Don Quijote de La Mancha en la Casa Blanca

Álvaro Lacayo Argüello

La literatura recoge los espejismos de la vida de igual manera que la “ficción” se zambulle en los vaivenes de la realidad. La una se convierte en la sombra de la otra, en una etérea indefinición de límites, y así como el viento acaricia los “aparejos” de un velero para dirigirlo en la infinitud del océano, la fantasía también se desdobla “palindrómicamente” entre los avatares de la cotidianidad con la que imperceptiblemente se funde y se confunde o bien sigilosamente se intercambia.

La novela es ese género creativo privilegiado que nos permite atisbar en las honduras del alma humana, y a través de sus tramas y figuraciones nos dibuja los complejos “entresijos” y “jaloneos” de la personalidad del ser.

Inventor “perínclito” de “arpegios” biográficos, jocoso imaginista y “pergeñador” de ingenios, Cervantes dio a luz hace 400 años (1605) una obra que sólo la Santa Biblia ha superado en lenguas traducidas y cuyo personaje central se convirtió en parodia universal de la nobleza de espíritu que puede alcanzar la criatura humana, hasta el punto de verse recreada en la versión apócrifa de un tal Avellaneda, quien en 1614 quiso acreditar su nombre como autor-impostor de la segunda parte del Quijote, dándole a nuestro hidalgo una notoriedad como si fuera ya la personificación misma de Hércules o el doctor Fausto.

Pasa y traspasa la posteridad nuestro preclaro manchego de los solares de Montiel en su natural figura de varón cincuentón madrugador y temerario como pendón y emblema mismo del fuero augusto del fervor y la entereza necesarios para transitar los escabrosos “periplos” de la mortalidad.

El doctor “Johnson”, se lamentaba de que la novela fuera tan corta, y a pesar de sus más de mil planas originales, él hubiera deseado seguirla leyendo. El Ingenioso Hidalgo fue el único libro de su “enjundiosa” vida de avidísimo crítico y lector que siempre quiso que tuviera más páginas, y al igual que Dostoiveski, creyó intuir que en el género del homo sapiens la clasificación antropológica más sencilla sería catalogar a aquellos que hubiesen leído el Quijote de “cabo a rabo” alguna vez en su vida y los que lo leyeran más de una vez. Tomaba tan en serio esta división taxonómica el novelista ruso que se atrevió a decir que a la hora de nuestro juicio final bastaría con mostrar una copia del libro de Cervantes al “gondolero del Hades” para granjearse el pase automático a las huestes celestiales.

Durante el proceso de la creación literaria aparece la participación de una voz imaginaria, cuando uno lee una novela esa voz nos cuenta una historia, la conversación se convierte en un diálogo a tres bandas: el autor, el personaje y el lector y es que quien no ríe leyendo el Quijote es porque no entiende la novela o porque tiene la desgracia de no poseer la facultad de reír, que es la que distingue al hombre de los animales.

La risa es, también, en la propedéutica médica, síntoma de buena salud, que ayuda a las defensas del sistema inmunológico, el cual, bajo la tónica del “buen humor” otorga el privilegio de la longevidad y la plenitud vital, como bien lo pudo comprobar el autor mismo de la novela que nos ocupa, don Miguel de Cervantes, quien al momento de publicar la segunda parte de su obra magna (1615) cifraba 68 años equivalentes a 88 del siglo XXI, a pesar de haber sufrido en carne propia cautiverio, esclavitud en Argel, pobreza, “manquedad” y otras humillaciones que en el común de los mortales hubiera sido suficiente para hacer entregar el alma al Creador en la flor de la existencia.

En una de mis lecturas “regresivas” de la edición del Quijote ilustrada por “Dore”, mientras volaba de Managua a Miami, mi compañero de asiento un poco asustado por el gran calado del libro, y viendo que no avanzaba ni un palmo, no tuvo el empacho de preguntarme en inglés el contenido del volumen que con tanto ahínco leía. En pocas palabras le dije: “la historia trata de un hidalgo aficionado a leer libros de caballería que se vuelve loco y le da por creer que es un caballero andante y sale tres veces de su aldea en busca de aventuras hasta que obligado a regresar a casa, enferma, recobra el juicio y muere cristianamente”. El vecino norteamericano sentado a mi lado, que traía sus manos fornidas llenas de callos de hacer casas en barrios paupérrimos de Managua para la Fundación Aldea Global Hábitat, me quedó viendo con una expresión selvática y abanicando la cabeza como loro dejó de hacer preguntas.

Reflexioné en la insólita vaguedad de mi respuesta, y se amontonaron en mi mente la extraordinaria gama de imágenes que expresa en la novela la infinita sutileza y diversidad de la vida humana, me quedé pensando en el señorío y la majestad que adquiere un personaje cuando se le asigna un “bufón” como interlocutor como es el caso de Sancho Panza, compañero inseparable del Don, que le permite en todo momento pensar en voz alta y ser escuchado con mayor o menor grado de candidez dependiendo de lo bien o mal que le calce a la fantasía del escudero que casi siempre más bien suspiraba por lo más que por lo menos especialmente cuando le hablaba el hidalgo de aquello de ser gobernador.

En materia de psicología femenina el Don reboza de sabiduría y consejos que cultivan el “seco ingenio” del escudero, y así le dice sosegadamente, “entre el sí y el no de una mujer no me atrevería yo a poner una punta de alfiler”, para agregar luego “esa es natural condición de mujer, desdeñar a quien les quiere y amar a quien les aborrece”.

La proeza del Quijote es la de ser actual hoy al igual que hace 400 años. Rubén celebró los 300 años del Don con los Cantos de vida y esperanza que ahora cumplen un siglo, en aquel entonces el vate protestó la aniquilación de España del mapa americano, y ¡de qué manera! con un cuento corto publicado en 1899, después de la voladura del Maine, y titulado D.Q., que concluye así:

“…aquel hombre extraño, que miraba profundamente con una mirada de siglos, con su bandera amarilla y roja, dándonos una mirada de la más amarga despedida, sin que nadie se atreviese a tocarle, fuese paso a paso al abismo y se arrojó en el. Todavía de lo negro del precipicio, devolvieron las rocas un ruido metálico, como el de una armadura”.

Es parodia misma de la realidad, o mordaz ironía quijotesca de carne y hueso al fin y al cabo. En 1901, Roosevelt, el de la Oda de nuestro bardo, sale elegido Presidente a la muerte de McKinley y en 1906 recibe el Premio Nobel de la Paz.

Cavilando una respuesta para el amigo norteamericano que me acompañó en el avión y quiso saber de qué se trataba la novela, pensé decirle: se trata de un “cowboy” justiciero amante de la libertad, que defiende a los más débiles.

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni la mar encubre, por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”.

La libertad es y ha sido el tema central de la novela y de los pueblos del mundo. En abril de 1865, durante la captura de Richmond, el presidente Lincoln caminaba pausadamente hacia el cuartel de Jefferson Davis cuando le salió al encuentro un negro anciano, descalzo y harapiento y quitándose respetuosamente un sombrero pajizo desecho por los roedores, dejó escapar una lágrima invocando al Presidente que parecía Quijote de carne y hueso y exclamó:

“May the good Lord bless yu President Linkum! (Quil Sinor lo bindiga Prisidente Lincun)! as the tall somber President bowed to a former slave so ended 200 years of human bondage”.

El autor es médico.

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