Humberto Ortega*
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El camino del centrismo
Humberto Ortega*
De la tradición aristotélica surgió el concepto de democracia —gobierno del pueblo— y las otras formas puras de gobierno: la monarquía y la aristocracia. Es hasta el siglo XIX que se comienza a superar la poca efectividad y brevedad del ejercicio democrático como sistema de organización política y guía para la convivencia humana. Hasta hoy la compleja historia del afán democrático moderno arroja grandes lecciones en sus aciertos y reversas.
La utilización general del concepto democracia occidental es muy restringida, abarca solamente la mitad del mundo, mientras que la otra parte convive con diferentes modalidades de sociedad producto de sus particulares desarrollos históricos. Lo importante es avanzar en el concepto de construir el poder que rinda obediencia al pueblo, el mismo que debe elegirlo.
En el siglo XX y hasta la actualidad producto del radical choque ideológico y político que ha dividido a la humanidad, el término democracia se ha confundido por el uso que se le ha dado, incluyendo por Hitler con su gobierno de las minorías selectas. Surgieron las denominaciones democracia burguesa, democracia socialista, democracia occidental y cristiana, democracias populares y democracias representativas, entre otras. En 1934 los escritores soviéticos del partido-Estado comunista definen su modelo democrático como el realismo socialista. El somocismo, un gobierno de extrema derecha, levantó el concepto democracia representativa violándola continuamente; y en Camboya el gobierno de extrema izquierda de Pol-Pot alcanzó la “desaparición” de las clases sociales a sangre y fuego, logró la “igualdad” social convirtiendo en miserables a los pobres, a las clases medias y a los ricos, invocando de manera perversa al marxismo.
El concepto socialismo como tendencia humana desde antes y después de Cristo, en oposición al individualismo, llevó en el siglo XX a separar extremistamente a quienes desde el modelo capitalista o del modelo socialista señalan ser los más justos para este ideal.
En la parte nórdica europea, Suecia y otros se ha alcanzado modelos no perfectos pero que dan mejor respuesta a la necesaria armonía entre libertad individual, derechos humanos, desarrollo económico, justicia y equidad social.
El centrismo como un eje de acción y conducta es un término que pienso podría ayudar a las distintas fuerzas de izquierda y derecha, para manejar mejor las profundas diferencias y contradicciones existentes en nuestra sociedad, incluyendo las antagónicas entre ellas y tras el seno de ellas, que entorpecen la solución de la pobreza y subdesarrollo y el camino hacia la plena democracia.
El centrismo, no como una nueva filosofía o doctrina ideológica sino como un medio civilizado que produzca el programa de Nación que profundice el sistema democrático en diálogo transparente y permanente para consensos y acuerdos políticos que se instrumenten institucionalmente, unos de alcance lejanos y otros para hoy, en el marco del Estado de derecho.
El centrismo que se conduzca con ética y humanismo, entendiendo la sociedad moderna como modernismo con sensibilidad ética y estética, espiritual y no solamente reducida a la importancia de lo moderno en cuanto a lo material y lo técnico.
El centrismo que asuma la ideología como un sistema de ideas en permanente crítica para su movimiento y desarrollo. Lo contrario, la dialéctica congelada conduce al dogmatismo, a creer ciegamente que las tesis que se sostienen son incuestionables y válidas para todos los tiempos y condiciones. Esta posición afecta negativamente la creatividad y flexibilidad necesaria de la política democrática que convierte la pugna en confluencia, el conflicto en acuerdo.
El centrismo como eje y motor dinámico que contribuya a que realmente quienes manejan el poder representen al pueblo para generar soluciones de beneficio para toda la nación; la mayoría sin su vehículo de representación real caería en la anarquía. En este sentido se debe elevar la participación en el poder que la mayoría debe tener en la vida democrática; y así lograr el fortalecimiento de la gobernabilidad del país.
El centrismo que aliente al capital y a las fuerzas sociales a producir en armonía las riquezas para vencer la miseria y pobreza que agobia a la Nación.
En la alucinante aventura del laberinto de la humanidad, la epopeya de la insurrección sandinista nos llevó a una Nicaragua mejor que ayer; colocándonos en el presente en la ruta de una Nicaragua mejor que hoy.
* El autor es general en retiro, fue jefe del Ejército Popular Sandinista y del Ejército de Nicaragua