Incertidumbre en el Vaticano

Javier Martínez Dearreaza

La salud de Juan Pablo II es el motivo más evidente de incertidumbre. Su salud ha ido deteriorándose y empeorando paulatinamente hasta llegar al estado actual, y no se sabe hasta dónde puede llegar este proceso de deterioro.

Sobre la muerte y la sucesión de un Papa, la Iglesia tiene reglas bien precisas. Pero hay un vacío. No hay ninguna regla en caso de que un Papa pierda la lucidez mental y su capacidad de expresarse, o que caiga en un estado de coma prolongado: hipótesis hoy más probable que en el pasado por los avances de la medicina que pueden mantener artificialmente en vida a una persona. Ninguno tiene el poder para deponer al Pontífice y llamar a un cónclave para elegir un nuevo Papa. El único precedente histórico que existe es el de Urbano VI en 1378. Decisión que provocó un gran cataclismo dentro de la Iglesia, el Cisma de Occidente, con dos o tres papas enfrentados el uno contra el otro. Fue necesario un concilio para lograr el orden, nombrando un nuevo papa reconocido por todos. En la actualidad hay 6 ó 7 papables cada uno con sus influencias de poder, sus grupos y su propaganda en campo. ¿Qué pasaría si deciden destituir al Papa? ¿se daría un nuevo cisma en la Iglesia? ¿aceptarían todos los papables ir a un cónclave y nombrar un nuevo Papa? En un caso llegase a renunciar el Papa debería hacerlo de forma pública para que no quede la menor duda de que fue obligado a hacerlo, esto con el objetivo de evitar males a la Iglesia.

Si se da una sucesión regular, entonces la confusión es evidente. Al cabo de 25 años de papado, el colegio electoral que coronó a Juan Pablo II ha sido casi completamente renovado por él. De los 111 cardenales que lo eligieron en 1978 sólo restan con vida 19. De éstos sólo cuatro, uno de los más destacados es Ratzinger, podrían tomar parte en un cónclave, los otros han superado los 80 años perdiendo el derecho al voto.

Hoy existen 174 cardenales con derecho al voto, de éstos los últimos 39 fueron nombrados el 21 de octubre del 2003, las designaciones no fueron hechas para favorecer una determinada línea de pensamiento para allanar el camino del papado a una determinada persona, fueron nombramientos heterogéneos y en algunos casos incomprensibles por ejemplo: el nombramiento del escocés Keith O’Brien, obispo de Edimburgo, quien al día siguiente de su nombramiento se declaró a favor del uso de la píldora anticonceptiva y de estar en contra del celibato de los curas y como si no bastase, agrego que él aceptaba que un buen número de sacerdotes fueran homosexuales. En Australia sucedió lo contrario, se nombró al ultraconservador George Pell, obispo de Sydney. En Estados Unidos se esperaba el nombramiento del capuchino Sean O’Malley , obispo de Boston, hombre de muchas virtudes y que ha logrado imponer en su diócesis la disciplina adecuada, en su lugar se nombró al obispo de Philadelphia, Justin F. Kigali, hombre con pocas credenciales, pero uno de los donantes más importantes del Vaticano y muy ligado al poderoso Prefecto de la Congregación Vaticana de los Sacerdotes.

En la práctica, en un colegio cardenalicio formado por hombres de todas las tendencias, desde los ultraconservadores hasta los más liberales, la confusión que reina en el Vaticano es muy parecida a la confusión de fines de un imperio.

El autor es médico, neurólogo-psiquiatra

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