Educación para la vida

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Educación para la vida





De acuerdo a la escuela freudiana, tan popular en el siglo XIX y gran parte del XX, la clave para entender y tratar la personalidad del individuo mentalmente averiado residía en conocer sus experiencias y expectaciones durante su temprana sexualidad infantil, para enfrentarlas al mismo paciente y curarlo. No obstante, investigaciones posteriores se inclinaron a enfatizar la adolescencia como etapa frágil, cuando se requieren mecanismos sanos de estímulo y respuesta para evitar los daños. Como consecuencia se dio al deporte, la religión o el arte, entre otros, la oportunidad de proveer ejercicios y sentimientos que protegieran al joven inexperto.

Ese enfoque de tipo defensivo ha sido sustituido en la actualidad por la aplicación de medidas que ayudan más bien a robustecer la voluntad del adolescente, en una intención preventiva, estimulándole a desarrollar actitudes positivas. Eso se consigue ayudando a los adolescentes con consejerías escolares que los animan a la convivencia social, a cultivar el compañerismo, a reflexionar sobre la propia personalidad y, lo que es más importante, a desarrollar la capacidad de disfrutar sentimientos de amistad y conmiseración, que los alejen de la violencia, la discriminación, la droga, el pandillerismo y la paternidad irresponsable. Al mismo tiempo esa consultoría permite detectar afecciones siquiátricas profundas.

Se trata, pues, de ayudas que en generaciones pasadas las proporcionaban los padres de familia. Sin embargo, al debilitarse o disgregarse el hogar se creó un vacío que ahora los educadores tratan de llenar.

Ésta ha sido la estrategia seguida por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (MECD) por medio del programa de Educación Para la Vida, que se comenzó a implementar desde hace dos años y que está ahora en pleno funcionamiento exitoso. Sin embargo, fue indispensable investigar primero la realidad de la juventud nicaragüense tomando como campo de investigación la población escolar pre y meta adolescente. Se conoció así una línea base acerca del nivel de violencia y otros factores de riesgo en los jóvenes encuestados. Ello permitió diseñar una estrategia terapéutica centrada en el fortalecimiento de la convivencia social, implantándose como una materia de curso obligatoria, dedicada a jóvenes del cuarto y quinto año de secundaria, que representan el 28 por ciento de los escolares. Y cabe señalar al respecto que la mencionada encuesta había revelado que hay entre los adolescentes una baja valoración de sí mismos, una clara tendencia a abandonar los estudios, ausencia de amigos y falta de apoyo de sus profesores, en un tercio de la población estudiada.

En cuanto a las conductas y experiencias de riesgo encontradas en la investigación, un 7 por ciento confesó haber portado armas y pertenecido a pandillas juveniles; 8 por ciento que había sostenido relaciones sexuales durante primaria y el 22 por ciento en secundaria, mientras que un 4 por ciento reveló que había traficado con drogas.

Se trata de un alarmante índice de conductas irregulares con un alto potencial de involucramiento, ya sea como víctimas, victimarios, cómplices o espectadores. En todo caso los datos escogidos reflejan que nuestros muchachos viven en un ambiente agresivo. Al respecto enseñan que entre el 20 por ciento y el 70 por ciento tienen experiencias traumáticas, tanto en el hogar como fuera de él.

Pero el programa incluye consejeros escolares entrenados durante 200 horas por psicólogos con grados de maestrías y doctorado. En todo caso han sido evaluados 60 mil estudiantes, mientras se dispone de 500 consejeras y consejeros certificados por el Minsa. La terapia tiene varios niveles: el individual para casos especiales y el grupal, con preguntas y respuestas. Los casos con clara afección mental son referidos al departamento de psiquiatría del Minsa. Un detalle es que unidades móviles están dotadas de equipos audiovisuales que reproducen temas educativos, con una amplia biblioteca de DVD. La finalidad es desarrollar en la juventud capacidades personales que le permitan dominar impulsos agresivos u obviar situaciones de riesgo como el VIH/Sida. Desde luego hay oportunidades para reflexionar sobre los temas desde un ángulo de responsabilidad.

Programas como Educación Para la Vida deberían ampliarse, porque proporcionan información y fomentan la comunicación generacional, en una época de la vida tan sensitiva como es la adolescencia, evitando así males mayores.

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