Democracia y libertad

Hugo F. Castillo

Hemos venido observando y escuchando a algunos conductores y directores de medios, principalmente radiales y televisivos, que con vehemencia tratan de forma bastante ligera y hasta confusa pero con visos y poses de aparente profundidad, los términos de participación ciudadana en el coloquio (diálogo nacional) entre los principales partidos políticos y el Gobierno, entreverando como cosas acabadas los conceptos de libertad y democracia.

En una sociedad —con s minúscula— cuasi-caótica, esto acarrea una mayor confusión. Pese a la tolerancia que reina en esta materia, esto denota que hemos perdido o en el mejor de los casos debilitado nuestra capacidad de autocontrol, más aun si pensamos que los mecanismos de comunicación no coadyuvan de forma calificada, y lejos de darnos una línea orientadora hacen del desastre un medio de vida.

Los conceptos en cuestión tienen connotaciones históricas, de las que no podemos prescindir al abordarlos y están necesariamente vinculados a realidades concretas que le dan su connotación real en sus momentos y situaciones concretas, que hoy los convierten en referenciales para su abordaje, lo que nos indica que no son conceptos acabados y definibles formalmente o en el marco de una lógica formal.

La democracia es un proyecto político que intenta, por así decirlo, hacer efectiva la igualdad y la libertad. Su base fundamental es la igualdad, así como la base fundamental del liberalismo es la libertad. Conciliar y tratar de implementar estos conceptos en nuestra realidad concreta es todavía una de las más grandes aspiraciones.

Históricamente no ha existido un régimen democrático. Nos enfrentamos permanentemente a una historia de las múltiples experiencias de democratización que se han dado, a la historia política que han producido esas experiencias y a la de las luchas revolucionarias que las han hecho posibles. Una lucha democrática siempre ha significado y significará romper con la negación de la libertad y la igualdad.

No se trata de llorar sobre la leche derramada, como lo he expresado en otras ocasiones, o hacer recuento sobre promesas incumplidas. Hay que intentar una propuesta de democracia en un sentido liberal y libertario, donde la libertad, la igualdad y la justicia se expresen como valores permanentemente abiertos a nuevos intentos de expresar su verdadero sentido.

¿Cómo podemos pretender ser libres si otros deciden sobre cada cosa que nos incumbe y no podemos ser parte de la decisión? Nuestra autonomía y libertad implican necesariamente nuestra propia capacidad de cuestionarnos a nosotros mismos, cuyo contenido esencial es la participación igual de todos en el poder. No podemos de ninguna manera reducir la democracia a procedimientos sin tener en cuenta que exige técnicas de decisión, de procedimientos e instituciones concretas.

En un artículo anterior, —publicado el 3 de enero— hice referencia al hecho de que las democracias representativas han sido sustituidas por democracias electoreras, asentadas en el derecho de sufragio, con la consiguiente restricción a la función que nos corresponde como ciudadanos. Hay un temor exagerado a la práctica de una democracia directa, que es hacia donde deberíamos caminar. Prolongar esta exigencia no nos lleva a la solución del problema de la paz social. Hay que legislar en el sentido de demostrar y demostrarnos que nuestra mayor preocupación radica en mejorar la suerte de esa gran masa empobrecida de nuestra sociedad, haciendo que todos estemos asociados a un mismo fin u obra, imponiéndonos los sacrificios que correspondan en función de una armonía entre los diferentes sectores socioeconómicos que conforman nuestra sociedad.

Pero lejos de esto, lo que fomentamos es una participación temporal, elegir a quienes nos gobiernan, sometidos siempre a un régimen electoral en el que el papel primordial lo tienen los aparatos de los partidos políticos, sin ponernos a pensar en ese nuevo horizonte donde podamos tener acceso a los instrumentos de una democracia que permita un ejercicio directo y creciente de nuestros derechos ciudadanos, integrando mecanismos propios de una democracia directa en nuestro modelo político. Alguien ya ha hablado de mecanismos virtuales, computarizados para la información del ciudadano; está bien, pero… aterricémoslo más a una realidad de la “tranca y el aldabón” que es nuestra realidad subdesarrollada y altamente dependiente.

Lo más concreto es pensar en términos de una iniciativa popular legislativa, de censura de la ciudadanía a los cargos políticos por medio del voto directo, disminución del profesionalismo político, elección por medio de listas abiertas, limitación temporal del derecho de representación, reforzar el derecho de las minorías en el parlamento y paridad de género.

No menos importante es hablar de una democratización de los partidos políticos, en oposición a lo que éstos representan en la actualidad, expresándose como meros instrumentos para asegurar el control y el poder de una oligarquía, siendo cada vez menos funcionales, alejados de las funciones que les dieron su razón de ser y convirtiéndose en verdaderas rémoras para el saneamiento ético y de democratización de nuestra sociedad.

El autor es sociólogo.

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