: introduce al ser humano en un mundo ordenado de nuevo en el que embarca a Noé con la familia.

Todo respaldado con hechos que nacen de la paciencia de Dios. Hay un mayor poder de gracia y de perdón. En el arca se entra, como se entra en la Iglesia, pero también es de notar que la puerta se cierra. Hay un término. Un final que me obliga hoy a tomar una decisión frente a mi Dios. Una decisión que tiene que ver con el destino final de mi vida.

Y después llega Babel que es un masivo crecimiento del pecado, un alejarse el ser humano — cada vez más— de su Dios. Babel muestra cómo entre Dios y los hombres se va abriendo un vacío cada vez más amplio. El resultado es la dispersión, el fraccionamiento de la unidad humana.

Hay un juicio: los hombres no se entienden entre sí. Hablando el mismo idioma, no se comprenden. No pueden comunicarse. Pero Dios llama a Abraham. Como una mujer borda una tela, fue llevando Dios los acontecimientos en la vida de Abraham hasta que pudo escucharlo.

Y Abraham se puso en pie en medio del mal. Creyó en Dios. En medio de una progresiva deterioración de las relaciones del ser humano y Dios, Abraham se levantó y Dios lo bendijo. Dios bendijo a Abraham y en él a todos los linajes de la tierra. También a nosotros, hoy, en esta Semana Santa, aquí en Nicaragua.

La autora es religiosa

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