Violeta Reyes de Padilla
La Iglesia Católica tiene dos mil a- ños de haber sido fundada por Jesucristo y es actualmente la institución más antigua y sólida del mundo, respetada por todos y consultada por los gobernantes de las naciones. La Iglesia guarda celosamente las enseñanzas que Cristo le confió y no puede desviarse un ápice en materia de doctrina y de moral.
¿Qué sería hoy de la Iglesia si fuera una institución que navegara según las circunstancias de la historia, al vaivén y antojo de las ideas y caprichos de los hombres? La Iglesia en lo que se refiere a la fe y a la moral, no puede cambiar y por eso mismo es respetada, escuchada y consultada. El Papa Juan Pablo II, su Vicario, es la persona más aclamada, admirada, respetada y tomada en cuenta por la humanidad. Gente de todas las razas y credos lo escuchan. Millones de jóvenes acuden a sus convocatorias y tratan de seguir sus enseñanzas.
Sin embargo, desde algunos sectores Juan Pablo II es continuamente atacado por su postura firme que no cede ante presiones. Es tildado ultraconservador, retrógrado y otros epítetos por medios de comunicación, periodistas y escritores que están a tono con los ateos, marxistas feministas, aberrados sexuales, etc. Estos medios propagan a grandes voces las ideas laicistas, hedonistas de aquellos que quieren tener un mundo sin Dios y sin leyes morales. Se quiere construir una sociedad permisiva que no ponga freno a un libertinaje desmedido, decidiendo por ellos mismos lo que está bien o lo que está mal, no quieren depender de ley alguna. Éstos quieren cambiar a Dios por una vida sin límites y se adhieren a personas e ideologías de moda y al culto espasmódico del sexo que es el reverso de esta realidad humana, bajo el nombre de liberación sexual o erótica.
A finales de la década de los sesenta del siglo XX se comenzó la distribución masiva de preservativos, iniciando así un cambio en la conducta sexual de las personas, especialmente de los jóvenes, con unas consecuencias gravísimas.
A mediados de los ochenta, después de la distribución de condones se detecta el sida. No es una mera casualidad, sino la consecuencia de una transgresión a una ley natural. Entre más permisivismo tengamos en nuestra conducta sexual más enfermedades mortales, como el VIH, llenarán de dolor la vida de muchísimas personas. Recordemos que la naturaleza no perdona los desórdenes.
La Iglesia nunca ha cerrado sus puertas a los homosexuales, como dice Jorge Ramos, siempre los recibe como hijos suyos con comprensión y cariño teniendo en cuenta su dignidad de ser humano. La Iglesia, como buena madre, los guía para que puedan llevar una vida con Cristo. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, número 2358: “Estas personas deber ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta”.
El que no se apruebe el escándalo y ostentación de los que quieren legalizar una relación desordenada, que va contra la naturaleza del orden creado, no es una discriminación.
Un desorden se atiende con medios que ordenen. Así por ejemplo, no solucionamos la situación de los drogadictos, aceptando que el consumo de drogas hay que tolerarlo y promoverlo. Más bien se buscan medios y modos de sacar adelante a estas personas y elevarles su nivel humano. Se trata de llegar al fondo del problema para resolverlo. Ante una desviación sexual, la solución no está en fomentar el desorden, sino buscar el cauce adecuado. Multitud de psicólogos y psiquiatras afirman, por experiencia propia, que la inclinación homosexual se puede curar.
Por mucho que insistan, la Iglesia a la luz de la verdad natural y revelada sobre la persona, enseña que sólo la diversidad sexual que se da entre varón y mujer permite la natural complementariedad sexual y el don de una vida nueva. Salta a la vista, y perdonen el que sea tan explícita: que ninguno de estos dos aspectos se dan en las uniones del mismo sexo, el aparente aspecto unitivo de su sexualidad se realiza a costa de forzar estructuras anatómicas y simular actividades fisiológicas naturales; son uniones intrínsecamente estériles.
La Iglesia al velar por el orden moral está protegiendo la salud física de todos los hombres y mujeres, no nos engañemos, ni nos dejemos engañar por ideas materialistas y narcotizantes del verdadero orden natural.
La autora es miembro de la Asociación Nicaragüense de la Mujer.