Semana para reflexionar

Jaime E. Rodríguez R.

Los nicaragüenses debemos aprovechar esta Semana Santa para, además de meditar sobre nuestras vidas, reflexionar sobre el futuro de Nicaragua a la luz de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor.

Debemos releer la actitud de Jesús de asumir las consecuencias de su destino al confesarse Hijo de Dios. Sin ningún temor es capaz de aceptar el delito por el cual se le acusa. En cambio, qué tristeza es ver en nuestro medio como personas quienes sabemos son inteligentes y capaces no tienen la valentía de externar su propio criterio y sus propias convicciones por el temor de caer en desgracia con sus líderes. La cobardía de perder su estatus, su puesto o las prebendas los hace caer ante la pesada cruz de la alienación. ¡Cómo se acobardan, al igual que Pilatos, ante la amenaza de que si pensás así o hacés eso, entonces no eres amigo del César!

¿Qué decir de Judas? Se ha puesto tan en boga en nuestra coyuntura política. Judas es quien actuando y siguiendo sus propios intereses se aleja de la visión y la exigencia de todo un pueblo: la democracia. Judas es el que engañó al pueblo nicaragüense en su anhelo de libertad y lo sometió a la autarquía. Judas es el que irrespetando la soberanía y voluntad del pueblo, le da el poder a quienes sabiamente los nicaragüenses no se lo hemos querido dar a través del voto. Por eso, cada vez que se les oye en sus discursos haciendo apología de sus pactos es como que nos dijeran: “¡Salve Nicaragua, adivina quién te pegó!”.

Cuánta razón tenía Caifás al decir: “Conviene que muera un hombre por todo el pueblo”. Los nicaragüenses por el contrario siempre estamos sacrificando a todo un pueblo por uno o por dos líderes. Ya en nuestro pasado reciente sacrificamos a nuestra juventud. ¿Hasta cuándo estamos dispuestos a seguir con este absurdo? ¿hasta cuándo vamos a permitir que la historia de nuestra querida Nicaragua sea una historia de represión y de persecución y no una historia que eduque para la libertad?

Es triste ver cómo en Nicaragua la ley se ha convertido en el nuevo instrumento de represión, tan efectiva como el Garand o el AK; cómo jueces y magistrados se han calzado la bota del militar para cumplir las órdenes de ejecución contra la libertad.

Ante la pregunta de que a quién soltamos, si a Jesús o a Barrabás, ¿a quién soltamos? A Barrabás el revoltoso, el que cree en la violencia, el asesino de la plaza, el que cree en las armas como solución. ¡Barrabás el corrupto! Nuestras voces cuántas veces se han sumado al clamor de la muchedumbre enardecida que siempre grita: “a ese no, a Barrabás”. Poco a poco los nicaragüenses nos acercamos al momento de volver a elegir al que guíe los destinos de nuestra nación. ¿A quién vamos a soltar? ¿seguirá nuestra voz uniéndose a la aclamación de la injusticia mientras condenamos a un pueblo inocente?

Siempre hablamos y exigimos democracia. Pero ¿qué hacemos cada uno de nosotros para contribuir a forjar día a día ese sueño tan caro para nosotros? En las elecciones decidimos no ir a votar, manifestando así nuestro descontento con quienes gobiernan el país. Sin embargo, sin saberlo caemos en el juego de quienes precisamente eso es lo que buscan, que no participemos, que no elijamos para que no demos ninguna sorpresa y no podamos cambiar la suerte de esta nación. Somos discípulos en la oscuridad y clandestinos de la democracia al igual que Nicodemos y José de Arimatea. Ojalá que al final siquiera hagamos lo de este último que se atrevió a salir de su clandestinidad a pedir el cuerpo sin vida de Jesús. Ojalá que podamos salir al rescate de nuestra democracia casi sin vida, la recuperemos y la resucitemos si es preciso.

Que Dios bendiga y proteja a Nicaragua.

El autor fue seminarista, es administrador y abogado

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